Ese sobrenombre me lo puso el hidalgo Juan Verdú allá por los años noventa, cuando comencé mi carrera como redactor y compilador de colecciones de fascículos. En un plazo de diez años hice un total de seis coleccionables, seguro que alguien de ustedes tiene uno, y en general no sabrán que soy el autor ya que, normalmente, los nombres de los que hacíamos ese tipo de obras literario-musicales suelen estar, cuando aparecen, muy escondidos. Comprensible, ya que no se trata de promocionar la obra por su autor, el marketing se centra en el contenido. La discográfica Universal, entonces PolyGram, con la que hice la totalidad de esas obras, debería darme un trofeo por haberles hecho ganar un dineral. Pero ya saben ustedes que la generosidad no es lo que caracteriza a ese gremio, la industria discográfica, que tendría que llamarse «Por el interés te quiero Andrés» o bien «Vamos a llevarnos bien… lo que tengamos que llevarnos», aunque también podría llamarse «Los fenómenos del ta’precio» (Cascana dixit), dándote un abrazo mientras sostienen con una mano un puñal para clavártelo por la espalda.
Los coleccionables fueron, primero La gran música paso a paso (1995), edición del Club Internacional del Libro y PolyGram, que consta de cincuenta entregas en formato libro/disco que se tradujo, sin mi permiso ni remuneración adicional alguna, a nueve idiomas, y de los que se vendieron, según figura en un cuadro que había colgado en el despacho del jefe de la división de música clásica de Universal, ¡diez millones de ejemplares en todo el mundo! En esta colección ideé una fórmula que apliqué después a otros coleccionables que se basaba en lo que llamé «guías de escucha» indicando el código de tiempo antes de los comentarios. Así, mientras se escucha el disco, se puede seguir la música «leyendo» lo que suena. Todo un éxito editorial que se copió después en varias ocasiones.
Con la misma editorial publiqué otra colección superventas, Los Palos de la A a la Z (1998), en diez volúmenes y con un disco inicial que titulé Claves de la música flamenca (muy copiado también, recuerden aquel libro igualmente titulado La llave de la música flamenca, que no es lo mismo pero es igual). En aquel disco apareció por primera vez el muy traído y llevado reloj flamenco.
Las ventas de aquel coleccionable impulsaron el siguiente, tercero con el CIL. Toda la Música de Cuba (2000), de nuevo diez entregas ordenando, sobre el repertorio de EGREM, los géneros de música del repertorio cubano. Otro pelotazo. Creo que fue ahí cuando Verdú me puso el apodo que titula este artículo.
«He estado más de veinte años trabajando en y con la industria discográfica, me conozco al dedillo todo lo que se cuece en esa ciénaga de cocodrilos. Hay gente buena en ese gremio pero suelen abundar los impresentables. Gente sorda, que no tiene ni idea de música, y están ahí por su acreditada vena de buitre redomado»

Entonces comencé una serie de coleccionables flamencos con mi querido amigo José Manuel Gamboa. Estos se hicieron en Barcelona con la potente editorial del ramo Altaya. El primero fue Todo Camarón (2000), veinte entregas que ordenaban la obra de Camarón por estilos. Otro éxito editorial: setenta mil colecciones (un millón cuatrocientos mil discos), supongo que proporcionó una fortuna en royalties. Ni una palabra jamás de reconocimiento al trabajo bien hecho, por parte de nadie. No importa, peor lo tuvo el pobre José, bendito sea.
El éxito de Camarón llevó a Altaya a encargarnos otra, esta vez de treinta y cinco entregas, El Nuevo Flamenco (2000). Tampoco fue mal. Hicimos después para un inglés de Barcelona una última colección que titulamos Paco de Lucía, fuente y caudal del flamenco (2005), cincuenta discos en veinticinco entregas. Otro éxito editorial, esta vez para Global Rhythm Press.
Después vino la crisis del disco, se iniciaron las descargas masivas gratis total, se quemó la industria. La Universal española, que en su época de PolyGram residía en un edificio de seis plantas en la madrileña calle Suero de Quiñones, pasó a tener una planta en la Calle Torrelaguna, donde creo que siguen.
Con la crisis del CD, los fascículos con discos murieron y con ellos El Niño se quedó sin trabajo. Bueno, sin trabajo no, que los gallegos desconocemos qué es eso de estar parados. A otra cosa, mariposa. Fueron años de mucho curro, mal pagado para los beneficios de las empresas implicadas, que se forraban, pero bueno, es la ley del obrero de la cultura, como le gustaba autodenominarse a mi maestro Antonio Gades.
He estado más de veinte años trabajando en y con la industria discográfica, me conozco al dedillo todo lo que se cuece en esa ciénaga de cocodrilos. Hay gente buena en ese gremio pero suelen abundar los impresentables. Gente sorda, que no tiene ni idea de música, y están ahí por su acreditada vena de buitre redomado, algo así como la banda protagonista de El Lobo de Wall Street. Por cierto, ¿no han visto la película La Playlist? La recomiendo encarecidamente. Muy esclarecedora en cuanto a este sector de la cultura.
Le debo mucho al mundo de los fascículos. Aprendí mucho haciéndolos. Me obligó a un análisis exhaustivo del repertorio jondo, un ejercicio de comparación a la hora de diseñar los discos que me ha sido muy útil para conocer en diez años lo que es labor de toda una vida. Tuve suerte al caer en ese campo de trabajo que inicié además poco después de abandonar, por prescripción olfativa, el muy bien remunerado puesto como director de marketing para España del prestigioso sello alemán de música clásica Deutsche Grammophon, marca entonces de PolyGram, y hoy Universal. Cuando lo dejé creí que abandonaba para siempre esa industria, no imaginaba que mi huida era el inicio de una larga amistad, laboral. Y doy gracias al cielo por haberme proporcionado en aquellos años un sustento más o menos estable. Las cozas.





































































