Continúo entregándome a la libertad de la música de Fosforito y me pregunto: ¿qué misterioso don posee el maestro? ¿Qué extraño y hermoso secreto reside en su alma que hace que uno se sienta identificado plenamente, alegremente con su mensaje radiante? Ahí radica lo más grande que le es dado al cantaor: sobrecogernos a distancia, en un momento dado, con una ráfaga musicada de enigmas que, en nuestra hora oscura, nos deslumbra con el súbito relámpago de una queja estremecedora hasta lograr que uno sienta el deseo de eternizar ese instante, de vivir siempre ese momento de lujosa caridad.
La secuencia podría ser esta: de pronto, una encendida ráfaga de belleza. Estábamos relajados, escuchando la voz del último Prometeo que día a día le fue robando al aire el encanto de la música, y, de pronto, todo ha cambiado. Un momento nos inunda una alegría íntima, confiada. Algo vago, sin forma, pero poderosamente real y cierto, ha hablado en nuestro interior. ¿Quién hizo el milagro? En este caso un cantaor orgullo de Andalucía y honra de España ha hecho la suprema sencillez de un milagro.
Este es el indudable mensaje de Fosforito. La sonoridad apabullante de su nombre ya nos indica que estamos ante el último maestro, rescoldo del fuego sagrado de una época que recuperó los silencios del flamenco verdad. Voz de silencio le llamó Pablo García Baena. ¡Qué suave es para el alma el silencio de Fosforito! Es el silencio místico del maestro. Es el prodigio del arte, la soberana emoción de la belleza contenida. Y es que, desde la desolación y las tendencias convulsas del cante, en un parque abandonado, surge uno de los más preciados logros flamencos de nuestro tiempo, Fosforito, la luz callada y centelleante que perfora las tinieblas en que no brillaron algunos intelectuales, la obra de un hombre que labora en la niebla, y con él la tierra desaparece bajo los pies.
Hoy, después de su adiós, seguimos a su merced, como bien constata el hecho de que primeras figuras de este tiempo, tal que José Mercé o Carmen Linares, iniciaron su andadura artística mirándose en el espejo de Fosforito. Y es que el cante del maestro es algo que vive y avanza sin cesar, un obstinado impulso de producir por evolución formas siempre nuevas y mejores. Pero eso sí, luchando contra viento y marea, haciendo bueno aquello que definiera Hénri Bergson sobre su evolución creadora: un inmenso ejército capaz de atropellar todas las resistencias, tal vez la muerte misma.
«Este es el indudable mensaje de Fosforito. La sonoridad apabullante de su nombre ya nos indica que estamos ante el último maestro, rescoldo del fuego sagrado de una época que recuperó los silencios del flamenco verdad. Voz de silencio, le llamó Pablo García Baena. ¡Qué suave es para el alma el silencio de Fosforito!»
Con mi despedida no pretendo con ello demostrar nada nuevo. Muchos de los lectores habrán sido testigos fieles de que cuando el maestro, como humano, pasaba por una actuación laxa, sus adversarios, o aquellos que escriben al dictado del lucro, procuraban ponerlo de manifiesto lo más ostensiblemente posible. Pero al final, la cruenta e incisiva campaña quedaba envuelta en una nebulosa, aunque algunos se quieran justificar con la vieja máxima filosófica de que, para comprender una cosa, para poder fijarse en ella y analizarla, la inteligencia tiene previamente que matarla.
Ni aun así pudieron sujetar la corriente del maestro. Ésta escapa a la urdimbre de sus análisis como el agua a través de un cesto. Porque es, precisamente, Fosforito quien recoge en el cuenco de su mano derecha la maestría suprema, el reinado de los cantes, y los deja escapar lentamente, delicadamente al aire amorfo de este crepúsculo devastador, confundido y comercial que nos invade.
Empero, lejos de esta fiebre mercantilista, su obra fue madurando en silencio. Henchida de una fina captación de detalles y matices, y conformada por un total de 26 discos en mi archivo, la logra con una exquisita intuición musical y emocionada profundidad. Dominador de todos los estilos, desde el polo y el zángano –donde creó escuela a partir de 1957–, a la debla, al taranto de Almería –que desempolvó en 1957 tras 24 años sin grabarse–, o a la petenera de Medina el Viejo, que la acomodó a ritmo para el baile de Manuela Vargas, y desde los estilos malagueños a las variantes mineras, pasando por las formas más complejas como aquella seguiriya de Juanichi el Manijero (Comparito mío Cuco) que él fue el primero en rescatar en 1967, o la soleá cordobesa de Onofre mejor acabada de cuantas fueron grabadas (A mi tierra, Córdoba, el año 1982), e incluso los cantes de temporadas, dejaron a España fosforizada, como bien sentenciara en 1962 Ricardo Molina.
