En varias ocasiones he aludido a la importancia de la Antología del Cante Flamenco del sello francés Ducretet-Thomson del 1954. Ha habido intensas batallas con la discográfica española Hispavox, que la publicó en España cuatro años después, en 1958. Aquella disputa me trae sin cuidado, lo que me fascina es el desarrollo del arte jondo que se observa en estas siete décadas desde que la grabación de la antología se haya realizado.
Hoy en día, cuando se discute con regularidad que si el flamenco contemporáneo o clásico, arriesgado, rompedor, derivado o aquello de “puro”, en esta valiosa obra podemos mirar con la vista despejada a la evolución que ha tenido lugar desde este monumental trabajo. Dirigida por el guitarrista Perico el del Lunar, y con la colaboración del musicólogo Tomás Andrade de Silva, esta primera antología de cante abrió una ventana grande para muchos miles de nuevos aficionados en todo el mundo, y el flamenco empezó a ponerse de moda.
Perico tenía grandes conocimientos del cante, y él mismo enseñó algunas de las formas, ahora llamados palos, a los cantaores. Lo que más llama la atención, según vas escuchando los cantes, la aplastante realidad que deja cualquier otro elemento a la sombra, es el dinámico desarrollo del toque de guitarra habido desde entonces. Paco sólo tiene siete años cuando la antología se graba, pero estaba destinado a reinventar el sonido, no sólo de la guitarra, sino de la música flamenca en general, de forma dramática e irreversible, mediante armonías contemporáneas, maneras novedosas de viajar por el compás y una nueva perspectiva.
Los tientos como los interpreta Jacinto Almadén en esta antología se cantan con plena entidad, no es preámbulo de tangos como ocurre ahora desde hace años. El nombre de este cantaor que emplea un decir de la Niña de los Peines, no ha trascendido como pudo haber hecho. Los caracoles que canta es otra cantiña moribunda hace ya tiempo. Los tangos aquí cantados por Pericón de Cádiz son cantes clásicos que también se escuchan por tientos.
A lo largo de la antología, Perico acompaña con toda la dignidad que se merecen estos cantes y cantaores, pero es un acompañamiento polvoriento para oídos actuales.
Sevillanas corraleras de Bernardo el de los Lobitos… ¡en una antología de cante! Si Perico las incluye en su gran antología, debemos tomarlas como legítimas en su día, teniendo en cuenta la autoridad exclusivista gitanista de Antonio Mairena, que nueve años más tarde escribe su libro Mundo y formas del cante flamenco, donde no hay sitio para canciones folklóricas como las sevillanas.
«Hoy en día, cuando se discute con regularidad que si el flamenco contemporáneo o clásico, arriesgado, rompedor, derivado o aquello de “puro”, en esta valiosa obra podemos mirar con la vista despejada a la evolución que ha tenido lugar desde este monumental trabajo. (…) Esta primera antología de cante abrió una ventana grande para muchos miles de nuevos aficionados en todo el mundo, y el flamenco empezó a ponerse de moda»
Romeras de Antonio ‘el Chaqueta’, seguramente el cantaor más conocido y admirado de esta antología. La romera es una cantiña de Sanlúcar que tiene algo de vidilla gracias a la interpretación a menudo ofrecida por la maestra sanluqueña María Vargas. Chaqueta también se hace cargo de las cabales con la fuerza de su genio y original personalidad.
Rafael Romero ‘el Gallina’, jienense, es recordado por la tesitura de su voz y su inconfundible decir. Se le encargan seis cantes en esta antología: la caña, cante poco interpretado actualmente que tuvo un pequeño bum hace años, gracias a una sobria coreografía de Pilar López con Alejandro Vega en el documental Duende y misterio del flamenco (1952). El Gallina también interpreta siguiriyas con la de Lacherna, y con igual habilidad maneja alboreás a compás ligero de bulerías al golpe, y peteneras además de los cantes a palo seco, tonás, debla y martinete. Es el cantaor que más aporta a la antología.
Roque Montoya ‘Jarrito’ canta unas bulerías de cante cante, como antiguamente, sin canción ni modernismos. Las sabrosas alegrías de Pericón de Cádiz se acompañan por Perico en postura de Mi, poco habitual en la tacita de plata hoy en día.
