“Benito Rodríguez Rey (1929-1992), artista inconmensurable, cantaor, bailaor, la elegancia y la gracia personificadas”. Son palabras del desaparecido periodista y comunicador Jesús Quintero, elegante bohemio, una de las personalidades más influyentes de la radio y la televisión españolas en los años 80 y 90. Original en sus observaciones y gustos, y sus cargados silencios.
Beni de Cádiz empezó como bailaor de gracia y elegancia en la compañía de Pilar López y la de Manolo Caracol y Lola Flores, haciéndose cantaor gracias al olfato de aquél. Pilló el auge de los tablaos de Madrid entrando en 1957 en Corral de la Morería.
Fue uno de los primeros cantaores al que escuché en directo. Eso fue en 1965 en la Feria Mundial de Nueva York, donde aproveché mi pase de temporada para asistir diariamente a cuatro espectáculos distintos de la compañía de la diosa del baile de aquel momento, Manuela Vargas, y dos cantaores, Beni de Cádiz y el ya popular Fosforito.
La voz seductora y flamenca del Beni aún retumba en mi cabeza. Recuerdo los tientos, tangos de Cádiz con sabor añejo, sin que fueran preludio de tangos, la dudosa costumbre que trivializa los tientos y que se hizo popular en los años 80.
«Alegrías de sabor intenso que te olían a salitre, fraseo a la antigua con medios compases, no mediditos sino sentidos. Por “bulerí despasí”, le dice Beni tal cual a Manolo Domínguez el Rubio, que le acompaña a la guitarra en una actuación. Vuelve a leer esas dos palabras respetando los acentos escritos»
Alegrías de sabor intenso que te olían a salitre, fraseo a la antigua con medios compases, no mediditos sino sentidos. Por “bulerí despasí”, le dice Beni tal cual a Manolo Domínguez el Rubio, que le acompaña a la guitarra en una actuación. Vuelve a leer esas dos palabras respetando los acentos escritos, “bulerí despasí”, y allí tienes Cádiz esencial con toda su picardía. Fantasía y flamenco, con la gracia gaditana manejada por un maestro de la ironía.
Por siguiriya vestía el cante de una cálida tensión y naturalidad con sabor a Cádiz. De haber nacido unos años más tarde, pienso que su nombre hubiera brillado aún más. Tenía el dominio de la expresividad y compás dignos del mejor, el poder de la gracia y la sonrisa. Por soleá de Cádiz, fuerza y calidez, bulerías clásicas o improvisadas originales.
Caracoleaba sin piedad, pero con personalidad y sello propio aunque parezca contradictorio. Elocuentes silencios, esa gracia suya heredada de Pericón, Manolo Vargas y otros de aquella generación, y la forma de ser gaditana, inspiraron a sucesivas generaciones. Pariendo sin anestesia fue auténtico, más allá de toda fantasía.
En 1959 una grave enfermedad interrumpe bruscamente su carrera, y Pastora Pavón y Pepe Pinto organizan un gran homenaje con la participación de Antonio Mairena, Perla de Cádiz, una jovencísima María Vargas y muchos otros.
El Ayuntamiento de Cádiz organizó varios actos en diciembre de 2017, con una gala flamenca en el Gran Teatro Falla el 20 de diciembre, exactamente veinticinco años después de la muerte del cantaor. Beni de Cádiz, Premio de Honor en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, y Premio Nacional de Cante en 1976 de la Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos de Jerez de la Frontera. ♦


















































































