Corría el año 1993. Enrique Morente y servidor de ustedes éramos buenos amigos. Tuve la dicha y el honor de estar a su vera casi a diario en aquellos años, hasta que en febrero de 1994 me llamó otro gigante, Antonio Gades, para que le ayudara en la confección de la música de Fuenteovejuna. No es que dejara de ver a Enrique, es que el trabajo con Gades absorbió totalmente mi tiempo y, como le dije una vez en el hospital, cuando le quedaban pocos días de vida y hablábamos de hacer El Quijote: si tú me dices ven…
Recuerdo cuando le propuse a Enrique hacer una caja de diez cedés a modo de enciclopedia de cantes, con el concepto, no explorado hasta entonces, de elegir el guitarrista apropiado para cada cante según su criterio, es decir, una antología con un cantaor y múltiples guitarristas, al contrario de lo que había hecho Perico el del Lunar en su mítica Antología de Hispavox del año 1954. A Enrique le pareció bien, hicimos números y, dándonos un año en la preparación y registro de todos los cantes, el coste rondaba los treinta millones de pesetas. Enrique propuso ir a la AIE a pedir ayuda, y para allá que nos fuimos, a la madrileña calle Velázquez, donde nos recibió su presidente, Luis Cobos. Después de presentarle la idea, y tras escuchar cómo presumía de tener mil kilos de billetes sin repartir, al estar “pendientes de identificación”, parece que no le gustó la propuesta, ya que, con una sonrisa y buenas palabras, nos dio la patada de Charlot. Enrique aún no había grabado Omega y en el mundillo cultural no estaba tan bien considerado. ¡Sordos! Aquel proyecto de la Antología se iba desvaneciendo, pero antes de tirar la toalla lo llevamos al entonces director del Festival Flamenco que financiaba Caja Madrid, Alejandro Reyes, pero nada. Entre que no era barato y no estaba el horno para bollos, aquello quedó en papel mojado. Menos mal que poco después Carmen Linares grabó su maravillosa Antología del Cante de Mujer bajo la dirección de mi primo Gamboa con aquel mismo concepto, una cantaora y múltiples guitarristas.
Enrique y yo íbamos mucho a los toros en Las Ventas. Siempre invitaba el maestro. Recuerdo cuando Joselito se encerró con seis morlacos. Aquello fue una gozada. Yo atendía más a los comentarios de los tendidos que al ruedo, la verdad. No tenía ni papa del arte del torero, de la fiesta más culta del mundo, como la definió Federico García Lorca. Aquellas tardes terminaban a las claras del día. De ahí mi costumbre de llevar encima las gafas de sol cuando salía de noche con Morente, por algo le llamaban el sereno de Graná. Yo gozaba como un enano a su vera, él siempre me enseñaba algo, era un maestro en el sentido más literal de la palabra, del arte y de la vida. Yo era un mar de dudas sobre flamenco y él me aclaraba cada una de las cuestiones que le planteaba. Creo que le gustaban los enunciados de mis preguntas siempre de corte musicológico. Su inteligencia creadora era también fértil en todos los aspectos de la vida. Además de su generosidad innata; la persona menos interesada y más dadivosa que he conocido.
Un buen día me llama al teléfono de casa, aún no existían los móviles, y me suelta: vamos a hacer un sello discográfico, y así poder grabar discos a quienes nos apetezca. Me entusiasmó la idea. Yo era por entonces director del prestigioso sello de música clásica Deutsche Grammophon, el sello amarillo, como se le conocía en la industria. Vamos, que estaba aprendiendo bastante sobre ese sector de la cultura y hacer un sello desde cero con el gran maestro Morente me pareció que iba a ser una gran experiencia. Antes de nada, había que buscar un nombre. Enrique lo tenía todo muy pensado: “Discos Probeticos”. Pobreticos, le corregí. Noooo, me dijo, Probeticos, en granaíno. De acuerdo. Me fui a darlo de alta al Ministerio de Industria y con aquel papel nos dispusimos a iniciar el camino. Se diseñó el logo y pa’lante.
