A estas alturas del asunto to quisqui sabe ya lo que es un desplante. O un replante, como también dicen en Jerez. Y me refiero al flamenco. Aunque lo encontramos igual en el toreo. Viene a ser más o menos lo mismo. Así me ha venido a la mente titular esta columna de la que me adueño y bautizo hoy para confirmarla todos los miércoles. Con descaro, pero sin arrogancia. Como remate, pero sin agotar la discusión. Todo lo contrario: bienvenidas sean las aportaciones y el debate. Con lo que, hechas las presentaciones, poco a poco, entro al trapo.
Cuenta como erudición cabal saberse de memoria las taitantas variantes de soleares y seguiriyas que sobrino y tío Soler clasificaron según los postulados del maestro Antonio Mairena. La innumerable ristra de fandangos de Huelva en la que ni los propios choqueros se ponen de acuerdo en cuántos hay. El cartucho de malagueñas que Diego Clavel, el mejor antólogo del flamenco –¡ahí lo llevas, Mercé!– dejó grabadas, que son más de treinta. Los estilos levantinos, el aluvión de fandangos personales, las tonás… Y así podríamos estar hasta que venga el lechero, citando –como diría mi amigo Faustino Núñez– estilos, variantes y versiones, porque hay a quien no le gusta llamar palos a los palos. Por ‘simplificar’, vamos. Y si seguimos rizando el rizo, podemos naquerar de si existen o no los territorios flamencos. Porque todo el mundo sabe que el cante lo da la tierra. Brota como las papas. ¿O no? Algunos pensamos que quizá nace por aprendizaje vicario, en las familias, predominantemente gitanas –¡ojú lo que he dicho!–, y que la riqueza creadora de antaño tenía su razón de ser en las vivencias, las juergas, que me gusta más el término que fiestas. Porque sin youtube ni grabaciones, cada uno cogía lo que se acordaba de lo que había escuchao y le ponía el resto de su cosecha. Eso cuentan que hizo Mairena, que, además de buen cantaor y estudioso, tuvo la generosidad de atribuir cantes a otros cuando probablemente fueran recreaciones suyas que hizo con los pocos ingredientes que tenía, rebuscando por todos los rincones en los entresijos de los gañotes de los viejos, como Juan Talega, figura indiscutible y eslabón entre dos épocas separadas por la ausencia de archivos sonoros que demostraran sus sentencias. Pero… ¿quién era Charamusco?
«’El flamenco es mu difisi. Y ahora to er mundo quiere sabé de flamenco’, diría el amigo Chemi López. ‘Más que entendíos, hay enteraos’, afirmaría con razón el decano de la crítica Manuel Martín Martín. Tan enteraos que a veces somos capaces hasta de escribir que Ese cante no es tuyo. Volveré. Quédense conmigo. Y abran fuego»
Y no es ponerse más papista que el papa si digo que el taranto de Fosforito no es suyo, sino del Tonto Linares. Lo que la afición conoce por tangos del Piyayo no son los que él cantaba. Que Bastián Bacán tiene una seguiriya que no está en la clasificación. Que hay soleares calcás que si volviera Ramón Soler a listarlas, unificaría. Que algunos de los fandangos por soleá con los que araña Fernanda de Utrera tampoco son de ella, sino del Curilla de Alcalá… A ver quién es el guapo que le quita al Carbonerillo su mítico fandango porque es realmente de Pepe Rebollo. ¿Qué pasa con los cantes de ida y vuelta de Marchena? No me quiero ni meter. ¿La bambera era de La Niña de los Peines o del Niño Medina? ¿Y los cantes de milongas por soleá de El Chozas? Pero no el de Jerez, el de Sevilla. ¿Que no tienen entidad los tientos de Gaspar de Utrera o los de El Lebrijano para figurar en esos catálogos?
En el flamenco es to mu sencillo. Cada cosa tiene su nombre. ¡Faltaría más! Por eso Juan Breva se llamaba Antonio Ortega Escalona y Joselero de Morón ni se llamaba José ni era de Morón, sino que nació en La Puebla y atendía a Luis Torres Cádiz. Pero que ahora también pasa: Jesús Méndez, Miguel Ángel Heredia, Ali de la Tota, Enrique El Extremeño… Busquen ustedes quiénes son.
No se extrañen tampoco porque los cantes en las etiquetas de los discos de pizarra y hasta en los cedés –y si me apuran, también en los pendrives y hasta en Spotify– vengan mal citados. «El flamenco es mu difisi. Y ahora to er mundo quiere sabé de flamenco», diría el amigo Chemi López. «Más que entendíos, hay enteraos», afirmaría con razón el decano de la crítica Manuel Martín Martín. Tan enteraos que a veces somos capaces hasta de escribir que Ese cante no es tuyo. Volveré. Quédense conmigo. Y abran fuego. ♦



















































































