El alumbrado en nuestras calles marca el comienzo de la fiesta de Navidad, la conmemoración que, además del profundo significado religioso que la justifica, hemos anticipado con tanta urgencia que no es que no hayan esperado al montaje de los belenes, sino que hasta la localidad sevillana de Estepa le ha cogido la vez a Vigo como ciudad española de referencia iluminada a nivel nacional.
La clave está en la anticipación y en captar la atención del visitante y motivarlo para acudir al destino, tal que las ofertas del Black Friday, el evento que nos vino de los Estados Unidos, como Papa Noel, y que en 2025 se anunció la celebración para el cuarto viernes de noviembre, oséase, el pasado día 28. Y como el turismo de negocio es el principal atractivo de la capital hispalense, Sevilla adelantó para ese mismo día el tradicional encendido de las luces, reluciendo, según me informan, 304 calles, avenidas, plazas y glorietas de todos los distritos de la ciudad.
Estamos ante un momento solemne y mercantil, pero pomposo. Un rito que no es un mero gesto mecánico, sino que, como dicen los especialistas sociológicos, es un acto consciente que busca conectar a las personas con un propósito mayor, el hacer de puente entre lo material y lo trascendental. Marcar la diferencia, en definitiva, entre las sombras de lo cotidiano y lo crucial de la noche.
A tanta suntuosidad le vino como anillo al dedo la actual zambomba jerezana. Se rompió, pues, la tradición popular que se transmitió de generación en generación, y aquel tiempo de preparación de la Navidad que, al son de campanilleros y otras coplas populares, arrancaba a finales de noviembre hasta conmemorar el 8 de diciembre el Día de la Inmaculada Concepción, pasó a mejor vida, o por ser más preciso, a darle vida a este totum revolutum donde la campaña de la publicidad navideña es la que manda.
Para los flamencos sin artificios, Sevilla empezó a brillar, por el contrario, con la tradicional zambomba del maestro de baile Juan Tejero, que alumbró a Serva la Bari –como la llamaron los árabes– el miércoles, día 26, musicando la jornada al son de villancicos moldeados sobre la tipología jonda, pero con preferencia aplastante de la bulería, en la que no se busca la volatilidad perfeccionista de la danza, sino la honda réplica del baile al cante.
Porque se trata de eso, de bailar con alegría como fuente de vida, pero con el sustento del cante. Ese es el objetivo de Juan Tejero, que no se pierdan los cánones, las normas y las reglas que nos transmitieron los grandes maestros, que son los que, en realidad, dan sentido a la creación de los pasos, las formas, los movimientos, la precisión técnica y la estética que propugnaron. En definitiva, los códigos y valores que conforman las distintas escuelas que nos han precedido.
Retener esas imágenes es, pues, el remedio para evitar que los restos de la tradición que naufragan en las aguas del mal llamado vanguardismo no se hundan del todo. Y para ello hay que acudir a los recuerdos que se conservan en la memoria, porque es la memoria la única que retiene la foto fija de los preceptores históricos, una comunicación visual cuya cesión sólo se nos transfiere a través del aprendizaje en los centros y academias dignos de confianza.
¿Y cuáles son –se preguntará el lector– las que inspiran confianza? Las que ofrecen credibilidad, fiabilidad, y son, por tanto, leales a lo jondo. Es decir, las que custodian lo esencial del baile, para lo que es tan necesario como imprescindible tener el saber cultural del eje que lo articula: el cante, en vivo y en directo.
«La zambomba de Juan Tejero es un modo de redescubrir la Navidad por bulerías, un juego de referencias pictóricas, musicales y experienciales que se anudan en el sueño del alumnado hecho realidad. Esperemos que dure otros quince años más en Sevilla porque es un lujazo poderla disfrutar»
Para ello hace falta, mismamente, un ambiente positivo, interacción entre profesores y alumnos, valorar los aspectos de unión e identidad y posibilitar el bienestar emocional desde el conocimiento de un profesorado de cante, que es, reitero, el factor primordial para favorecer el acercamiento al baile.
Tejero activa la convivencia desde el mediodía. Los alumnos, todas personas adultas al menos en Sevilla, no acuden ese día a las clases ordinarias de estudio. Antes bien, se citan en un restaurante del Muelle de las Delicias y, como si de una comida de empresa se tratara, fomentan una proximidad cuasi familiar, cohesionada y muy positiva.
Tras el almuerzo, sirven el menú especial. El lleno es absoluto y el silencio, maestrante. Los cuerpos se preparan para la búsqueda de experiencias memorables desde la bulería, que los arropa como la piel a los animales. Los asistentes forman un corro derredor de los intérpretes, tal y como lo conocí en los ambientes gitanos de Jerez hace casi medio siglo, y en tanto las cuerdas de la guitarra de un Agui de Jerez totalmente entregado, reflejan todos los matices que ha de subrayar la banda sonora cantada, Isra López, con la mano humedecida, frota de arriba abajo el carrizo de la zambomba.
A las manos que tañen las notas cordófonas y las que friccionan el instrumento rústico, se suma el violín de Bernardo Parrilla, genial, todo un lujo en sus matices expresivos por la plenitud de bellos momentos que le aporta a la partitura, y se añade el cante a pelo, sin trucos, para reforzar la idea de lo natural. Ahí está el secreto, incrustar en el ADN del alumnado el recurso fundamental, lo originario, la melodía cantada y el ritmo que la sostiene, que es el que marca el flujo del movimiento.
Reconozco sin ambages que disfruté con los ricos y cavernosos graves de Mara Rey, de tanta versatilidad; la sensibilidad intencionada y muy flamenca de Juan de la María; la dicción y fraseo modélico de Sandra Rincón; el supremo gusto expresivo de Miguel Lavi; y la considerable ascensión de Sebastián del Puerto. Voces que dieron autoridad al baile, pero todos al servicio de la flexible actitud dancística del alumnado, donde Pepe Luis y el arte de Elisa Pérez a sus 86 años de edad, unidos a Conchita Gallego, Paula Moscoso, Maika, Chelo de Utrera o Chon, llaman la atención del analista por la asimilación que tienen de la codificación corporal ante el desafío de la gravedad y frente a las llamadas, el matiz del gesto, los quiebros y los cierres. Ah, y a compás.
Claro que dignos de todos los elogios son Juan Tejero, de gran convicción y firmeza, e Irene Carrasco, de subyugante delicadeza, quienes, con una impoluta línea discursiva, exhibieron el irreprochable basamento técnico que da sentido al párrafo anterior.
Aquí no hay, por tanto, danza contemporánea, ni escuela bolera o danza lírica, y menos aún despliegue físico y acrobático. Aquí el lenguaje corporal procedente de Sevilla, Utrera, Jerez y El Puerto de Santa María se rebela ante el orden impuesto por el cante por bulerías, unas de escuche, otras acancionadas con retazos de romance y cuplés, y las más del eje Arcos, Jerez, Cádiz y Lebrija.
Esta zambomba de Juan Tejero es, en consecuencia, un modo de redescubrir la Navidad por bulerías, un juego de referencias pictóricas, musicales y experienciales que se anudan en el sueño del alumnado hecho realidad. Esperemos que dure otros 15 años más en Sevilla porque es un lujazo poderla disfrutar.





































