«Rafael grabó su magistral versión de la preciosa marcha de Semana Santa compuesta por Font de Anta, ‘Amargura’. Al acabar apareció Enrique por el estudio. Escuchó todo el disco y quedó encantado. Antes de empezar a masterizar, Rafael le dijo a Morente que había grabado la citada marcha, que el maestro de Graná escuchó emocionado. Levantándose de la silla le dijo a Juanmi: ponme un micro de voz, que voy a grabar una voz encima»
¿Y qué disco grabamos? Uno tuyo, ¿no? Nanai, el sello lo vamos a inaugurar con un disco de Rafael Riqueni. Tiene una idea preciosa, ya verás. Y nos metimos en el estudio Musigrama, por entonces el estudio de cabecera de Enrique, a los mandos técnicos el gran Juanmi Cobos, que nos dejó demasiado pronto, y Rafael, que por entonces estaba en plena forma, aunque durante la grabación llegó la terrible noticia del fallecimiento de su padre. El genial guitarrista sevillano grabó números escogidos de los grandes de la guitarra flamenca: Sabicas, Ricardo, Escudero, un disco de música clásica flamenca que tituló, cómo no, Maestros. Una joya.
Recuerdo que llegaron al estudio a meter las palmas en las alegrías nada menos que Tony Maya y, quien poco más tarde sería mi compañero, el gran Enrique Pantoja. Recuerdo que Riqueni les hizo repetir veinte veces la toma y nada, que no le gustaba cómo quedaba aquello. Cuando acabaron la sesión de varias horas pusieron la mano y yo, que para ellos debía tener pinta de productor, Enrique no podía asistir a las sesiones, les di lo que tenía, mil duros.
El último día, grabó Rafael su magistral versión de la preciosa marcha de Semana Santa compuesta por Font de Anta, Amargura. Al acabar apareció Enrique por el estudio. Escuchó todo el disco y quedó encantado. Antes de empezar a masterizar, Rafael le dijo a Morente que había grabado la citada marcha, que el maestro de Graná escuchó emocionado. Levantándose de la silla le dijo a Juanmi: ponme un micro de voz, que voy a grabar una voz encima. Nos miramos extrañados. Aquello era un disco de guitarra de concierto. ¿Vas a meter una voz? Y me contestó: una, o más de una si se tercia.
Se metió en la pecera y empezó a cantar una letra de saeta sobre la música de Font de Anta: “Todas las madres tienen pena y amargura, pero la tuya es la mayor”. Lloramos de emoción. Aplausos. Escuchamos la toma y dice Enrique: guárdala, pero voy a grabar otra. ¡Pero si esa está perfecta! Le dije (yo por entonces era muy osado) y metió otra voz. Y otra más. Y así, hasta que quedaron registradas seis pistas. Rafael metió unos detalles de guitarra que apoyaban la voz. Al final nos quedamos Enrique, Juanmi y yo. En aquel entonces no existían aún las mesas automatizadas y las mezclas se hacían a pelo, sobre la marcha. Nos pusimos en la mesa cada uno con dos pistas mientras Enrique con la mirada y las cejas iba indicándonos el volumen de cada una. Al final quedó esa genialidad que se escucha en el que acabó siendo el primer disco del sello.
Llegó febrero del ‘94 y recibí la llamada de Gades. Al primero que llamé fue a Enrique, para decirle que me había llamado Antonio y que no podía seguir en Discos Probeticos. Muy seco me contestó: pues vale. Y me colgó. Me quedé de piedra. No lo podía creer. A los cinco minutos suena el teléfono. Faustinico, así me llamaba. Es broma, hombre. Me alegro un montón por ti. Gades es un fenómeno y por lo que veo también es muy listo contando contigo. Y ahí empezó otro capítulo de mi vida flamenca. Las cozas.








































































