Tuve el placer de conocer a Juan Antonio Muñoz el 28 de octubre del año 2009, durante los actos organizados en el centenario del nacimiento de Antonio Cruz García, Antonio Mairena. La Junta de Andalucía y la Universidad de Sevilla montaron un congreso en su memoria con el título de Un cantaor imprescindible. Quizás se quedaran cortos, porque Mairena fue mucho más que un cantor de flamenco. Antonio fue una figura más que un cantaor. Ahí está no solo su obra, sino su vida dedicada a un arte.
El primer día del congreso, las jornadas comenzaron en el Rectorado, antigua Fábrica de Tabacos, de la calle San Fernando. Asistí junto al siempre recordado Antonio Torres, amigo al que echamos de menos cada vez más. Aquel día me presentó a Juan Antonio y nos fuimos los tres a almorzar juntos en el Restaurante La Raza, mirando al Parque de María Luisa, terminando el asunto entre copas, soñando con el toque de Rafael Riqueni. Luego, la cosa se alargó y alargó entre anécdotas y chascarrillos: la conversación de dos camaradas que llevaban tiempo sin compartir, sin mirarse a los ojos.
«A través de estas dos personas, Antonio Torres y Juan Antonio Muñoz, se podría contar la historia de lo que significa creer en los dictados de Mairena. Entre las vivencias y los conocimientos de los dos se podía llegar al centro mismo del mairenismo. (…) Ellos eran dos mairenistas íntegros, que defendían lo que sentían. Sin más»

Allí lo conocí y allí, junto a la Plaza de España, entendí lo mucho que significaba el cantaor de los Alcores para él. Antonio Torres lo conocía desde hacía mucho tiempo, pero llevaban años sin verse. Entre los dos recibí una auténtica lección de mairenismo. De un mairenismo militante y formal desde el convencimiento más absoluto. En la bibliografía queda Mis recuerdos con Antonio Mairena, 50 años de luz y duende, libro que Juan Antonio nos dedicó con cariño.
Y nos habló de las veces que recibió a Antonio en su casa de los Madriles. Y de cuando le tocó la guitarra en público al maestro y la cosa no salió como ambos querían. Recuerdos, memorias, risas, apuntes de cantes, filosofías de la vida…
A través de estas dos personas, Antonio Torres y Juan Antonio Muñoz, se podría contar la historia de lo que significa creer en los dictados de Mairena. Entre las vivencias y los conocimientos de los dos se podía llegar al centro mismo del mairenismo. Sin estridencias, sin querer ser más que nadie, sin necesitar palmaditas en la espalda ni escucharse su voz blablablá blablablá. Ellos eran dos mairenistas íntegros, que defendían lo que sentían. Sin más.
Ha muerto Juan Antonio Muñoz y ha dejado vacío el hueco de su escaño del parlamento jondo. Un sillón que no podrá ocupar nadie más, por mucho que quieran. Él amaba el arte de Antonio desde la sinceridad, desde la humildad.
Se nos fue Antonio Torres hace ya demasiado tiempo. Ahora, Juan Antonio. Y ahí sigue el amor de las nuevas generaciones por las formas y los modos de Mairena. Seguramente, por personas como ellos. ♦







































































































