En el afán de constatar que el presente es una continuación del pasado, tan olvidado, y que no hay que idealizarlo, sino estudiarlo, traemos hoy a la ventana plural de expoflamenco el ciento cincuenta aniversario del nacimiento del célebre Niño Medina, cantaor hecho en Sevilla donde fue un referente fundamental de la Niña de los Peines, y que, por más que alcanzara la celebridad, esto es, por más que gozara de la ventaja de llegar a ser conocido por los que no le conocieron, su nombre sólo ha encontrado refugio en el olvido histórico.
De Niño Medina existe en el corazón de la flamencología una imagen falsamente verdadera y verdaderamente falsa, dos posturas que habrá que conciliar y superar en una síntesis válida, toda vez que se estima hermosamente falsa a la luz de la investigación, pero es, igualmente, verdadera en las tinieblas de las convicciones inexpresables, de las creencias, de las larvas elementales que mueven las conductas de la afición apasionada.
Aunque no todas las suposiciones son efímeras, la primera contradicción en torno a su genealogía familiar fue salvada hace unos seis lustros. Hasta entonces había imperado el confusionismo, pues se tenía la creencia de que era hijo de José Rodríguez Concepción, Medina el Viejo, cantaor profesional del jerezano barrio de Santiago, de padre jerezano y madre arcense, que abandonó a su esposa y que se trasladó a Sevilla, donde al parecer vivió sus años postreros en una chabola del camino de San Jerónimo.
Pues bien. En 1995, el poeta e investigador Antonio Murciano no sólo documentó que José María Rodríguez de la Rosa, Niño Medina, era nieto por línea paterna (que no hijo) de Medina el Viejo, sino que además nació en Arcos de la Frontera (y no en Jerez), el día 8 de octubre de 1875 y en la calle Pesas del Reloj (hoy Obispo Villavivencio), número 19, según figura en la partida de bautismo localizada en la parroquia de Santa María.
Mas retrotrayéndonos en el tiempo, Medina el Viejo –apodado así por el apellido que llevaba en cuarto lugar–, tras dejar su arte en Arcos y en Jerez, fue reconocido como artista de gran calado en la capital hispalense, con lo que fijó su residencia en un caserón de vecinos de la calle Butrón, 19, donde vivían los Pavones.
Y hasta allí llegaron Antonio Rodríguez Rosado, de profesión barbero, y Manuela de la Rosa Linares con sus tres hijos, Ana María, Mercedes y José. El benjamín creció, pues, en un ambiente de profesionalidad y despuntó con precocidad a los 14 años de edad, con lo que, junto a su amigo Arturo Pavón, recogió el legado cantaor del abuelo, tal que la petenera, las bulerías y los tangos lentos (tientos) de Cádiz, estilos que, más tarde, prendieron en la garganta de la Niña de los Peines, ya que aparte de la amistad que les unía, hay que significar que siguieron después siendo vecinos, toda vez que Niño Medina vivió hasta su muerte en la calle Calatrava, número 14, falleciendo en el Hospital de Sevilla el año 1939.
Sus comienzos artísticos coinciden con la desaparición en Sevilla del Café de Silverio y el del Burrero, pero aún estaban en su apogeo el Novedades, Filarmónico, Salón Oriente, Café de la Marina o el Gran Café Suizo. Y es precisamente en el Café Concierto Novedades, en plena Campana, donde cultivó la noción profunda de los estilos fundamentales de entonces.
«Así transcurrió la vida de Niño Medina, un maestro que es, junto a Pastora Pavón, la estatua de bronce en la plaza central de la memoria de la bulería y la petenera (…), por más que la personalidad arrolladora de Pastora, como sentenció José Blas Vega, lo desbordara, lo que explica que la genial maestra, harta ya de que la compararan con Niño Medina, se resistiera a reconocer su valía en público»
También compartió la estética que se desarrollaba en locales privados y ventas, tal que Las Delicias, el Salón Barrera, la Venta Eritaña o El Pasaje del Duque, local con acceso principal por la Plaza del Duque y cuya fachada trasera daba a la calle San Eloy. Participó, mismamente, junto a don Antonio Chacón, que asiduamente llamaba a Medina el Viejo para escucharle sus seguiriyas y peteneras, Ramón el de Triana, Pepe Villalba, El Sanluqueño, el guitarrista Habichuela, Salvaorillo, Arturo Pavón y Fernando el Herrero, en las fiestas que se organizaban en el sevillano Pasaje del Duque.
