Noche eterna de mis ojos / luz en las sombras escondida / yo vivo en la oscuridad / sin otra luz que mi vida / luz y vida es mi cantar / como lágrimas sentía. La estremecedora milonga de La Niña de la Puebla resume el drama de Dolores Jiménez Alcántara (La Puebla de Cazalla, Sevilla, 1908 – Málaga, 1999), más conocida como La Niña de la Puebla, una figura excepcional en el flamenco del siglo XX no solo por su condición de invidente, sino por su singular trayectoria y su modo de adelantarse a los tiempos con una personalidad única.
Casi treinta años después de su fallecimiento, y muy olvidada por una parte de la afición, la cineasta onubense Remedios Malvárez ha querido reivindicarla en el documental Acuérdate de mí, que se estrena el 12 de marzo en el Museo Picasso, en el marco del Festival de Málaga. Muy vinculada al flamenco, como prueba una filmografía que incluye títulos como Menese, Pico Reja o Fandango, Malvárez ha contado para su proyecto con el precioso material de unas cintas de casete en las que La Niña de la Puebla conversaba con su nieta, la actriz Adelfa Calvo, cuando la cantaora contaba 82 lúcidos y memoriosos años.
En estas charlas familiares recordaría Dolores una vez más cómo perdió la vista a los tres días de nacer por un error médico –un colirio mal preparado– así como los principales hitos de su vida, desde su descubrimiento del cante de Pepe Marchena, su gran referente, hasta su matrimonio con otro estimable cantaor, Luquitas de Marchena, en contra de la opinión de un padre demasiado estricto. Y todo ello lo va desgranando mientras, en imágenes de archivo, la vemos hacer sus labores, leer en braille o compartir ratos de intimidad con sus nietas.
«Muy vinculada al flamenco, como prueba una filmografía que incluye títulos como Menese, Pico Reja o Fandango, Remedios Malvárez ha contado para su proyecto con el precioso material de unas cintas de casete en las que La Niña de la Puebla conversaba con su nieta, la actriz Adelfa Calvo, cuando la cantaora contaba 82 lúcidos y memoriosos años»

Mención aparte merece su versión de Los Campanilleros, más liviana que la de Manuel Torre, y que se convirtió en un verdadero himno republicano. Tras la contienda civil, y gracias a su enorme popularidad, la Niña de la Puebla pudo seguir en activo como parte de aquel exilio interior de la posguerra, aunque el miedo no la abandonaría nunca. “Me expuse a que me fusilaran”, confesaba a su nieta. “Por menos han matado a gente”.
Nada ello impidió que Los Campanilleros fuera la canción más popular en la gris España de 1952. Pero el espectro cantaor de La Niña de la Puebla es mucho más amplio, abarcando la canción y el flamenco, con grabaciones que van de las sevillanas, las granaínas, las malagueñas, los fandangos o las tarantas a las seguiriyas y soleás, entre otros muchos palos. Y lo mismo se puede decir de los músicos con los que compartió escenario: desde su ídolo Marchena a Vallejo, Valderrama, Pepe Pinto, Rafael Farina o El Carbonerillo, a Manolo Sanlúcar, Paco de Lucía, José Menese o Camarón.
Y aunque todavía haya quien le niegue el pan y la sal, el legado de la Niña de la Puebla ha calado en las nuevas generaciones. En Acuérdate de mí aparecen, por ejemplo, la joven cantaora Sandra Carrasco con la guitarra de David de Arahal recordando a la maestra, o una rompedora María Peláe versionándola en clave contemporánea. Otros momentos importantes de la cinta son el recuerdo de su hija Adelfa Soto, dedicada con éxito a la copla, o la visita a la peña del marinero barrio del Pedragalejo en Málaga, hoy lamentablemente clausurada, donde se custodia la memoria de la gran artista.
La Niña de la Puebla falleció en 1999, poco antes de la fecha en que iba a recibir la Medalla al Mérito de las Bellas Artes. Fue un ejemplo de superación, de profesionalidad y saber estar sobre el escenario, así como una sensibilidad poco frecuente que merece un lugar de honor en la memoria de la afición flamenca. Cuando sus nietas le preguntaban si, gracias a los avances de la ciencia, le gustaría recuperar la vista, siempre decía que prefería seguir como estaba: “A mí me gusta el mundo no como es, sino como yo me lo imagino”. ♦









































































































