Desde hace casi cuatro décadas, los amantes del flamenco en el continente americano tienen una cita en Nuevo México en torno al mes de junio. Se trata del Festival de Albuquerque, algo que empezó como una llama prendida en la tradición familiar y que ha acabado convirtiéndose en un referente cultural de primer orden, por el que ha desfilado lo más granado del cante, el baile y el toque. expoflamenco ha conversado con su actual responsable, Marisol Encinias, una aficionada entusiasta que ha crecido disfrutando y aprendiendo año tras año.
– ¿Cómo llega usted a la dirección del Festival de Albuquerque?
– Mi madre, Eva Encinias, empezó el festival en 1987, y yo ya llevo 15 años en la dirección, dedicada a la curación y a la selección de artistas. Ella era bailaora de flamenco, empezó a colaborar con la Universidad de Nuevo México hacia 1976, y once años más tarde le pidieron que organizara una celebración en la Facultad de Bellas Artes. Así empezó el festival. Primero fue solo un fin de semana, luego se añadieron unos cursillos… Y así seguimos. Ya en 1996 empezó en la universidad un bachillerato de danza con una concentración [enfoque] en el flamenco, porque en los Estados Unidos se da una mezcla de conservatorio y universidad, y nosotros acompañamos también ese proceso…
– ¿De dónde les venía la afición?
– Como nuevomexicanos, procedentes del Suroeste de los Estados Unidos, nos consideramos parte de Latinoamérica. Aquí hay cierta afición por la cultura hispana y latina. Mi abuela tenía una escuela de danza donde se enseñaba danza española junto con claqué, tango argentino, danzas mexicanas… Mi hermano y yo bailábamos con ella, y nuestra afición se fue orientando hacia el flamenco. Y antes de eso, el hermano de mi abuela ya tenía una escuela hacia 1920, ¡hace un siglo!, donde se bailaban verdiales, jotas, zambras…
– ¿El festival fue bien acogido desde el principio?
– Gustó mucho, sí. Cuando transcurrieron cinco años, en la universidad vieron que el interés crecía, pero también la programación, y con ella el presupuesto, y les dio un poco de miedo. Nos siguieron prestando espacios, pero en 1982 hubimos de crear una organización sin ánimo de lucro, The National Institut of Flamenco.
«Un 80 por ciento de los alumnos que tenemos son de familias hispanas, hablan español y les gusta cantar, aunque no hay tantos como guitarristas y bailaores. El baile es sin duda donde ha habido más enfoque, ¡pero ya mi abuela también cantaba! Estoy segura de que en unos años habrá sorpresas»

– ¿Es difícil financiar un proyecto así en Estados Unidos?
– Sí, aquí recibimos muy poca ayuda pública. El Gobierno no da dinero para el arte y la cultura, de manera que dependemos mucho de la taquilla y de las inscripciones para los cursos. Así es como hemos logrado cumplir 38 ediciones en 39 años, ya que en 2008, debido a la crisis financiera, el festival no se celebró. Pero en todas las ediciones ha habido que trabajar mucho para asegurar la venta de entradas, ha sido un empeño personal muy grande. Gracias a ello tenemos hoy un festival grande, el año pasado fueron nueve días, 90 personas invitadas, un presupuesto de más de un millón de dólares… El Instituto tiene actualmente 25 empleados, promovemos un programa educativo, tenemos dos tablaos y una compañía.
– ¿Se atrevería a definir cuál es el perfil de espectador del Festival de Albuquerque?
– Hace poco Domingo González, que estudia mucho los públicos, me hablaba de su preocupación por el envejecimiento de la edad media de los espectadores en el flamenco. Aquí hemos trabajado por crear una comunidad, hay muchos niños y jóvenes, y mucha gente que viene de todos los rincones de los Estados Unidos. Tenemos un público con recursos, que paga lo que sea por ver flamenco, pero también tratamos de dar accesibilidad a gente con menos recursos y a los jóvenes.
– Con ese trabajo por la cantera, ¿cree que está cercano el día en que salga de Albuquerque una primera figura del flamenco?
– Estoy convencida, es cuestión de tiempo. Un 80 por ciento de los alumnos que tenemos son de familias hispanas, hablan español y les gusta cantar, aunque no hay tantos como guitarristas y bailaores. El baile es sin duda donde ha habido más enfoque, ¡pero ya mi abuela también cantaba! Estoy segura de que en unos años habrá sorpresas.
– ¿Hay algo que siempre funcione en el festival?
– Siempre trato de presentar propuestas que sean de flamenco directo, sin muchos conceptos, sin argumentos coreográficos complicados. Por eso uso la palabra directo en lugar de “tradicional” o “puro”. Eso no significa que no presentemos argumentos interesantes, y en todo caso lo que prima es que la propuesta sea buena. Y eso incluye, algunas veces, cosas más experimentales. Se trata de presentar un poco de todo para que vean las posibilidades que tiene este arte, pero sin perder la raíz del flamenco-flamenco.
– ¿Y algo que, en su opinión, no funcionaría?
– No lo sé. Yo creo que incluso la fusión, mientras sea buena y esté hecha con criterio y sabiduría, me gusta. Lo que no suelo presentar son cosas que no tengan una clara base flamenca, que se vayan tan lejos que no se note el flamenco por ningún lado.
«Hay aquí mucha gente indígena, casas de adobe, y puedes ver el flamenco como expresión humana, nos conecta con la tierra. En otros lugares se ve el flamenco como algo exótico, en Albuquerque no: han hecho del flamenco algo suyo, llevan años estudiándolo como aficionados y es ya parte de su vida»

– ¿Un momento de gloria del festival?
– La primera vez que mi madre trajo Torero, de Antonio Canales, en 1996. Fue en el Popejoy Hall y resultó superimpactante. Yo ya era muy fan de Canales, seguía su trabajo con distintas compañías, pero tenerlo en mi ciudad fue un acontecimiento. Y bueno, luego hemos tenido a mucha gente importante, en los primeros años a bailaores como Manolete, más tarde a Eva Yerbabuena, Juan Amaya…
– ¿Y momentos malos, recuerda?
– ¡Bastantes! [ríe] Pero mejor no hablo de estos. En este trabajo hay muchos riesgos, a veces vives momentos difíciles, pero mi madre, mujer fuerte y luchadora, nos enseñó mucho sobre cómo superarlos.
– Si pudiera resucitar a alguna gran figura del flamenco, ¿quién sería?
– Es muy difícil… Paco de Lucía. Enrique Morente. Porrina. Angelita Montoya. Ramón el Portugués. Mira, siempre he querido traer a Guadiana, que vive, pero no viaja tan lejos. Y lo entiendo, porque son como veinte horas de viaje. Ah, y también resucitaría a Camarón, claro.
– Para terminar, ¿cómo invitaría a los lectores de expoflamenco para visitar el Festival de Albuquerque?
– Es un festival diferente, pero muy bueno. Muchos artistas le tienen cariño, saben todo lo que hemos hecho a lo largo de los años. Una vez vino José María Velázquez-Gaztelu y dijo: “Esto no es un festival, ¡es una revolución!”. Y creo que, en efecto, es un evento que podría impactar a los lectores de vuestra revista. Hay aquí mucha gente indígena, casas de adobe, y puedes ver el flamenco como expresión humana, nos conecta con la tierra. Mucha gente se sorprende al descubrir que es una tradición que no se ha hecho de un día para otro. En otros lugares se ve el flamenco como algo exótico, en Albuquerque no: han hecho del flamenco algo suyo, llevan años estudiándolo como aficionados y es ya parte de su vida. ♦





































































