Me planteo, a veces, una dualidad que puede estar llena de profundo significado: el cantaor y la tierra que lo vio nacer; aquél presupone a ésta, y a la inversa… Arranco así el adiós a un gran amigo y mejor maestro porque soy de los que creen que el lugar de origen es el caparazón donde giran los ecos y las ideas inmanentes en el artista, un pequeño mundo perceptible que quizá resuma la complejidad del cosmos.
Y digo esto porque es en la bendita Puente Genil, la que acunó los ecos de El Seco, Malos Pelos, Pinturas, el Niño de la Patro, Mateo Medina, Pepe el Pinto, el Niño del Dispensario y los hermanos Hierro, donde germina la expresión majestuosa de Antonio Fernández Díaz, ‘Fosforito’, lo que me recuerda una frase del palaciego Joaquín Romero Murube: «La obra de un maestro posee la fuerza indeleble con que la adolescencia guarda todos los sentimientos que la hirieron cuando despertaba a la vida del espíritu».
Por otra parte, el denominador común de los grandes hombres es el de causar duradera impresión en las personas a quienes han tratado. Esta es la sensación que me embarga ante unas cuartillas en blanco que aguardan ansiosas el que, este aprendiz de todo y maestro de casi nada, pueda articular palabras, frases e ideas referidas a un cantaor de cielos universales, a un artesano infatigable que ha hecho afición estableciendo una forma singular de manifestar los latidos del cante y preñando con nuestra música todos los confines del mundo.
A Fosforito, de frente despejada y noble, de faz seria y pensativa, siempre lo imaginé esculpido en bronce en el esplendor de una noche violenta y láctea y en la Huerta de la Barca de su localidad natal, donde en 1986 tuvimos el honor de participar como conferenciante en los actos con motivo de su nombramiento como Hijo Predilecto.
Lo atisbo sentado en el banco de un parque abandonado que bien pudiera ubicarse en uno de los meandros que forma el río a su paso por Puente Genil. Su mano derecha sostiene con firmeza la corona del cante; la izquierda sujeta apenas un volumen de poesías. Quizá, para completar esta lozana estampa romántica, falte el leve rumor de una fuente o una tímida voz de cristal balbuceante en la sombra.
«A través de su andadura, uno tiene viva la penetrante impresión de que supo desde el principio que su objetivo primordial era llegar a ser grande para defender la grandeza del Arte Flamenco»
Su vista, atenta a una senda de lilas alfombradas, todo lo recorre y nada nos deja oculto. Su mirada, brillante y fija, parece indicar estar contemplando, a cada instante, la recreación continua. Sus ojos, con el brillo de los elegidos, parecen abrirse sobre negruras insondables. Toda una vida de riesgo y azar se le aparece como en una cinta cinematográfica, y el alma de este ilustre andaluz, que ahora tiene tiempo para hacerlo, medita largamente.
Él, de carácter apasionado y apasionante, vehemente y de exacerbada sensibilidad, ve pasar sus años infantiles como un niño calzado de inmaculadas alpargatas domingueras. El hombre entorna los ojos. Empieza ahora el calidoscopio de sus andanzas.
No, la vida en el pueblo no le convenció nunca. Necesitaba un más ancho campo para sus anhelos. A través de su andadura, uno tiene viva la penetrante impresión de que supo, desde el principio, que su objetivo primordial era llegar a ser grande para defender la grandeza del Arte Flamenco. Pero nunca le ha preocupado la llegada. El camino es lo que siempre le ha interesado. Nunca se ha apresurado. Era consciente de que el suyo estaba en la dirección escogida. Sólo importaba entregarse día a día a la tarea.
El roce constante con el bullicioso y ficticio panorama de tabernas, colmaos y ferias, fortalece su espíritu y le da una fundamental seriedad. Esto se advierte en la precisión maravillosa con que expresa los más delicados matices, las formas más huidizas del cante. Toda su azarosa vida trashumante se le presenta como una vasta encrucijada; cada travesía en su recuerdo puede ser el umbral de un nuevo cante. ¿Técnicas cantaoras? No conocía ninguna, pero la vida le va forjando bajo una realidad que no admite concesiones.
