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Los flamencos nunca olvidarán su templo de Tokio (I)

El cierre del tablao Garlochí, originariamente bautizado como El Flamenco, es una noticia triste que deja para la Historia una aventura jonda sin parangón en el país del sol naciente.

Alejandro Luque por Alejandro Luque
11 marzo 2026
Tiempo de lectura: 5 mins
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El guitarrista Emilio Maya, uno de los últimos flamencos en instalarse en Japón, junto a sus compañeros de actuación en Tokio.

El guitarrista Emilio Maya, uno de los últimos flamencos en instalarse en Japón, junto a sus compañeros de actuación en Tokio.

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La noticia no ha tenido demasiado eco en los mentideros flamencos, a pesar de su enorme trascendencia. En diciembre de 2025 cerraba sus puertas el tablao –o más bien restaurante-espectáculo, como lo llaman allí– Garlochí, ubicado en el edificio Isetan Kaikan del barrio de Shinjuku, en Tokio. Con este cerrojazo del local, cuyo antecedente fue el mítico tablao El Flamenco, se clausuraba una aventura de casi sesenta años y un capítulo esencial en la historia de la recepción del arte jondo en Japón.

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La nómina de figuras que pasaron por su escenario es sencillamente impresionante: Pepe Habichuela, José Mercé, Vicente Amigo, Cristina Hoyos, Manolete, Sara Baras, Belén Maya, Antonio Gades, Paco de Lucía, La Paquera, Eva Yerbabuena o Joaquín Cortés, entre muchos otros. Hasta el cómico Chiquito de la Calzada actuó allí, en su época de artista flamenco. Pero su significación trasciende cualquier nombre.

“El Flamenco no es que fuera una institución en Japón, que lo era. Es que era una locura maravillosa”, comenta el periodista español David López Canales, autor del ensayo Un tablao en otro mundo. La asombrosa historia de cómo el flamenco conquistó Japón. “Un tablao flamenco que abría en Tokio realmente pocos años después de que los grandes tablaos abrieran en España es casi, así dicho, surrealista”.

El Flamenco fue fundado en 1967 por una empresa hostelera, dirigida por el señor Miyoshi, que poseía varios restaurantes y cafés. Aunque el cante, baile y toque bajoandaluz ya había desembarcado en el país en los últimos años 20, fue la llegada de Antonio Gades y Pilar López en 1960, y la visión de Carmen Amaya en la película Tarantos, de 1963, lo que terminó de impactar al público nipón y prender una pasión que se mantiene hasta hoy.

Aquel auge fue también un balón de oxígeno para los artistas españoles. “El tablao ha sido la mejor escuela y la pólvora más inflamable para la extraña y fascinante pasión japonesa por el flamenco, pero la importancia de El Flamenco no solo hay que verla en Japón. También en España”, señala López Canales. “Gracias a los tablaos japoneses muchos artistas españoles ganaron un dinero que nunca habían ganado en España. Y eso tuvo un impacto artístico. Por ejemplo, en el caso del maestro Pepe Habichuela ese ‘colchón’ de Japón le ayudó a dejar de tocar en los tablaos e irse con Enrique Morente y formar una de las parejas más importantes del flamenco moderno”.

 

«Fue la puerta a otra cultura tan diferente de nosotros, nos descubrimos mutuamente y acabaron siendo parte de nuestra forma de vivir y sentir. Son quienes mejor han absorbido el flamenco, y es asombroso ver cómo con el tiempo han salido de allí profesionales asombrosos. Tenemos que dar muchas gracias a Japón, que nos ha hecho sentir y nos ha dado de comer» (Joaquín Grilo)

 

Chiquito de la Calzada, a las palmas en Tokio años setenta.
Chiquito de la Calzada, a las palmas en Tokio años setenta.
Tablao flamenco Garlochi. Foto: savytokyo
Tablao flamenco Garlochi. Foto: savytokyo

 

La mayor experta actual en historia del flamenco en Japón, la investigadora Mariko Ogura, empezó a frecuentar El Flamenco a mediados de los 90. “Por entonces existía un sistema de socios, llamado Tomono-kai, que permitía asistir al espectáculo con una simple consumición. Yo iba casi a diario, cuaderno en mano. La misma soleá nunca era idéntica de una noche a otra; las letras de las alegrías cambiaban; las coreografías no eran piezas cerradas, sino formas vivas que se transformaban en diálogo con el cante y la guitarra. Allí comprendí que el flamenco no es un arte de reproducción, sino de generación: nace en el instante, en la relación entre los artistas y el público”.

“En 1997 tuve la oportunidad de subir a ese mismo escenario en un recital del estudio de la maestra Shiho Morita”, prosigue Ogura. “Estar sobre aquellas tablas que había contemplado con admiración durante años fue una experiencia decisiva. El Flamenco no era solo un espacio para mirar: era también un lugar que formaba y acompañaba trayectorias”.

Es cierto que no se trataba del único tablao en aquel Tokio que respiraba por bulerías, pues también gozaban de predicamento otros locales como el Patio Flamenco, en Shibuya, o el Café de Chinitas, en el animadísimo e insomne barrio de Roppongi. Pero no cabe duda de que El Flamenco tenía una atmósfera especial como encrucijada de infinitas aventuras artísticas. “Para mí el tablao El Flamenco fue un punto y aparte en mi carrera”, asevera el bailaor Joaquín Grilo. “Viví allí momentos muy bonitos, hice amistad con compañeros con los que no había coincidido aquí en España, porque en aquella época todas las máximas figuras andaban por Japón. Incluso allí conocí al maestro Paco de Lucía, y ese encuentro cambió mi vida para siempre”.

El jerezano destaca de aquel local que “había una calidad y calidez humana increíble en ese lugar, y también técnica, como no he visto nunca en España. Era una época increíble para los flamencos, para buscarse la vida y desarrollarnos. El Flamenco fue la puerta a otra cultura tan diferente de nosotros, nos descubrimos mutuamente y acabaron siendo parte de nuestra forma de vivir y sentir. Son quienes mejor han absorbido el flamenco, y es asombroso ver cómo con el tiempo han salido de allí profesionales asombrosos. Tenemos que dar muchas gracias a Japón, que nos ha hecho sentir y nos ha dado de comer”.

Por aquellas mismas fechas –los primeros 90–, la periodista flamenca nipona por excelencia, Kyoko Shikaze, recuerda haber conocido a Sara Baras en El Flamenco, bailando en el grupo de Joaquín Grilo, y en 1994 regresó con Javier Barón. No solo destaca la presencia de estos grandes artistas, sino también la convivencia que se daba con los aficionados japoneses. “En mi estancia en Tokio estuve casi todas las noches allí”, evoca. “Lo pasé muy bien, fui a Disneyland con ellos, comí en su apartamento y nos emborrachamos. En la última noche les ayudé a hacer maletas sin dormir. En 2015, Sara volvió a Tokio con su ballet con la obra Voces, y visitamos a Shinjuku juntos hablando de aquella época. Eso está reflejado en su película Todas las voces. Un año después llegó la noticia de cierre de El Flamenco”.

En efecto, el mítico tablao cerraba sus puertas en 2016. Pero solo para dar paso a una nueva aventura, en la que sería renombrado como Garlochí… ♦

 

→ Continuará…

 

 

Alejandro Luque

Alejandro Luque

Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

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