Sin conocerlo, y allá por mi juventud, me sorprendieron una letras flamencas que giraban en un vinilo sin parar. Se trataba del elepé Cante de la Plazuela de 1977 que registró Manuel Carpio ‘el Garbanzo’, acompañado por Félix de Utrera, para el subsello Clave (Hispavox). Aquellas composiciones como Ay, la libertad, por malagueñas, me entusiasmaron tanto que puse a su autor en el altar de mis preferidos. Era un tal Julio Rivera.
Quién iba a decir que muchos años más tarde coincidiríamos en un proyecto literario del común amigo Xavier Piera Coll. Un abogado catalán, afincado en El Puerto de Santa María, quien llevó algunas letras de Julio a su libro A cara o cruz, a modo de BSO. Fue cuando la fascinación se hizo completa. Julio Rivera Cross, parte de cuya obra es compartida con su hermano Pedro, me mostró sus versos como nunca los había conocido. Había sensibilidad y profundidad a partes iguales, pero también un alto sentido flamenco y sus hebras gracias a la vivencia directa.
«Julio Rivera nunca quiso la fama ni los premios. Todo el dinero que ganó en la SGAE lo destinó a vivir en la playa de Fuentebravía frente a las olas que besan El Puerto de Santa María. Allí, alejado del mundanal ruido, siguió escribiendo bellos poemas que publicaba en las redes como regalo a sus seguidores»
Aquello –me decía– fue en una época donde había mucha bohemia y los amaneceres se contaban por ramilletes a finales de los 70 del siglo pasado. Así coincidió con Luis de la Pica, por ejemplo, que bordaba letras suyas y otros artistas del barrio de Santiago como Fernando de la Morena, Diego Carrasco o aquella Banda de Niño Jero. Amén del referido El Garbanzo, El Perro de Paterna o Ana Peña. Luego me habló de interesantes colaboraciones, buena parte en comandita, a cantaores de la talla de El Lebrijano con El Anillo, Chibulí o Lole y Manuel, para los que firmó el corte Cabalgando van los gitanos y también en Alba Molina. Luego, una colaboración fraterna la cantó Miguel Poveda con el título de Alfileres de colores, que lo hizo más conocido para el gran público.
Pero Julio Rivera nunca quiso la fama ni los premios. Todo el dinero que ganó en la SGAE lo destinó a vivir en la playa de Fuentebravía frente a las olas que besan El Puerto de Santa María.
Allí, alejado del mundanal ruido, siguió escribiendo bellos poemas que publicaba en las redes como regalo a sus seguidores. Hoy el mundo poético de Julio Rivera Cros se ha fundido para siempre en el mar eterno de sus anhelos. Descanse en paz.





































































Gracias por esa semblanza. Conocimos en profundidad a Julio y compartimos amistad durante muchos años y también quizá fuéramos testigos de la composición de algunas sus primeras letras para los flamencos, alguna escrita, sentados en la plaza San Mateo una tarde de primavera.
Su basta cultura le ayudaba y le inspiraba.
Muchas gracias por vuestras palabras. Es cierto, un hombre tan culto como sensible