Una vez citados en el capítulo anterior a los Foronda, completamos la nómina con Pilar Vera y sus mantones de Manila, que, como ya señalamos, desde el siglo XIX formaban parte de la indumentaria femenina como prenda cotidiana, aunque las grandes piezas bordadas solo estaban al alcance de las señoras más pudientes.
Tendríamos que esperar a los años sesenta del pasado siglo cuando el traje sufrió un cambio radical en cuanto a diseño y adornos, suprimiéndose totalmente el mantoncillo de talle por flecos cosidos directamente al cuello del traje. Este mantoncillo se volvería a retomar entre los años 70 y 90 con un formato liso sin bordar y con flecos largos, hasta que en el decenio del 2000 se pone de nuevo de moda el mantoncillo bordado y hasta los mantones de Manila para las noches de feria.
Más trajes de flamenca y complementos encontramos en Sevilla en Las Morales, en la calle Cardenal Lluch, 18, en el barrio de Nervión. En la calle Cuna, 74, está la tienda Montecarlo. Y otra firma de moda flamenca es Aurora Gaviño, fundada en Sevilla en 1985 y reconocida como la Revolucionaria de la moda flamenca, llevando sus diseños desde Rocío Jurado, para quien creó el vestuario de su última gala en TVE, hasta María Jiménez, incorporando a la firma en 2020 a sus hijas, Aurora y Victoria.
Una vez expuestos los puntos comerciales más importantes de Sevilla, ha reclamado la atención en Peñíscola el proceso secuencial de la elaboración de un mantón de Manila, comenzando evidentemente por algunos apuntes sobre el dibujo.
El dibujo depende, palpablemente, de los gustos del cliente. Por lo general, los estilos van desde el chino –con las flores típicas como el crisantemo, la peonía (utilizada como símbolo en China) y otras que eran representación de la fertilidad, además de pájaros y pagodas– hasta el estilo costumbrista, siendo una de las marcas reconocibles de la ya citada Ángeles Espinar la presencia de las uvas, que es uno de los motivos de tradición más antiguo, aunque también se utilizan las flores grandes de estilo cigarreras, sobre todo las rosas.
Despierta interés en Peñíscola la elaboración, que consta de cuatro fases. La primera es diseñar el dibujo, bien en crespón (especie de gasa con la superficie más arrugada), o en seda italiana, aunque hoy se hace sobre plantillas prediseñadas, y luego la tela se pega a los bastidores, calcando sobre ella los motivos a mano. Y una vez dibujados, comienza la fase del bordado.
«Reconocimiento público desde ExpoFlamenco a todas las bailaoras que han llevado el manejo del mantón a la cima del arte flamenco. También, mi valoración a los artesanos que hacen el trabajo ensimismado de las manos, que contribuyen a la exquisitez en los detalles, buscan los mejores materiales, escudriñan el mimo en el acabado y favorecen la tradición de siglos mejorada, sin obviar el tiempo, la atención y la intención dirigidos a una obra única»
El segundo apartado de su elaboración es el teñido, con la peculiaridad de que para que no se parezcan, la seda de bordar se tiñe artesanalmente, lo que nos permite obtener un gran surtido de colores y bonitos degradados que enriquecen mucho el resultado final. Ahí radica, precisamente, el que no exista un mantón igual a otro, ya que la cantidad de tinte se mide a ojo.
¿Y qué hacer a continuación? Afrontar el tercer capítulo, el bordado, técnica que se conoce popularmente como pisado y que consiste en superponer una y otra vez puntadas más o menos largas de hilo, en los motivos más grandes. Cuanto más pisado esté el motivo, mayor es el relieve y la gradación de color, y por tanto más bonito es el resultado, al que se alcanza tras un tiempo estimado de trabajo entre los ocho meses y el año.
Y el último elemento determinante en la elaboración del mantón son los flecos, que le aportan gracia y movimiento y cuyo encanto se aprecia en el espesor y en el trabajo de enrejado, conformando junto con el bordado que el mantón sea de calidad. A este tenor, cito al pueblo sevillano de Cantillana, que es la cuna de los flecos, lo mismo que Villamanrique de la Condesa lo es del bordado.
Estamos, pues, ante un producto de lujo que lo utilizaron las bailaoras de la época de los Cafés Cantantes (1847-1920), y que hoy día es tanto un recurso para el ballet o incluso para bailaores como Manuel Liñán, al par de que igualmente se utiliza en ocasiones especiales como una boda, una feria, una cena formal y, aunque menos, como complemento del traje de flamenca.
Pero al tiempo de redactar estas líneas no puedo olvidar a las grandes bailaoras del último tercio del pasado siglo como Matilde Coral, Merche Esmeralda, Pepa Montes o, entre las muchas, Milagros Mengíbar, que tanto aportaron a la divulgación del mantón en el baile, así como Blanca del Rey, o las contemporáneas, de las que citaré a Luisa Palicio, discípula de Milagros, y María Moreno, que en mayo de 2023 presentó en el Hotel Colón Gran Meliá, de Sevilla Leyenda, una pieza audiovisual en la que la bailaora gaditana rinde homenaje a las mujeres que unieron el río Guadalquivir con China a través del mantón de Manila.
Para terminar el interés despertado en Águeda Fibla por la complejidad de este proceso, hay que reseñar que para el mantón de Manila es fundamental sacarlo dos veces al año y airearlo. Jamás hay que conservarlo en plástico, siempre en tela, papel o cartón. Por el contrario, añadirle, eso sí, unas hojas de laurel, que lo mantienen a salvo de la humedad y los bichitos.
Y destaco, por último, un reconocimiento público desde ExpoFlamenco a todas las bailaoras que han llevado el manejo del mantón a la cima del arte flamenco, pero también mi valoración a los artesanos que hacen el trabajo ensimismado de las manos, que contribuyen a la exquisitez en los detalles, buscan los mejores materiales, escudriñan el mimo en el acabado y favorecen la tradición de siglos mejorada, sin obviar el tiempo, la atención y la intención dirigidos a una obra única. ♦



















































































