La muerte de un gran amigo como Emilio Jiménez Díaz no se puede explorar desde una perspectiva filosófica. Hay que afrontarla desde la intensa emoción de una pérdida irreparable, por más que viva para siempre en nuestros corazones.
Es su compadre, José Luis Jiménez, quien desde más allá del charco me ha dado a conocer el fatal desenlace. Hago el viaje de regreso de Badajoz a Sevilla y, a fuer de sincero, he quedado absorto en todo el desplazamiento, porque no es sólo la intimidad que nos unía, compartiendo y sintiendo los momentos felices, sino también interviniendo en la comprensión y el apoyo emocional.
El impacto ha sido tan profundo que sólo dos palabras me persiguen en todo el viaje: mil gracias. Es lo que marca la diferencia entre el trianero de oro que se nos acaba de ir y otros mortales que tuvieron su duelo, sin duda, pero a los que despedimos de forma diferente.
Emilio está siendo despedido de la vida terrenal en el Tanatorio de Camas, y mañana domingo será incinerado, tendiéndose previsto que sus cenizas sean esparcidas por el río Guadalquivir. Falleció ayer, sobre las 22,00 horas, en el Hospital Reina Sofía, de Córdoba, donde estuvo ingresado una semana, hasta que le sobrevinieron problemas en los pulmones, así como en la válvula que tenía en el corazón, posibilitando un fallo multiorgánico que lo ha despedido, a los 76 años de edad, de la ciudad donde residía.
Había nacido en el Corral de Los Salgueros, en el arrabal de Triana (Sevilla), el 18 de julio de 1949, lo que explica que llevara a su barrio tatuado en el alma, como así constataba en sus artículos, conferencias, poesía y libros. Se especializó en la temática flamenca y ejerció un papel divulgativo extraordinario, tanto que ha sido uno de los referentes más importantes del flamenco contemporáneo.
Difícil es, pues, escribir un texto de duelo sobre no ya quien consiguió infinidad de premios a lo largo de su carrera, sino, como ya escribí hace algunos años, quien ganó en el transcurso de su vida una virtud construida sobre categorías como el orgullo de ser trianero, la fidelidad a sus costumbres, la adoración a sus gentes y el sacrificio personal por un arrabal, cuyo legado aún es pronto para valorar en toda su magnitud.
Si los pueblos se construyen a partir de sus tradiciones, en la medida en que somos capaces de asumirlas como tales y fomentar su estudio y difusión en las generaciones subsiguientes, la gente común las defiende instintivamente a través de sus hábitos, pero los intelectuales lo hacen a través de sus obras, de ahí que la admiración es el título que reconcilia al arte con la contribución de Emilio a la cultura andaluza.
Como poeta, escritor y periodista, su trabajo apunta precisamente a ello, a reconocer en la identidad andaluza la esencia misma de ser trianero, de pertenecer y habitar un territorio, y, en definitiva, del esfuerzo por poner su cultura al alcance de los demás para que perdure, con lo que retribuirle ahora el inmenso aporte de registrar lo que esto ha significado es un acto de justicia.
Trabajé con él en la revista Sevilla Flamenca, así como en los primeros ochenta del pasado siglo cuando se estaba cimentando desde El Correo de Andalucía un periodismo flamenco hoy diría que inexistente, por lo que puedo definirlo como un blanqueador de conciencias, un periodista consecuente, perfeccionista en su trabajo, cargado de sensatez, amor por lo bien hecho y sólo dedicado a la verdad de los sentidos del arte.
«Trabajé con él en la revista Sevilla Flamenca, así como en los primeros ochenta del pasado siglo cuando se estaba cimentando desde El Correo de Andalucía un periodismo flamenco hoy diría que inexistente, por lo que puedo definirlo como un blanqueador de conciencias, un periodista consecuente, perfeccionista en su trabajo, cargado de sensatez, amor por lo bien hecho y sólo dedicado a la verdad de los sentidos del arte»

Mas entrando en su biografía, he de reseñar que Emilio, antes que difundir el flamenco, estrenó en Sevilla las obras teatrales Buscando en el desván (1972) y Bajo el cielo de la carpa (1973). Más tarde inició su labor periodística en el diario vespertino Nueva Andalucía (1976-1979), continuándola en el ya citado El Correo de Andalucía (1982-1984).
Mismamente creó y dirigió, incluso, a lo largo de sus 100 primeros números, la revista Sevilla Flamenca (1980), que recibiría el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencología de Jerez (1983). Fue también director y presentador del programa diario Ser del Sur, en la cadena C.O.P.E. de Sevilla (1981-1984), llevando después la dirección del programa Oído al cante, en Radio Nacional de España (1984).
Entre sus libros, a vuela pluma, anoto Sevilla y sus tranvías (1979), Mercados y mercadillos (1981), Del amigo y maestro Manuel Cano (1990), Andalucía, gloria y compás (1992), Homenaje al Arte Flamenco (1992), Triana en labios de la copla (1992), Historia de las sevillanas (1992), Muy ilustres personajes de la Triana popular (1994), Muy ilustres mujeres de la Triana popular (1995), Erotismo y humor en las coplas flamencas (1997), Entre copas y coplas (1998) y Córdoba en volandas (2000).
Fue, además, premio de la Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos Andaluces de Jerez de la Frontera y miembro de número de la misma (1979), Premio Ricardo Molina de periodismo en el X Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba (1983) y Premio Manuel Torre de periodismo de la Junta de Andalucía (1983).
A este respecto, el diario El Correo de Andalucía lo eligió como uno de “Los cien andaluces más sobresalientes”, y no olvido que está incluido en varias antologías poéticas o que participó en numerosos libros sobre el Arte Flamenco, a más de ser el creador y secretario perpetuo de la Distinción Compás del Cante hasta que el referido galardón pasó a mejor vida por razones que ya contamos en su día y que ahora, por respeto a Emilio, no hacen al caso.
Pero este trianero sin contaminación, del que siempre hizo un tema realmente prioritario, sufrió el 30 de enero de 2012 el peor zarpazo. Una enfermedad le arrancó el encanto de la vida, Loli, su compañera, que perdura en la memoria de quienes la conocimos porque ser tan extraordinario fue el capital de su alma, del mismo modo que Emilio estregó toda su vida a la defensa del flamenco y a dar a los demás sin pedir nada a cambio, de ahí que ante el teclado por la pérdida del amigo tan querido, quien firma solo pueda apartar el velo del luto siquiera por un momento para ofrecerle mis palmas a compás y repetir cuantas veces sea necesario: mil gracias.
Mil gracias a Emilio Jiménez Díaz porque no puedo ser objetivo ante quien nunca el éxito lo hizo peor persona. No puedo serlo cuando rindo honores desde estas líneas a un gran escritor, un gran poeta, un gran periodista y un gran sevillano, pero sobre todo a quien ostenta una cualidad que muchos no podrán alcanzar, y lo saben: un gran luchador por Triana, por el flamenco y por la cultura andaluza.
Mil gracias, pues, muy querido amigo porque hombres como Emilio Jiménez Díaz no están nunca de moda.





































































