Siempre he escuchado eso de que “La Paquera salió a cantar en la Fiesta de la Parpuja de Chiclana con el sol en la cara, rozando las nueve de la mañana”. No sé si es una exageración o no, pero por testigos presenciales parece que esta afirmación se ciñe a la realidad absoluta. Hay otra anécdota, según me reafirmó el agente artístico Juan Ramón Reyes, chiclanero para más seña: “El Beni de Cádiz cantó aún más tarde, y le pidió al público, entre bromas, que exclamaran en grupo algo así como ¡los mue… de Pulpón!”. Todo esto se cuenta con esa gracia tan particular de esta bahía gaditana que afronta la vida con una irónica sonrisa en el rostro.
Lo que está claro es que era la tendencia de una época pasada. Y espero que así sea, porque los formatos, por mucha nostalgia que produzca cuando se ven esos carteles históricos, han de adaptarse a los públicos actuales. Es un análisis recurrente, sí, y nadie tiene realmente un motivo del porqué antes era de una manera y ahora es de otra. Lo que sé, y no pienso discutirlo porque es lo que percibo en la mayoría de festivales que presento (siempre hay excepciones), es que el respetable, más allá de las dos de la mañana, si me apuran las tres, no está por la labor de seguir sentado en una silla en la que apoyaron el trasero antes de las diez. Ahora la oferta cultural es mucho más amplia que en los años setenta u ochenta, por lo que hay posibilidades de disfrutar de actuaciones en directo en cualquier momento, en tu ciudad o cerca, viendo a tu cantaor o cantaora favorita.
La Fiesta de la Parpuja de este año ha sido nuevamente exitosa. Y eso que antes de las dos de la madrugada se estaba bajando Caracolillo de Cádiz del escenario para cerrar la edición. A esas horas, un treinta por ciento del público inicial que llenaba la Playa Mayor (era entrada libre) de la localidad se había marchado, otro buen porcentaje seguía sentado respetuosamente, y algunos pocos no cesaban en sus gritos y molestias. “¡Callarse ya!”, dijo Aurora Vargas, porque no se sentía del todo cómoda con tanto murmullo. Quiero decir esto no como ataque. Mucho menos al Ayuntamiento, que apuesta firmemente por este certamen. Ni por todos los grandes profesionales que lo hicieron posible. Tampoco quiero generalizar. Pero creo que es necesario comentar a los lectores que eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor no siempre se cumple. No quiero imaginarme cómo estaría la plaza a las cinco de la mañana.
Analizado este aspecto, que es más curiosidad que otra cosa, en lo artístico fue una gran velada, extraordinaria diría yo. Salí a presentar con la plaza a reventar de público, buenas gentes y aficionados de verdad, con esa barra en el lateral que siempre incomoda algo. Filo de los Patios, madrileña que mira al sur, comenzó su faena por bulerías, con guiño a Paquera, despidiendo a compás de fandangos su comparecencia. Julio Romero fue su guitarrista y comprobó la efusividad de un respetable entregado. Insisto, en #DesdeDentro no nos gusta profundizar en aspectos tan técnicos, esto no es una crítica al uso. Antonio Reyes, Rey de Chiclana, demostró encontrarse en un gran momento profesional, con un poso de madurez y una imagen cada vez más patriarcal. De blanco impoluto se marcó un recital de ensueño, como los que está diseñando últimamente y con los que no se aleja nunca de sus miles de seguidores. Lo acompañó su hijo Nono, siempre lleno de ritmo y sabor.
«Lo que sé, y no pienso discutirlo porque es lo que percibo en la mayoría de festivales que presento –siempre hay excepciones–, es que el respetable, más allá de las dos de la mañana, si me apuran las tres, no está por la labor de seguir sentado en una silla en la que apoyaron el trasero antes de las diez»

Hubo un momento entrañable, se le rindió homenaje a Bernardo Oneto Aleu, asesor de guitarra, implicado en las actividades de la peña flamenca durante décadas. El alcalde, José María Román, entregó un obsequio.
Macarena Ramírez es la bailaora local más destacada. Ha pasado un tiempo alejada de los escenarios, fue madre y tuvo que dedicarse a su hijo. Ha vuelto con ganas y numerosos proyectos, sobre todo Espinas, con el que recorrerá importantes escenarios. El pasado viernes realizó un recital de baile flamenco, sin más dramatismo que el de su alma ante su gente. La Gineta y Anabel Rivera estuvieron al cante, y Javier Ibáñez hizo lo propio en la guitarra. Subidón de adrenalina.
Antes de llegar a Caracolillo, con esos cantes gaditanos que tanto conectan y rememorando esas noches de Juanito Villar o Pansequito en ese escenario, salió Aurora Vargas como diosa de la belleza, del arte, del magisterio. De blanco, con Miguel Salado, soberbio siempre, fue paseándose por el escenario entre tangos, alegrías y bulerías con espontaneidad, cercanía, y el tirón de orejas correspondiente a los que no se callaban. Uno llegó a cantar debajo del escenario mientras ella lo hacía, una falta de respeto total hacia la artista. ¡Y eran las doce de la noche!
Nono Reyes volvió a subir arriba con Caracolillo, uno de los triunfadores de este verano, con las palmas de Cepa Núñez, Tate Núñez y Ramón Reyes, de bien para arriba, como antes lo harían Diego Montoya, Javi Peña y Manuel Salado con Aurora. Las palmas son imprescindible para que un festival sea un éxito, las buenas palmas, quiero decir. ♦













































