Los cantes de Málaga: verdiales en la voz de Bernardo el de los lobitos, malagueñas, rondeñas, media granaína y granaína del Niño de Almadén, malagueñas del Mellizo cantadas por Pericón de Cádiz y jaberas del Niño de Málaga completan este apartado de la antología sin pena ni gloria, volviendo a brillar por su ausencia un toque de guitarra más fresco.
El Niño de Almadén interpreta el polo, un cante que se escucha poco, probablemente por ser poco más que una versión de la caña.
Pepe el de la Matrona se hace cargo de la soleá. El cantaor opta por estilos de su barrio de Triana, aunque no se etiquetan como tal sino como “soleares” sin más. En el momento de escoger los cantes que serían incluidos no se daba importancia a los estilos correspondientes, aun siendo una antología de esta magnitud.
Cantes de trilla con Bernardo el de los Lobitos trae recuerdos de Fernando de la Morena que los popularizó en tiempos actuales. Al no haber acompañamiento musical, se nota la raíz común de estas versiones.
Cantes autóctonos incluye las dulces nanas de Bernardo, que también se encarga de las marianas con igual delicadeza, y la antología se completa con la saeta de Lolita Triana.








































































Suelo leer muchos de los artículos de Estela Zatania, algunos de ellos muy reveladores por tratar sobre artistas casi olvidados o poco reconocidos, como el que escribió sobre Manolita de Jerez. Pero, con todo respeto, no estoy de acuerdo con algunas opiniones vertidas en este artículo. Entiendo que el toque de Paco de Lucía ha colonizado las opiniones actuales sobre la guitarra, pero creo que habría que mostrar mucho más respeto por el toque de Perico el del Lunar. No sólo fue un maestro personalísimo al que se le reconoce instantáneamente por sus falsetas, sino que además su obra fue continuada por su hijo, el cual nos ha dejado algunas grabaciones acompañando al cante que deben considerarse como catedralicias, para ser estudiadas a fondo. Paco habrá marcado a todos los tocaores de hoy, pero para mí eso es algo negativo, al menos en parte. La velocidad y el frenesí de notas no son garantía por sí mismos de buen gusto (que Paco sí poseía, qué voy a decir yo, pero no muchos de los que continúan su línea). Perico el del Lunar hijo, con una décima parte de notas, llega al tuétano del asunto de manera mucho más rotunda que la mayoría. El que quiera comprobarlo solo tiene que entrar en YouTube y buscar su acompañamiento. Si para los oídos actuales esa manera de tocar es polvorienta, para qué pararse a escuchar a Manolo de Huelva, Ramón Montoya, Diego del Gastor o Melchor de Marchena. Lo siento, pero todos esos tocaores, Perico padre y Perico hijo incluidos, tienen algo que la inmensa mayoría de guitarristas actuales no tendrán nunca: un sello personal e inconfundible, y eso vale más que todas las armonías y todas las moderneces que puedan introducirse.
Y respecto a lo de que Antonio el Chaqueta es el cantaor más conocido y admirado de la Antología…Pues eso sería en 1954, porque a día de hoy me parece que cualquiera que acuda a los discos, a los archivos, tendrá que reconocer que Rafael Romero es, con mucha diferencia, la figura más importante de dicha Antología, y eso sin contar que sus mejores grabaciones verían la luz años más tarde. Jamás se me ocurriría minusvalorar al Chaqueta, cantaor al que admiro mucho, con una personalidad y compás arrolladores, pero la influencia que Rafael Romero ha tenido, no solo en determinados palos, sino en algunos de los cantaores más importantes del siglo XX, es indiscutible. Solo con mencionar los nombres de Enrique Morente y José Menese debería bastar, pero hay muchos más. Creo que es una injusticia absoluta tener que estar hoy en día reivindicando todavía la figura de Rafael Romero.
Pablo, gracias por opinar, y por tu constancia.