La última vez que nos vimos fue en El Puerto de Santa María, durante el transcurso de una entrega de premios organizada por el compañero Javier Villar del programa Calle Lechería. Hará, si acaso, unos meses. Quizás fuera su última aparición en público desde un escenario que ya no le permitía tocar la guitarra. Pero sí arpegiar las cuerdas del coraje y la esperanza con una grandeza humana que aún me sobrecoge y emociona a partes iguales.
La cruel enfermedad, a la que hizo un envite colosal, ya había mermado de sobremanera su jovial apariencia. Aún así, burlando el menoscabo, lucía una sonrisa innegociable tanto para la vida como para la muerte. La regalaba aunque el llanto bajara por su existencia como una fuente escondida. Fueron sus padres, a los que envío el más largo de los abrazos, quienes me dijeron: ‘Miguelito nos llama cada mañana para darnos ánimo a toda su familia’. Cuando debía ser al contrario. Un ser de apenas 44 años deambulando a diario por un rosario de pruebas y radioterapias, pero que regalaba entusiasmo como el que está encima de una carroza. Miguel Salado se fue para siempre dando un ejemplo que lo va a dignificar mientras haya capacidad de recordar. Te damos las gracias, campeón. Nuestra admiración en cantidades industriales, que diría el Bo.
«Cuando el valor artístico no es más que la prolongación de una persona excepcional se alcanza ese grado de autenticidad que perdurará en el tiempo. Miguel Salado, nuestro Miguelito, aquel que grabamos en La Nueva Frontera del Cante 2008, siendo casi tan joven, lo ha logrado. Por eso la muerte no le ha arrebatado del todo su verdadero triunfo y ya estará con su caña de pescar en esos océanos de la eternidad. Los mismos que hoy se han llenado de unas lágrimas más saladas que nunca»
Como guitarrista no puedo añadir mucho más de cuanto se dice. Era un toque flamenquísimo, elegante, con una gran técnica, pero siempre al servicio de los demás. Por tanto, generoso. Una manera de afrontar el pozo de aire, que diría Lorca, rodeado de vivencias con su gente, los Lara. Gitanería peazopán, por parte de su padre Manuel, oriunda del antiguo matadero de la Albarizuela. Mas lo de Miguel Salado siendo adolescente trascendía de una mera inclinación por el instrumento. Era una pasión que lo llevó a formarse íntegramente. En su manera de interpretar, casi siempre en el acompañamiento, estaban todas las escuelas de Jerez de su tiempo: los Morao y los Periquines, con Antonio Jero a la cabeza. Los Parrilla, Paco Cepero y Antonio Higuero. Y ese instituto supremo que fundaron Carbonero y Balao. Todos ellos se agruparon en su sonío para erigirse en un tocaor que todos se disputaban: José Mercé, Luis el Zambo, los Moneo, Antonio Reyes, Jesús Méndez y muchos más. Ya al final, se hizo el fiel escudero de Pansequito y Aurora Vargas, quien hoy ha aumentado el caudal de sus quejíos al cuatro por medio.
Cuando el valor artístico no es más que la prolongación de una persona excepcional se alcanza ese grado de autenticidad que perdurará en el tiempo. Miguel Salado, nuestro Miguelito, aquel que grabamos en La Nueva Frontera del Cante 2008, siendo tan joven, lo ha logrado. Por eso la muerte no le ha arrebatado del todo su verdadero triunfo y ya estará con su caña de pescar en esos océanos de la eternidad. Los mismos que hoy se han llenado de unas lágrimas más saladas que nunca. Hasta siempre, amigo. ♦




















































































