Permítanme de entrada una confesión: no creo en la sangre azul. Y, con el debido respeto hacia don Gregorio Mendel, tengo mis reservas sobre la genética entendida como ciencia exacta. Sin embargo, soy capaz de entender que hay pocas cosas tan humanas como creer en la transmisión del talento o las virtudes a través de la sangre. Nos encanta pensar que un príncipe hereda los mejores atributos del rey, que la nobleza (¡qué palabra!) pasa del aristócrata a sus hijos de manera natural, como el color de los ojos o la forma de la nariz. Y en el arte, claro, sucede lo mismo, aunque en el fondo sepamos que la semilla de Picasso no tiene que dar genios de la pintura, ni María Callas divas de ópera. Da igual: creemos en ello, y eso basta.
La propuesta que llegaba este fin de semana al Maestranza de Sevilla, De tal palo…, se basaba en cierto modo en esta fe o superstición. Seis herederos de ilustres dinastías flamencas tomaban el escenario con el pretexto de demostrar eso, que el arte forma parte de los misterios del ADN. La figura central fue Dorantes, el nieto de La Perrata, quien abrió el repertorio con una versión del himno gitano, ese Gelem Gelem hermosamente interpretado al micro por Lela Soto, último eslabón de la cadena dorada de los Sordera.
Le siguió Karime Amaya, sobrina nieta de ese huracán con piernas que fue Carmen Amaya. Otras veces la he encontrado demasiado rígida o efectista, confiada en exceso a la potencia de sus pies, pero el sábado me gustó y creo que se gustó también a sí misma, pues su rostro dibujó en la soleá expresiones de complacencia que no habíamos visto antes.
Sorpresa también, y muy grata, con José del Tomate. El hijo de Tomatito, de cuyo crecimiento como persona y como músico hemos sido todos testigos, empezó escanciando pinceladas de homenaje (Nana del caballo grande de Camarón, Pensé que no existía de Manzanita) para bordar un toque por bulería acompañado por la percusión de Jonatan Cortés. Ojo con el almeriense, porque está entrando en la edad de empezar a crear cosas interesantes, y apuesto a que las hará.
«La sangre azul del arte no existe. No creo en ella. Ni en el genio hereditario. Creo en la conciencia de quiénes somos y de dónde venimos, en el respeto hacia los mayores sin sumisión, (…) y en el deber de estar a la altura de quienes nos han precedido, sean familia o no. Todos los artistas que desfilaron por el Maestranza, con pedigrí flamenco o sin él, lo hicieron»

Reconozco mi debilidad por el siguiente intérprete del cartel, Ismael de la Rosa, hasta ahora conocido con el remoquete artístico de El Bola. Cuando escucho a aficionados quejarse de que los jóvenes de ahora no conocen, no estudian y no sé qué más demostraciones de pereza mental, me pregunto si no han escuchado a El Bola. El cantaor de la saga de los Fernández posee una mezcla de sensibilidad y conocimiento que lo imposibilita para moverse por los terrenos de la mediocridad. Siempre está, como mínimo, muy bien, ya sea por soleá (aquí yo diría que estuvo inmenso) como acompañando a Dorantes en las galeras que patentó su tío Lebrijano.
Como me sucedía con Karime Amaya, tenía mis prevenciones con Farruquito, la otra estrella indiscutible del programa. El nieto del gran Farruco está en la cima del baile flamenco, pero –no soy el primero en advertirlo– alguna vez ha corrido el riesgo de dormirse en los laureles y buscar el aplauso fácil, porque es verdad que tiene el don de levantar a la gente de la silla solo con meter una pata por bulería o levantar una mano. Esta vez, en cambio, sacó su mejor versión, sobre todo cuando bailó por alegrías entre los dos cantaores, con ese dominio del tiempo que solo tienen los elegidos.
Aunque quizá hubiera sido mejor ubicarla en otro momento del espectáculo, Lela Soto lució sus cualidades vocales por seguiriya con una hondura estremecedora, que la confirma como una de las cantaoras a seguir en este momento, porque lo suyo no ha hecho más que empezar. El repertorio empezó con un himno y acabó con otro, el popular Orobroy de Dorantes, aunque no se entendió que se repitiera tal cual en el bis.
En todo caso, fue una noche para disfrutar de flamenco de alto vuelo, y en el caso de este cronista, para reafirmarme en que la sangre azul del arte no existe. No creo en ella. Ni en el genio hereditario. Creo en la conciencia de quiénes somos y de dónde venimos, en el respeto hacia los mayores sin sumisión, en el aprovechamiento de los modelos más próximos para crecer como seres humanos y como creadores, en el aprendizaje de cerca de saberes y modos, y en el deber de estar a la altura de quienes nos han precedido, sean familia o no. Todos los artistas que desfilaron por el Maestranza, con pedigrí flamenco o sin él, lo hicieron.
Ficha artística
De tal palo…
Teatro de la Maestranza, Sevilla
8 de noviembre de 2025
Piano: Dorantes
Baile: Farruquito, Karime Amaya
Guitarra: José del Tomate, Pedro Sierra
Cante: Lela Soto, Ezequiel Montoya, Ismael de la Rosa
Percusión: Jonatan Cortés
Batería: Maday









































































