El Ayuntamiento de Sevilla ha distinguido con la Medalla de la Ciudad a los maestros Pepa Montes y Ricardo Miño, tanto por caminar juntos enarbolando la bandera de la escuela sevillana, como así tituló su biógrafo, mi querido Ángel Vela Nieto, cuanto por ser “dos grandes embajadores del flamenco en escenarios de todo el mundo”.
La capital hispalense se ha visto, por tanto, honrada con una vida repleta de arte, la historia de dos ilustres sevillanos que siguen enseñándonos lecciones valiosas, lo que contradice a quienes, de manera interesada, señalan al colectivo flamenco como atrapado en su rutina diaria, cuando olvidan que cada experiencia, por grande o pequeña que sea, puede ofrecer una perspectiva única e impactante que nos invite a reflexionar sobre nuestra existencia cultural.
Ahí radica la importancia de esta distinción que los maestros recibieron el sábado, día 30 de mayo, en un acto solemne celebrado en el Palacio de Congresos y Exposiciones Fibes, donde quedó estampada la gratitud del consistorio sevillano a quienes llevan al mundo historias que, partiendo de Las Cabezas de San Juan y Triana, respectivamente, trasladan el pasado al presente.
En Ricardo Miño este galardón premia su conciencia artística y el acontecimiento también para la historia de su matrimonio con la gran bailaora Pepa Montes, fruto del cual fue el nacimiento de su hijo, el pianista Pedro Ricardo Miño, a más de su libertad compositiva y la instauración definitiva de una vida consagrada al arte.
Raro es encontrar, en este sentido, a un instrumentista que toda su trayectoria la haya dedicado, íntegramente, a categorizar la guitarra desde las facetas del concierto, el cante y el baile. Y en esa singularidad se encuentra el recipiendario de la Medalla de Sevilla, el maestro Ricardo Miño, hijo de Pedro Ricardo y Carmen, acaso la más trianera de todas las trianeras, y nacido el 19 de octubre de 1949 en una casa de vecinos de la Cava de los Gitanos, en el Corral del Sombrero, sito en la calle Pagés del Corro, 69-71.
Es en julio de 1974 cuando nuestro archivo lo encuentra anunciado junto a Pepa Montes en la IX Caracolá de Lebrija, una semana antes de asistir en Huelva al homenaje a Manolo de Huelva y dos meses y medio antes de ser padrino de la boda de su hermana Maty en los Salesianos de la Trinidad.
Al año siguiente logra en París el Premio de la Quincena Musical como mejor actuación de guitarra solista, y después de participar en la Gran Gala de Arte Flamenco de Matilde Coral y Rafael el Negro, celebrada en el XX Festival Internacional de Sevilla, ocurre que Ricardo iba de concertista con Curro Vélez e Isabel Romero de primera figura de baile, pero Isabel no pudo acudir a la llamada, y fue Ricardo quien recomendó a Pepa Montes, que trabajaba en el Tablao Los Gallos. Aún no eran novios, pero desde entonces, salvo contadas excepciones por las giras, no se han separado para gloria del arte flamenco.
Pepa y Ricardo contraerían matrimonio en la iglesia trianera de Santa Ana el 7 de marzo de 1976, y aquel día firmaron su mejor contrato. La imagen y el sonido más juntos que una lágrima. Hicieron el viaje de bodas por Marruecos, en tanto que en España protagonizan los festivales de verano, recitales, semanas culturales, giras por Europa y Japón y hasta grabaciones discográficas.
«Acaso ese sea el secreto de por qué conforman una pareja tan armónica, pues si el baile es la poesía del silencio, la guitarra es como la palabra para el oído, ese madero, en definitiva, que guía el tronco de un arte que desde hoy pertenece al medallero íntimo de la ciudad exigente y privilegiada de Sevilla»

El trabajo de la pareja de artistas es inagotable. Su singularidad se evidencia en televisión, montajes con creaciones propias narradas con claridad y elocuencia hasta llegar a simbolizar el triunfo de la dignidad sobre la esperanza de completar el círculo de la escuela sevillana.
Ricardo Miño, por su parte, es la superación de obstáculos que parecerían insuperables y que salvó, hasta alcanzar el éxito, con relatos personales inspiradores que nos muestran que, incluso en los momentos más arduos, la capacidad individual y la determinación pueden llevarnos hacia la luz.
Me refiero a la luz de sus recuerdos, la que expulsa las tinieblas de lo vivido a fin de construir un futuro en el que todos sus coetáneos tenían las mismas oportunidades. Había que echar los dientes –valga la metáfora– en todo tipo de escenarios; mantener la atenta mirada en los maestros; ascender a la púrpura del flamenco allende nuestras fronteras; forjar su gloria en los festivales de la canícula sin perder de vista la altura de sus preceptores, e inmortalizar su nombre en piedra, tanto con las composiciones como desde la dirección artística en la monumental columna de la Época de Oro del flamenco.
Y junto a este experto de la guitarra, sorprendentemente moderno, el reconocimiento, así mismo, a Pepa Montes (Las Cabezas de San Juan, 1954), que ha hecho evolucionar la escuela sevillana hasta llevarla a su más alta cima, pero también confiriendo a esa distinción con el nombre de quien evolucionó desde la búsqueda de la belleza y el placer a la reflexión, hacia la verdad interior.
La Sevilla eterna es su elemento aglutinante, integrador, de ahí que mantenga la vigencia de su alta escuela, pero con un nuevo modo de imaginarla desde las escenificaciones más variadas. En su baile hay, por un lado, poesía comprometida, existencialista, capaz de estallar en una sensibilidad dramática capaz de alcanzar a todos. Y de otro, soberanía estética, ya que, por su condición de paradigma, aparecen en su lenguaje corporal modos y formas con la intención de uniformar lo imposible.
El baile de la maestra Pepa Montes es, en consecuencia, el propio de una inventora que se inventa a sí misma, el que hace emerger lo extraordinario: gestos desconcertantes; pies que insinúan las claves dialécticas de un lenguaje placentero; brazos que, por su impresión, merecerían ser piezas de museo, y movimientos cuyos repliegues nos pellizcan hasta animarnos a aplaudirla sin cesar.
Esa es Pepa Montes, la bailaora capaz de sacudir hasta los cimientos de cualquier teatro del mundo. Y cuando sale a escena sólo le basta un baile, el que sea, para demostrar que lo suyo es un alto ejercicio de la sensualidad femenina cuya fórmula combina a la vez el rigor y la libertad, lo constante y lo imprevisto, el toque de imaginación y la visión de la belleza ilimitada. Es, en fin, el arte elevado al cubo, un modo de imaginar, en soledad, el movimiento y de representarlo mediante el lenguaje de la fantasía.
Enhorabuena, pues, a Pepa Montes y Ricardo Miño, y nuestra felicitación al Ayuntamiento de Sevilla, que ha sabido entender que mientras el trianero baila con el cordaje de la guitarra, la cabecense pinta con su lenguaje corporal la vida que encierra la música.
Acaso ese sea el secreto de por qué conforman una pareja tan armónica, pues si el baile es la poesía del silencio, la guitarra es como la palabra para el oído, ese madero, en definitiva, que guía el tronco de un arte que desde hoy pertenece al medallero íntimo de la ciudad exigente y privilegiada de Sevilla. ♦




















































































