Fue en mayo de 1956. El hijo de unos populares restauradores de Madrid quiso caminar en solitario y se hizo con un local en el céntrico barrio de los Austrias, entre Las Vistillas y San Francisco el Grande, cerca de La Paloma, a medio camino de la Puerta de Toledo y el Palacio Real. Una antigua vaquería que transformó en tablao flamenco, siguiendo la senda emprendida por Zambra, el otro mítico local madrileño inaugurado dos años antes. Los tablaos eran la versión moderna de los cafés cantante del siglo XIX y, en una España sumergida en la dictadura franquista, que usaba el flamenco como reclamo para afianzar la identidad patria, y así cimentar sus aspiraciones de redimirse, proyectando una imagen amable al exterior que desembocó en el desaborío eslogan «Spain is different».
El Renacimiento que comenzaba a vivir el flamenco de la mano de Edgar Neville con su instructiva película Duende y misterio del flamenco, de 1952, la no menos aleccionadora Antología de Hispavox dirigida por Perico el del Lunar de 1954, la publicación del libro Flamencología de González Climent en 1955 inaugurando la ciencia «flamencólica», el Concurso de Córdoba de 1956 que renovaba lo mejor del certamen granadino de 1922 impulsado por Falla, el Potaje Gitano de Utrera de 1957, con el que se inauguraba la era de los festivales veraniegos. Todos los flamencos querían remar al mismo tiempo, después de la aciaga guerra civil y la trágica postguerra, y en el horizonte se avistaba un rayo de esperanza. Fue entonces cuando los artistas se unieron para sobrevivir juntos ante un futuro incierto y mientras, Manuel del Rey, que así se llamaba el joven emprendedor, estuvo atento a lo que se estaba cocinando en torno al arte jondo con una meta clara: lograr la perfecta comunión entre una gastronomía de primera calidad, marca España, y el arte andaluz de cantar, tocar y bailar a lo flamenco. Y vaya si lo logró. Convirtió su casa en uno de los locales más visitados por propios y extraños, sobre todo por ilustres extranjeros, haciendo de la visita al Corral una cita obligada para poder confirmar en toda regla que habías estado en Madrid. El mundo del cine, la música, el artisteo más chic, gente de negocios, diplomáticos y políticos, nadie quería dejar de perderse en la noche del 17 de la calle de la Morería, borracho de arte y buen yantar.
«El mundo del cine, la música, el artisteo más chic, gente de negocios, diplomáticos y políticos, nadie quería dejar de perderse en la noche del 17 de la calle de la Morería, borracho de arte y buen yantar»

Y si en los años cincuenta querías ser alguien en el flamenco, si tu deseo era convertirte en figura, era imprescindible que lograras subirte a las tablas del local de Don Manuel. Madrid, que, como cantó Chacón, es la corte, desde los primeros años del siglo XX era también la capital del flamenco y todos los artistas que se preciasen de serlo tenían que pasar Despeñaperros y subir a la meseta para plantarse en el Foro. Todos los grandes lo hicieron. Para la inauguración, Del Rey contrató nada menos que a Pastora Imperio, por entonces casi retirada; tras ella pasaron por allí Antonio Gades, La Chunga, Fosforito, María Albaicín, Lucero Tena, Serranito, Fernanda y Bernarda de Utrera, Manuela Vargas, El Güito, Mario Maya, La Paquera, Lola Greco, Javier Barón, Diego el Cigala, José Mercé o Antonio Canales.
Y a Madrid llegó también una niña cordobesa que, con su madre, había decidido hacer los madriles como bailaora, con el nombre artístico de Blanca La Platera. Contaba catorce años y hacía sus pinitos en las Cuevas de Nemesio. Manuel del Rey la contrató y pasó a formar parte del cuadro del Corral. Acabaron casándose y formaron familia.
Desde que falleció el fundador del mítico local, en 2006, Blanca del Rey, que así fue bautizada para siempre, con sus hijos Juan Manuel y Armando, regentan el local más longevo de la escena flamenca de la capital. Un tablao de gran categoría, que Blanca sabe administrar artísticamente eligiendo con mimo a los artistas, no hay más que consultar la programación, mientras sus hijos mantienen la excelencia gastronómica hasta que han logrado una estrella Michelin, teniendo como jefe de cocina, escogido entre los mejores, al bilbaíno David García. Los que nos hemos batido el cobre cantando y tocando en locales donde se sirven comidas sabemos lo difícil que es para un artista competir con el ajetreo de un restaurante, por eso en el Corral los horarios revelan el cuidado que tienen con esa cuestión. El espectáculo se ofrece, al menos, una hora después de comenzar la cena, dando tiempo a los clientes a saborear el buen comer y beber para disfrutar después con el flamenco.
Desde ExpoFlamenco queremos felicitar a la familia Del Rey por haber logrado, durante setenta años sin interrupción, mantener la calidad en todos los órdenes, con un local emblemático para el flamenco en Madrid, España y el mundo entero. Larga vida al Corral de la Morería. ♦



















































