Y así continúan los más fértiles territorios del flamenco, merced ahora a esas soleares apolás, cantiñas, tangos de Triana y Cádiz, la taranta del Pajarito (Anoche fui al teatro y vide a la emperatriz) o ese taranto linarense del Tonto Carica Dios (Que ya no puedo más), cantes que conforman una sublime lección para formar una conciencia estética y un original ideal flamenco.
Pero en aras de dejar constancia de que Fosforito es el cantaor más enciclopédico de su generación, me tomo la licencia de sobrevolar por su obra de referencia, aunque sin analizar, obviamente, la tipología de las Misas Flamencas.
Y en ella nos encontramos con que Fosforito graba en los sellos Philips (1958 y 1959), Belter (1964 a 1976), Polydor (1966), Hispavox (1967), Olivo (1978 y 1979), RCA (1982), Chumbera Records (1988) y Fonoruz (1989), y lo hace junto a las guitarras de Vargas Araceli, Juanito Serrano, Alberto Vélez, Juan Habichuela, Juan Maya Marote, Ramón de Algeciras, Manolo Carmona, Paco de Lucía (entre 1968 y 1973 en Belter), Manuel Cano, Pepe Habichuela, Enrique de Melchor, Pedro Blanco y Manuel Santiago.
«Su obra, siempre encendida en una llama de amor fundido con el grito incontenible, llena todo el ámbito de lo jondo, se desparrama generosamente allende los límites de Huelva, y resuena, vertida de extraños y sonoros ritmos, tierra arriba, hasta las cumbres grises de la arrinconada Almería o hasta las tierras del Campo de Cartagena»
Pero dado que nuestro protagonista ha estado unido de por vida a Lo Ferro, cito, finalmente, que fue Fosforito quien ultimó la naturaleza de la ferreña. Ocurrió en el festival de 2003, y al año siguiente fue grabada por Bonela Hijo, cante que podría llamarse malagueña atarantada dado su parentesco con la malagueña que hoy debemos a la cantaora cartagenera Concha la Peñaranda.
Es de tal modo como Fosforito ha encendido luces que alumbrarán durante muchos años, dado que su vena cantaora eternamente rica se remansa en la orilla clásica de lo permanentemente vivo, y porque en el cante flamenco, como en todo, lo que cuenta es la cantidad de vida, la cantidad de esencia creadora que hay insuflada en cada cante. Y la obra del último maestro crepita, pues, de una vida poderosa, vibrante, desarrollada bajo un sello de sincera autenticidad, profundamente original.
La explicación es que, si hay cantaores dominados por estados de ánimos, y, otros, por convicciones, en Fosforito se dan ambas situaciones. De un lado, es un hombre que ha sabido laborar los cantes con la meditación y el desasimiento de un monje del medievo. Por otra parte, ha intervenido poderosamente en lo que pudiéramos llamar el principio del fin, ya que, en su época, superó con creces todas las hazañas discográficas de entre cantaores vivos. De ahí que su obra conforme un tesoro fructuoso al encontrarse en ella todos los valores sustanciales que priman en el Flamenco.
En tal sentido, algunos se preguntarán: ¿cuántas variantes ha impresionado Fosforito? ¿Un centenar? No lo sé, ni creo que el guarismo cuestione mis argumentos, porque su obra, siempre encendida en una llama de amor fundido con el grito incontenible, llena todo el ámbito de lo jondo, se desparrama generosamente allende los límites de Huelva, y resuena, vertida de extraños y sonoros ritmos, tierra arriba, hasta las cumbres grises de la arrinconada Almería o hasta las tierras del Campo de Cartagena. Y es que quien busque el cielo de sus cantes en las alturas es porque nunca asistió a sus clases de geografía cantaora. ♦
→ Ver aquí la entrega anterior de Manuel Martín Martín sobre el adiós a Fosforito.







































































































