Vicente toca como Dios. Si no es quizás el mismo Dios quien toca por él aprovechándose de la sensibilidad que lo habita, porque no encuentra entre los pellejos del resto de los mortales mimbres más limpios y puros de los que servirse para posar los Seis pájaros en mano. Es el alma de la guitarra. Y también humano. Llega a Sevilla y se arruga. Se derrite y se abandona al almíbar que seduce sin arriesgarse, quedándose solo en la elegancia, la delicadeza exquisita, la caricia tierna.
Tocó plano. Extraordinariamente sensible, sí. Pero no fue su mejor día. Sus picaos brillantes a veces perdieron el remate, la precisión o la pulcritud. Aunque daba igual, dolía bajito, era Vicente. Abusó de las sacudías en los rasgueos y se enfrentó solo en un toque, el primero, desnudo ante el público, sin el arrope de un puñao de músicos entre los que acurrucarse. No trajo cante, nada más que coros. Ni baile, ni baño de luces. La sobriedad y sencillez escénicas fueron cómplices del contagio de un recital que se hizo largo porque hubo pocos rincones de oles y escalofríos.
Hilvanó bajo el cenital la taranta con soleá para dar el primer bocao. Quedó en el susurro de un mordisquito. Después desfilaron entrando y saliendo del repertorio el violín sedoso de María Ángeles Bellido, el violonchelo aterciopelao de Antonio Fernández y la flauta y oboe dulces de Javier Márquez. La segunda guitarra certera de Añil Fernández, el bajo redondo y gordo de Ewen Vernal y los coros y palmas trianeros de Makarines, más estridentes que de costumbre, pero soberbios en la interpretación y el compás, conformaron el acompañamiento. Mención aparte merece la fabulosa percusión de Paquito González, comedido, justo, sencillo, apropiado en cada pasaje y en los silencios, en la dinámica, en los tiempos, en el ritmo, en la sal y en el son. Vicente Amigo destelló en medio, haciéndole cosquillas a los corazones.
«Brotó de menos a más, destacó en los contrastes rítmicos, los giros imposibles y con su arrolladora sensibilidad. También en los arpegios y alzapúas, en lo melódico y en lo rasgueao. Se mostró naturalmente espontáneo, entregado, afable… Pretendió darlo todo, pero Sevilla, ‘que te quita el sueño’, lo achicó»

Para cualquiera que no lo conozca, lo suyo pudo ser una barbariá. Pero para los de las uñas largas, los cabales y los que nos partimos la cara con quien no se enjuague la boca y se lave las manos para hablar o escribir de Vicente, le faltó hervor. Cuesta decirlo. ¿Que no tocó bien Vicente? Claro que sí. Pero no llegó a su altura. Yo he tiraíto pieras por las calles y a quien le dé que perdone, que tengo mi cabecita loca de tantas cavilaciones.
Me empachó con el tufillo constante del soniquete por tangos, tanguillos o tangos arrumbaos y un salpicón de bulerías. Me pedía el izquierdo más soleá, malagueña seguiriyas, rondeñas… Avaricioso que es uno. Pero prosiguió con sus geniales composiciones. Flirteando con el metrónomo, poniendo el acento donde le daba la gana, cabalgando aligerao por encima del conteo que le daban la percusión y las palmas, jugando sin secretos con los misterios del compás.
Así cautivó por lista con sus Tangos del Arco Bajo, dibujó con las yemas de los dedos sobre las cuerdas su propio Autorretrato, se paró en la Estación de primavera y en Corvovado, se apasteló en el Bolero del hermano, bailó con el toque del Pasodoble a José Tomás, gozó en la bulería Manuela –que le dedicó en su disco a Farruquito–, se paseó por la Plaza del Cabildo, para meterse en El pocito y deambular luego por los Andenes del tiempo (A Jacinta), queriendo terminar partiendo Turrón y chocolate, pero el aplauso incesante le obligó al bis donde cosió momentazos de su mítico y sublime Réquiem con otros de Roma, dos de sus obras estelares que por más trilladas que estén, siguen siendo las joyas de sus conciertos. Y no fueron menos en este. Un recital cuyo programa varió en el orden y dejó atrás dos piezas: Con ‘V’ de Cádiz y Bolero a los padres.
Los huesos bajos de la Reyes que abraza le restaron cuerpo al sonido. Brotó de menos a más, destacó en los contrastes rítmicos, los giros imposibles y con su arrolladora sensibilidad. También en los arpegios y alzapúas, en lo melódico y en lo rasgueao. Se mostró naturalmente espontáneo, entregado, afable… Pretendió darlo todo, pero Sevilla, «que te quita el sueño», lo achicó. Me aferro al recuerdo vibrante de hace unos años, en el mismo sitio, cuando volvió a enamorarme, inundado por una iluminación extremadamente bella, con Rafael de Utrera en estado de gracia y el baile de El Choro. Esta vez me sigo preguntando…
¿Que no tocó bien Vicente? ¿Qué queréis más que os diga?
Ficha artística
Vicente Amigo en concierto
Seis pájaros en mano
Teatro de La Maestranza, Sevilla
13 de febrero de 2026
Guitarra: Vicente Amigo
Segunda guitarra: Añil Fernández
Voz y palmas: Makarines
Percusión: Paquito González
Bajo: Ewen Bernal
Flautas y oboe: Francisco Javier Márquez
Violín: María Ángeles Bellido
Violonchelo: Antonio Fernández






































































































