Es bien sabido que hay letras que están unidas a determinados cantes y que son, en cierto modo, inseparables. Letra y música emparejadas por la tradición flamenca. Por ejemplo, si escuchamos A mí me pueden mandar…, el que más y el que menos dirá que se trata de la caña. Es lo mas normal, a no ser que se trate de la jabera que grabó Antonio Pozo El Mochuelo en 1906, que la interpreta con esa misma letra. Si lo que escuchamos es La gran calle de Alcalá, cómo reluce, no hay duda que son los caracoles, aunque Chacón tomará esa letra del original juguete Santa Cruz de Mudela que después grabará Pastora. La letra Anda y no presumas más se la escuchamos a Caracol por una variante personal de soleá y a Aurelio con otra. Y así hay en el repertorio flamenco múltiples ejemplos. De todos modos, si el cante dice Tiran bombitas… es mirabrás, si Calle Real del Alosno se trata del famoso cané bajo alosnero, a no ser que se trate del fandango de La Andalucita registrado en 1926 con la guitarra de Niño Ricardo. Aun así, como digo, hay muchas letras que están unidas para siempre con su cante matriz.
El problema viene cuando esa supuesta conexión entre música y letra lleva al gran Pepe Marchena a rotular en su Antología como soleá de Yllanda el cante que después atribuiría Mairena a Charamusco. El error está en que Marchena lo grabó con una letra que se corresponde efectivamente con un cante del cantaor de Andújar José Yllanda, aunque la música es totalmente diferente. La versión de Marchena de 1963 con la guitarra de Paquito Simón se trata del dicho cante de Charamusco, con la letra Reniego de los Rosales, mientras que la que grabó más de medio siglo antes El Garrido de Jerez en 1908 con la guitarra de Román el Granaíno es el clasificado por Luis y Ramón Soler como de Yllanda. De nuevo, una misma letra para dos cantes. Y ahí está la cuestión.
Muchas veces hablé de este tema con el añorado Luis Suárez Ávila. Yo le insistía en que un romance del siglo XVI se canta con muy diferentes músicas dependiendo del lugar y la época. Es imposible, debido a la natural evolución de los géneros musicales, que una letra se mantenga unida a una música durante cuatro siglos. Como vengo diciendo desde hace muchos años: la música como la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Y así se lo comenté en muchas ocasiones a Luis a fin de apartarle la idea de que un romance como, por ejemplo, el de La Monja que grabó el Negro del Puerto, se cante originalmente sobre la música que hoy reconocemos como petenera corta, lo que no significa que la petenera mexicana que regresó de Veracruz a Cádiz en 1826 bebiese de ese romance, sino que lo más probable es que ocurriera precisamente al contrario, que El Negro metiera la letra de ese romance en una melodía muy popular entonces que resultó ser la del son huasteco de la petenera.
«Una melodía surgida en 1900 puede interpretarse con una letra mucho más antigua. En el caso de los romances, un repertorio lírico de siglos, se pueden cantar, y de hecho se cantan, con melodías muy actuales, sin restarle un ápice de jondura a la adaptación. No caigamos en la tentación de leer fandango en un documento del siglo XVIII y creamos que se refiere a un estilo similar a lo que hoy llamamos fandango»
En resumidas cuentas, una letra no tiene por qué corresponder con una música concreta. Es más, a una música le caben infinitas letras, así como una letra se puede meter en múltiples músicas. Todo depende de la voluntad del creador y/o el intérprete, su capacidad de aplicar diferentes letras a una misma música. En las canciones normalmente hay diferentes estrofas, cada una diferente de otra, pero todas suelen tener la misma música. Está en el sentido estructural de la forma canción. Aunque en el flamenco no hablamos de canciones, nos referimos a cantes, es bien sabido que a una misma variante melódica de, por ejemplo, seguiriya le caben letras muy diferentes. De Cómo reluce a Manuela Reyes va un mundo y ambas letras se corresponden con las clásicas músicas de los caracoles que grabó el gran Antonio Chacón.
Deducir la antigüedad de una música en relación a la letra con la que se canta no tiene sentido. Puede ser posterior o incluso anterior. Que un poema con siete siglos se cante sobre una determinada melodía no significa, bajo ningún concepto, que esa melodía tenga esa misma edad. Ni mucho menos. Es más, muy probablemente suelen tener mucho menos tiempo, debido a que la letra se puede escribir en un papel, pero las músicas de tradición oral son, per sé, poco tendentes a quedarse fijas, todo lo contrario. Según el principio de que no hay tradición oral que dure más de un siglo en su forma original, que es lo mismo que decir no hay música que cien años dure sin mutar en alguno de sus parámetros. Las modificaciones en el transcurrir melódico están garantizadas. Lo mismo ocurre en el popular juego de hablarse al oído en cadena, que lo que dice el primero cuando llega al último se ha convertido en algo normalmente muy diferente.
También ocurre a la inversa. Una melodía tradicional puede adoptar a lo largo del tiempo muy diferentes letras. Las melodías compartidas en varios ámbitos geográficos pueden tener en cada caso letras distintas. Confirmando así la independencia entre letra y música que, aunque en muchos casos vayan de la mano, en un género como el flamenco una misma melodía (variante) le corresponden letras muy diversas (versión). Qué aburrido sería si no el flamenco si todas las soleares de Joaquín el de la Paula se cantasen sobre la misma letra. Ahí está precisamente una de las riquezas del flamenco.
Pero, a lo que vamos. Una melodía surgida en 1900 puede interpretarse con una letra mucho más antigua. Y, como he apuntado antes, en el caso de los romances, un repertorio lírico de siglos, se pueden cantar, y de hecho se cantan, con melodías muy actuales, sin restarle, eso sí, un ápice de jondura a la adaptación. No caigamos en la tentación de leer fandango en un documento del siglo XVIII y creamos que se refiere a un estilo similar a lo que hoy llamamos fandango. Son géneros homónimos pero con música muy diferente en cada época. Es la naturaleza propia de la transmisión oral. ♦



































































































