La música la crean las personas, los territorios no saben cantar. Personas con nombres y apellidos. Las calles y plazas no saben ni afinar una guitarra. Mujeres y hombres con talento que, bebiendo de las fuentes culturales de su entorno, forjaron los cantes, toques y bailes que conforman el repertorio jondo. Nadie ha visto a una aldea, pedanía, pueblo, ciudad o provincia marcarse una pataíta. Sin embargo, el territorio desde siempre ha sido la mejor excusa para muchos estudiosos de la cosa flamenca a la antigua usanza a la hora de otorgar carta de naturaleza a los cantes, echando mano del terruño para ponerle apellido a los estilos: tangos de Málaga, soleá de Triana, fandangos de Huelva, taranta de Linares, rondeña, levantica. Tener a la geografía de comodín para referirse al lugar de nacimiento de una melodía concreta, de un cante. Como si la música surgiese de la tierra por generación espontánea. Hay quien se emociona con el certificado de pertenencia de una melodía, expidiendo un título de propiedad, las sagradas escrituras del repertorio flamenco. La biblia en verso, vaya. Y todo por el irrefrenable deseo de marcar la linde a los cantes. De ahí que sea tan común que los artistas se bauticen con el correspondiente gentilicio: Lebrijano, de La Isla, Linares, de Badajoz, Sanlúcar o Marchena. Aunque también hay quien prefiere el patronímico, De Lucía, en mi opinión más apropiado. Incluso son más adecuados a mi parecer los que se refieren a la profesión: el Herrero, el Alpargatero, Agujetas, el Carpintero, de la Fragua.
Está muy extendido el apellidar los estilos, vulgo palos, por el lugar, lo que lleva a múltiples malentendidos hoy ya muy difíciles de corregir, sobre todo las soleares, seguiriyas, bulerías, alegrías y tangos, ahí es na. Por ejemplo, alguien decidió que todas las soleares apolás fueran de Triana, aún siendo en general sus creadores de otros lugares, o que las variantes creadas por La Serneta debían ser clasificadas como de Utrera, siendo seña Mercé jerezana de nativitate. Un desatino imposible de arreglar, un desaguisado irresoluble, a ver quién es el guapo que se pone a desenredar la madeja. Sin embargo, las malagueñas, al llevar el gentilicio en el nombre del estilo, como las granaínas, se suelen apellidar con el nombre del autor, ya que malagueña del Mellizo suena mejor que malagueña de Cádiz, la verdad.
Con todo y eso, en mi plataforma flamencopolis.com he dedicado una sección a la geografía consciente de todo esto que digo. No obstante, si la visitan pueden leer cómo, en un intento de trazar la territorialidad del cante, el toque y el baile, insisto en que conviene tener en cuenta que existieron cantores jerezanos que crearon cantes levantinos, o que existen estilos malagueños de pura estirpe gaditana, debido precisamente a que son los artistas-creadores, más allá de su procedencia, quienes imprimieron en acento local a determinados estilos, incluso sin necesidad de haber pisado jamás la tierra cuya música, llamémosla autóctona, les sirvió de inspiración.
«Por mucho que algunos estudiosos hayan pretendido ver determinados rasgos musicales desde un punto de vista de la geografía, no todo en la música es atribuible a principios geográficos. La música no entiende de territorios, la música simplemente es eso, música, los sonidos entretejidos en el tiempo»
La geografía del flamenco es, pues, un asunto peliagudo. El flamenco no es el folclore andaluz ni es su música popular. Es, desde un punto de vista de la creación, un arte popular, una suerte de música artística, ya que quienes lo crean y cultivan son artistas, es decir, músicos (cantores y guitarristas) y bailaores. Al observarlo desde el punto de vista del territorio, un cante determinado no siempre responde, y más en concreto su creador, a un lugar determinado. Por mucho que algunos estudiosos hayan pretendido ver (escuchar) determinados rasgos musicales desde un punto de vista de la geografía, no todo en la música es atribuible a principios geográficos. La música no entiende de territorios, la música simplemente es eso, música, los sonidos entretejidos en el tiempo. Como aquel alumno que un día me espetó «cuando entro en una mina escucho el tono de taranta», y a quien le aconsejé que dejara la grifa. Por ejemplo, respecto de las bulerías siempre se ha querido emparentar el acompañamiento y melodías en modo mayor con Cádiz, seguramente por ser el propio de las alegrías y demás cantiñas, mientras que el modo flamenco se corresponde con Jerez, como si en Cádiz no se cantaran bulerías por medio. Es verdad que las bulerías en modo mayor tienen en Cádiz un lugar preferente, pero eso no significa que en Jerez no se canten, como la clásica Mi amante es pajarero, o que en Cádiz no se interpreten en el modo flamenco (recordemos a la Perla o a Camarón).
Luis y Ramón Soler, aún clasificando seguiriyas y soleares geográficamente, hicieron el titánico esfuerzo de otorgar a cada uno lo suyo, dentro de lo posible, poniendo nombre y apellidos a los creadores del repertorio más jondo, así como Chaves y Kliman hicieron con los cantes mineros, Martín Salazar con los estilos de Málaga, y recientemente Fernández Borrero y Romero Jara con las más de noventa variantes de fandangos de Huelva. Y todos lo han hecho en un intento de dar a cada uno lo suyo. Resarciendo la injusticia cometida por los aficionados, y que Manuel Machado supo ver en aquellos versos premonitorios: «Hasta que el pueblo las canta, las coplas coplas no son, y cuando las canta el pueblo ya nadie sabe el autor». El flamenco es música de autor. Mellizo, Frijones, Andonda o El Tonto de Linares son cantautores en toda regla. Al César lo que es del César. Habría que abandonar eso de seguiriya de Jerez, que tanto gusta a los aficionados, a los políticos les pirra, y a los periodistas. Como aquella redactora del Diario que un día me llamó para que diera mi opinión sobre la soleá de Cádiz y le contesté cuál de ellas. A Paquirri se le atribuyen tres (la cuarta variante es apolá y está clasificada como de Triana, el poretico Guanter que en sus veintiséis años de vida, que sepamos, nunca recaló en el bendito arrabal sevillano), a Mellizo tres variantes, etc. La periodista se refería claramente a lo que llamamos, siguiendo a los Soler, Mellizo 1, pero había que alertar del agravio y, por qué no, enseñar al que no sabe.
Todo esto se entiende mejor si nos referimos, por ejemplo, a Antonio Chacón, generalísimo cantaor jerezano que impuso su cátedra flamenca en estilos preferentemente no jerezanos, como malagueñas, granaínas, cartageneras o cantiñas. O El Cojo de Málaga, maestro de cantes como las murcianas y levanticas. Quienes, en una época temprana, mejor dominaron las bulerías de aroma gaditano, con sus trabalenguas y melodías virtuosas, de rítmica endiablada, fueron Pastora y Vallejo, ambos sevillanos. Sin embargo, y todo hay que decirlo, es innegable que si naces en el barrio jerezano de Santiago estás bautizado con el agua bendita del compás, y no porque bajo el Arco se respire un aire especial, sino que por allí siempre anda Diego Carrasco, gurú del soniquete. Queda claro que como canta Toronjo los fandangos de su tierra alosnera resulta difícil de superar, y todo el mundo sabe que el cante por bulerías como lo decía La Perla no lo dirá nadie en la vida.







































































