El cantaor Iván El Chaskío sabrá perdonarme. Otra vez será. Acudí a La Bambera con la intención de hacer dobletes y que me diera tiempo a escuchar su recital y el de Cristian de Moret en Torres Macarena. Estaría feo hacer una crítica pormenorizada con solo tres o cuatro cantes en mis oídos, aunque me sirvieron lo bastante como para apreciarle la búsqueda de personalidad, darme cuenta de su grandísima afición y conocimientos, como también del desorden en cuanto a la forma de montar cada tercio, transitando con despistes por dónde hay que alargar y acortar, meter o no un ayeo, rizar un melisma, endiñarle un apretón o dejarlo en caricias. Me faltó tiempo. Y sin embargo me sobró el suficiente para estar frente a la clarividencia de asistir al alumbramiento de una sonanta con mayúsculas: Javier de Ana María fue descubierto en la Peña Flamenca La Bambera como un nuevo prodigio de la guitarra flamenca. Así lo digo, de sopetón. Sin más contemplaciones ni tembliques.
Tenía que contarlo. Este guitarrista insultantemente joven solo calza 16 añitos en sus dedos. Es de San Pedro de Alcántara y si lo hubiera visto Caracol le diría lo mismo que a Cancanilla de Málaga: «¿Todo eso sabes tú hacer siendo de Marbella?». Brilló sin la más mínima pretensión de lucirse, solo iba a servir y a disfrutar. Sin embargo, triplicó con creces la valía del cantaor y ya mis ojos se clavaron en sus manos. Imbuido de los ecos gastoreños y los de Enrique de Melchor con una mezcolanza de otros muchos maestros de la bajañí, como el que hereda en silencio por transmisión sanguínea sin mamar de la teta de estas casas tocaoras, trinó para echarme la quijá por los suelos, dejándome absorto ante la majestuosidad precoz de las seis cuerdas de un niño.
«Me sobró tiempo para estar frente a la clarividencia de asistir al alumbramiento de una sonanta con mayúsculas: Javier de Ana María fue descubierto en la Peña Flamenca La Bambera como un nuevo prodigio de la guitarra flamenca. Así lo digo, de sopetón. Sin más contemplaciones ni tembliques»
Bordoneos de locura, alzapúas trepidantes, una pulsación envidiable, una mano izquierda rápida y precisa y una derecha preñá de duende y sensibilidad conformaron un acompañamiento al cante plagado de silencios justos, recogías jondas, rasgueos limpios y redondos, diálogos oportunos, picaos pulcros de vértigo, falsetones orondos y acampanaos, destellos de genialidad… Conjugado todo ello en un toque flamenquísimo y disfrutón, como si tuviera integrados en sus yemas los doscientos años de flamenco y un viejo con paladar en las tripas. Es calentito y vivaz, listo, sencillo y aficionao cabal. Tiene los mimbres, los veinte reales del duro. Tiene madera. Y maneras.
Señoras y señores… ¡Quédense con su nombre! Él es Javier de Ana María.



































































