Esto no le impidió organizar compañías el año 1906 e incluir en su elenco a Pastora en sus giras por Andalucía. Su amiga ‘Pastorica’ contaba con 16 años de edad y la Prensa no se haría eco de su valía hasta 1908, en que figura con nuestro protagonista en el sevillano Teatro Eslava, donde, además de cantar tangos, entusiasmó al público “cantando malagueñas, el garrotín y a petición del público, jotas y guajiras. Los aragoneses cada vez que cantaban una jota se ponían de pie y le aplaudían con entusiasmo. Ha sido una buena tarde para Medina”.
El 16 de junio de 1911 canta Niño de Medina en el Teatro Rodrigo Caro (hoy Enrique de la Cuadra), de Utrera, “procedente del teatro del Duque de Sevilla” y “acompañado de su tocador de guitarra Antonio Torres Jiménez”, para un año después, en diciembre de 1912, participar en el festival que en el sevillano Salón Oriente se dedica a beneficio de María la Moreno, donde comparte escenario con Pastora Pavón, Cepero y Escacena, entre otros.
Cuatro años más tarde lo localizamos en Almería, en el Salón Luz Edén, junto al guitarrista Eduardo Molina Melgares, Melgarillo, capital que supo de sus éxitos, como bien reflejó el periódico La Defensa en febrero de 1924, tras su actuación en el Salón del Lión d’Or, donde, después de recordar pretéritas comparecencias, lo califica de “el ídolo de cuantos saben sentir el alma de Andalucía”.
Es en el segundo decenio del pasado siglo cuando estrecha su relación con Fernando el Herrero, con quien, además de compartir un disco, actuó en varias ocasiones en Martos, pueblo con el que tuvo una doble relación, artística y sentimental, tanto por su peculiar manera de ejecutar los tangos, cuanto por granjearse la simpatía de los marteños, merced a que fijó su residencia en la calle Almedina con su entonces compañera Aurora Ramírez, en la fonda de su madre La Portuguesa.
Roto el compromiso, en 1922 compitió en San Juan de la Palma, de Sevilla, en un concurso con Coca, Cojo Pomares y Manuel Centeno –frustrado torero que se hizo cantaor siguiendo los consejos de Niño Medina–, con quien hizo giras por Andalucía, y un año después realizó una tournée con Manuel Torre, Marchena, El Gloria y Manolo de Huelva, para luego llevar a cabo una temporada en el madrileño Kursaal Imperial.
Hacia 1925 figuraba en Sevilla como miembro de la Sociedad Teatral Benavente, y dos años más tarde, en 1927, vuelve a la capital del Reino a cantar en el Cine Madrid, localizándosele, por último, en junio de 1928 en su tierra natal a fin de participar en el homenaje a beneficio de “su” Hermandad, la de San Antonio y la Virgen de la Paz, alternando con Pena hijo, Aznalcóllar y Centeno, siendo ésta la última aparición pública que le conocemos, ya que hasta su muerte vivió en la reserva de los cabales.
Así transcurrió la vida de Niño Medina, un maestro que es, junto a Pastora Pavón, la estatua de bronce en la plaza central de la memoria de la bulería y la petenera, pero además embellecida por un rasgo muy peculiar (debido a su cercanía a las fuentes, nunca le faltó la noción profunda de las estructuras), y por una aptitud de gran fuerza y eficacia, por más que la personalidad arrolladora de Pastora, como sentenció José Blas Vega, lo desbordara, lo que explica que la genial maestra, harta ya de que la compararan con Niño Medina –según dixit El Lebrijano–, se resistiera a reconocer su valía en público.








































































ENHORABUENA MAESTRO MANUEL MARTÍN MARTÍN POR TAN MINUCIOSO TRABAJO DE INVESTIGACIÓN . GRACIAS POR MENCIONAR A OTRO MAESTRO BUSCADOR DE BIOGRAFÍAS DE L@S ARTISTAS FLAMENC@S , (DON ANTONIO CRISTO RUÍZ ) MI PAISANO , COMPARTO CON SU PERMISO . GRACIAS !!!