El territorio castellonense ha sido muy notable en la faceta guitarrística, pues este año celebra el 160 aniversario del nacimiento de Miguel Borrull Castelló, importante guitarrista, de quien además se cumple el centenario de su defunción en Barcelona. Pero anotemos que también es el origen de cantaores como Juan Varea, de Burriana; El Pono, de Vila-Real, o el Niño de la Aurora, de Almanzora, sin olvidar que acogió en su seno el adiós de la jerezana Rita la Cantaora y la malagueña Lola Cabello, hermana de La Trinitaria.
Por eso llama la atención que la realidad que llena el alma en Peñíscola sea el baile merced a la educadora Águeda Fibla, que, el con apoyo de su hija, Rocío Cuenca, selecciona técnicas y coreografías, motiva el aprendizaje con metodologías activas que fomentan la participación –anótense los nombres de Andrea Anguera, Alejandro Cabrera o Sara Benet en la Plaza de Armas del Castillo del Papa Luna–, y con el pilar inexcusable de Lidia María Herrero, delegada de Cultura del Ayuntamiento local, transmite conocimientos teóricos y prácticos sobre los estilos y sus complementos.
Hemos podido contemplar en la Casa del Agua la galería fotográfica de Martín Vallón, muy interesante por su modo de ver el flamenco desde el blanco y negro, y una exposición sobre el mantón de Manila en la Casa del Agua que ha sido el impacto en la formación, dado que es una de las prendas más singulares en el baile flamenco que, en sus orígenes desde el siglo XVI, procedió desde el puerto comercial de China y llegó a España desde Manila –de ahí su nombre–, donde se le añadieron los flecos y país en el que alcanzó su esplendor.
Interesa el origen fijándose en su principal valedor, don Álvaro Manrique de Zúñiga (Salamanca, 1532 – Sevilla, 1604), marqués de Villamanrique y virrey de México, que consiguió que el mantón llegara a ser un símbolo de elegancia, y, andando el tiempo, el más emblemático de las mujeres sevillanas, concretamente de las cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos durante los siglos XVIII y XIX.
Sería más tarde cuando el flamenco lo adopta como complemento propio, de ahí el valor incalculable de un mantón de Manila original, realizado entre 1860 y 1930, puesto que son de seda natural y sus bordados están elaborados de una manera manual, dándose la particularidad de que los de mayor calidad fueron bordados por hombres en Cantón, ciudad al sur de China.
En Peñíscola ha interesado reflejar que con el nacimiento de la Feria de Sevilla, en abril de 1847, el mantón de Manila se asocia a la vestimenta, pero se consolida entre 1870 y 1909, cuando las gitanas aparecen ataviadas con una falda de amplio vuelo con volantes, y las burguesas asisten a la feria con los mantones de Manila, dos hábitos que se unen teniendo como resultado el traje de flamenca actual.
Empero, mi teoría es que sería la Exposición Iberoamericana de Sevilla, de 1929, la que marca un punto de inflexión, ya que la bata de percal cede paso al traje de tela de organza (seda muy fina y lisa), organdí (tela de algodón muy fina y transparente) y batista (tela fina de lino), y se complementa con la peineta, la mantilla, las flores y el mantón de Manila.
«Mi teoría es que sería la Exposición Iberoamericana de Sevilla, de 1929, la que marca un punto de inflexión, ya que la bata de percal cede paso al traje de tela de organza, organdí y batista, y se complementa con la peineta, la mantilla, las flores y el mantón de Manila»
En función de la moda o los gustos de la época, el mantón de Manila fue evolucionando, lo que nos obliga a recordar a Las Pardales, las primeras que dispusieron un taller para vestir de flamenca a las mujeres sevillanas y artistas de la época como Pastora Imperio o Estrellita Castro, entre otras.
Pero, a fuer de sincero, fue Lina la que en 1963 introdujo un modelo totalmente distinto desde su taller de costura en una casa de vecinos de la calle Salado, en Los Remedios, calle donde estuvo el famoso Tablao El Guajiro, el pionero de todos los tablaos de España inaugurado en 1951.
Esa cercanía, junto al gran cambio socioeconómico que se produjo en España en la década de los sesenta del pasado siglo, impulsa la creación de la firma Lina Sevilla, que marca la transformación del traje de flamenca, ya que cierra la sisa e incorpora el mantoncillo, en lugar de pegar los flecos al escote, como por entonces era habitual.
Lina, junto a su marido Francisco Montero, abrieron una nueva tienda el año 1979 en la calle Lineros, pero con el añadido de que introdujeron los bordados diseñados por su esposo, a raíz de que en los años 80 el matrimonio adquirió en una feria una máquina que permitía el bordado en hilos de seda, con lo que la firma fue evolucionando con la incorporación, ya en este siglo, de sus hijas Rocío y Mila.
Pero hemos de decir sin ambages que, desde el último tercio del siglo XX, el principal foco de producción es el pueblo sevillano de Villamanrique de la Condesa con el taller de bordado artesanal de Ángeles Espinar Díaz (Sevilla, 1931), regentado en este siglo por sus hijas, que mantienen la práctica materna y la llamada “puntá bonita”, es decir, que al bordar el pétalo de una flor tiene que ir toda la puntada para el centro de la flor, no para el lado que a veces se suele hacer.
La hija de Ángeles Espinar continúa con la tradición y –según citaba ella en 2015– aporta sus estudios en la Facultad de Bellas Artes, del mismo modo que en Sevilla, en la calle Sierpes, número 33, encontramos todo un referente sobre los mantones y mantillas, establecimiento que en 2023 cumplió el centenario de su fundación por mor de una empresa familiar que, ahora con la tercera generación al frente del negocio, con Juan y José Foronda, nietos del fundador, es un icono internacional.
Los mantones de Foronda son reconocibles, a simple vista, por sus espectaculares bordados, en los que encontramos a mano en seda, los circulares, los mantones a máquina con crespón o incluso los de novia, sin olvidar que destacan, igualmente, por el danzar de sus flecos.
→ Continuará



















































