A medida que avanza el tiempo, su cante fluye, late, desborda y llega a los más recónditos rincones por mareas inconstantes, pero arrollando como las olas. Cuando uno llega a conocerle se siente fascinado, atrapado y poseído por él. Y es que, si genio es el que, además de representar una época, se adelanta y anuncia lo que vendrá, Fosforito tiene, sin duda, las características del genio. De lo contrario, recordemos cuando en 1956, en el I Concurso Nacional de Cante Jondo de Córdoba, Fosforito ya se anticipaba unos años a su porvenir al erigirse como ganador absoluto de todas las secciones.
«Cuando uno llega a conocerle se siente fascinado, atrapado y poseído por él. Y es que, si genio es el que, además de representar una época, se adelanta y anuncia lo que vendrá, Fosforito tiene, sin duda, las características del genio»
Cuando aún no contaba con 24 años de edad, a esa edad en la que se empiezan a correr los caminos, el maestro ya viene de vuelta de muchos de ellos. Es a partir de esta fecha crucial para el futuro del Arte Flamenco, cuando esa voz de adelfa, arañada de olivos que dijera Manuel Urbano, nos oferta toda una vida quemada en absoluta dedicación al cante. Es la vida de un eterno profesor que no ha dejado nunca de ser totalmente un alumno.
Pero Fosforito tuvo que agudizar el ingenio para sortear el declive y la marginación que sufría el flamenco que él propugnaba. Tuvo que purificar toda su existencia en comunión constante con los misterios de este arte. Le costó sangre, sudor y lágrimas abrirse paso para alcanzar el escenario del mundo y actuar desde él hasta conseguir la universalidad, demostrando, mismamente, que estábamos ante un ser dotado muy por encima del nivel ordinario, equipado y armado con brillantes tesoros de talento, lenguaje expresivo muy personal, e impulsado hacia adelante por voluntad, sacrificio, valor e incansable diligencia.
Y es que Fosforito siempre gozó de un capital inagotable: el entusiasmo. Por eso no puede causar extrañeza imaginarle soñando, día a día, porque todos los cantes se hallaban en la habitación de al lado. Allí los sentía él hervir, murmurar, aguardando expectantes la entrada de un pontanés de oro que tuvo la virtud de poseer una capacidad múltiple para colarse en las más diversas situaciones recreadoras y la facultad, como manifestara Ricardo Molina, de engrandecer todo lo que canta.
Apuntando en esta dirección, hemos de convenir en el privilegio que para el buen aficionado supone conservar en sus adentros la voz intemporal de Fosforito, una voz en estado de gracia para hacer, sin perder las raíces, música jonda. Una voz intensa y cadenciosa, pero a la vez relajada y libre. Una voz sincera, áspera y caliente por momentos. Una voz tornasolada de los misterios del ritmo que, aunque sabe de inflexiones suaves, es a menudo rígida y dramática, casi cruel; en ocasiones, parece como si tomara un vindicativo social. Una voz, en definitiva, que, amparada en una prodigiosa capacidad de observación y una magia incomparable para expresar sugestivamente las cosas más abstrusas e inabordables, se halla condenada a hacer de todos los cantes, inclusos de los más livianos, un cante grande.
Estos insólitos atributos, unidos a su temperamento, intensamente poético, se dejan manifestar en una decidida expresión que da al paisaje cantaor un acento inconfundible. Porque quien ha logrado vivir las miserias y la grandeza de nuestro arte, lo ha hecho eterno para siempre. Y la voz de nuestro Fosforito –con 93 años nos ha dicho adiós– mana de la eternidad, porque eternos y mensajeros de Dios son los cantaores que despiertan un confiado calor en nuestros corazones, aquellos que vivifican nuestro mundo por obra y gracia de su amor a la más preciada punta de lanza de la marca España. ♦
* Continuará…






































































































