He comentado aquí otras veces el trasvase de géneros de la música tradicional andaluza, que un buen día decidieron emprender el camino que invitaba a abandonar su aspecto más folclórico para embutirse el traje de flamencos, distanciándose así de su origen para enfrascarse en la no siempre fácil senda de aflamencar su acento. Lo expuse en sendos artículos que pueden leer aquí y aquí, que titulé Cantes que fueron canciones. Incluso escribí este otro en el que planteaba la cuestión ¿Se ha merendao el flamenco el folclore andaluz? Un tema sobre el que vuelvo en esta ocasión centrándome en un aspecto que vengo observando desde hace unos años y marca la diferencia respecto al viaje que suelen hacer los estilos tradicionales en su evolución en el tiempo. Me refiero a un estilo del flamenco que partió de ser un género tradicional como el jaleo y la chufla, se hizo flamenco con el nombre de bulerías, inició su transformación en el siglo XX, para acabar regresando a la música tradicional en su hogar más emblemático, Jerez. Cómo las bulerías se han acabado convirtiendo en el folclore de Jerez de la Frontera, haciendo el viaje de vuelta; de ser un estilo, hoy el más apreciado del flamenco, a llegar a formar parte de la música tradicional jerezana, pasando a ser el principal estilo de la música popular andaluza. Cuando, el que más o el que menos, es capaz de tocar, cantar o bailar por bulerías. Porque no siempre ocurrió así, las bulerías eran cosa de flamencos, por muchos que hubiese en los barrios de la gitanería jerezana. Pero hoy ¿qué jerezano de pro no sabe marcarse una pataíta en la feria, o al menos hacer compás tocando las palmas o rasguear las cuerdas de una guitarra?
Escribo esto después de ver unos vídeos en las redes sociales donde grupos de mujeres, preferentemente, sentadas en una casapuerta del barrio de Santiago, se marcan sus cantes y bailes por bulerías debidamente jaleadas, dando muestra clara de cuál es una de las principales funciones de la música tradicional: aliviar las penas, cantar las alegrías, nutrir el alma. Y, dicho sea de paso, el resultado es más que óptimo. Para muchos entiendo que ese es el contexto más adecuado para escuchar las bulerías. Habida cuenta del poder de propagación de las redes sociales, ya estoy viendo grupos de turistas que, tras desembarcar en los muchos cruceros que llegan a Cádiz, siguiendo a algún guía avezado y, por un módico precio, los montan en un autobús, con visita a Las Salinas de Los Puertos, a una bodega jerezana con tentempié incluido, hasta que, «por vera» la muralla, llegan al Arco de Santiago y a disfrutar de un fin de fiesta flamenco en su contexto más auténtico, en la calle, con esas señoras cantando y marcándose sus pataítas llenas de gracia. Y ¡Viva La Virgen! Negocio redondo.
«Cómo las bulerías se han acabado convirtiendo en el folclore de Jerez de la Frontera, haciendo el viaje de vuelta; de ser un estilo, hoy el más apreciado del flamenco, a llegar a formar parte de la música tradicional jerezana, pasando a ser el principal estilo de la música popular andaluza. Cuando, el que más o el que menos, es capaz de tocar, cantar o bailar por bulerías»
El origen de las bulerías sigue siendo muy discutido. En Jerez nadie duda de que allí está la mata, aunque todavía no saben si fue en Santiago o en La Plazuela. Los datos apuntan a Cádiz, ya que la mayor parte de las grabaciones más primitivas, aún como chuflas, buena parte de ellas están en modo mayor, como las que grabó Garrido de Jerez, lo que muchos llaman bulerías de Cádiz, solo unas pocas éstas acompañadas por medio, en el tono flamenco definitivo. No en vano, la primera mención se dio en Cádiz, atribuida al repertorio del sabio gaditano Chiclanita, según noticia hallada por el amigo Javier Osuna. Las primeras rotuladas en disco como bulerías son de 1910, las registradas por La Niña de los Peines y la guitarra de Ramón Montoya, con letras y cantes de claro aroma gaditano. Sabemos por Manuel Bohórquez que la prensa, concretamente el diario madrileño Época, dio buena cuenta de aquellas primeras grabaciones, la de «Emperadora del cante gitano de todos los tiempos», como se la jaleaba entonces. Se refería a los veinte cantes registrados con estas simpáticas palabras: «La célebre cantaora Niña de los Peines ha impresionado una colección de discos, que un buen gramófono con la marca Ureña, Prim, 1, es el mejor regalo para los pepes y las pepas» (15 de marzo de 1910, cuatro días antes de San José).
Sin embargo, y eso no hay quien pueda negarlo, son los jerezanos quienes han acabado portando el báculo de la bulería, con su aire inconfundible midiendo a seis, su baile cañí pleno de sabor, el toque marca de la casa de Parrillas, Ceperos y Moraos, los jaleos inconfundibles del añorado Bo (¡huye!), dueños por derecho propio del cetro por bulerías. Un ingente grupo de artistas hace mucho que, golpe a golpe, verso a verso, lograron alcanzar la cima. La espuma de la flamenquería supo dar el do de pecho, y aquello fue el no va más. Escuchen si no la ya clásica grabación Fiesta en el barrio de Santiago, con seis ases del flamenco jerezano: Sernita, Borrico, Terremoto, Sordera, Diamante Negro y Romerito. En ese barrio tenemos además al Gurú del soniquete, nuestro «Tato Diego que estás en Santiago». ¿Quién da más?
En muchas localidades andaluzas se han dejado de hacer las canciones del folclore desde que se hicieron cantes, sobre todo fandangos que, en su versión folclórica, se cantaban y bailaban en cada esquina de esa bendita tierra, y hoy es muy difícil escucharlos en versión original, ya que se han diluido en la variante flamenca, como azucarillo en el café, pasando la canción primigenia a mejor vida tras haberse arrimado a la variante artística, tras haber sucumbido a la poderosa atracción de lo flamenco, para no volver nunca más. ¿Quién no querría cantar como Juan Breva, Cayetano Muriel o Antonio Rengel?
Pero lo inédito era el viaje de vuelta de un estilo, las bulerías, que pasan de ser canciones, chuflas, a cantes, bulerías, hacia 1910 y pocas décadas después, se acaban convirtiendo en santo y seña de la tierra jerezana, representando tan fielmente los ideales de esa comunidad, que no hay barrio, plaza o calle donde no se escuchen hoy unas palmas, que no se vea la gracia de los pasos y braceos de pura estirpe jerezana, o entonar un cante en boca de cualquier hijo de vecino, sea o no flamenco, lleno de sentimiento y al compás de alguna letra empapada en fino, palo cortao, oloroso o Pedro Ximénez, por bulerías. ♦





















































































