Acabo de estar repasando el extenso programa de cursillos ofrecido por esta web a partir de ya. Sin entrar en detalles, ni que este texto tenga ánimo promocional, es extraordinario el surtido de temas detallados y profesores expertos asociados. Seis décadas de mi vida nadando por el gran mar del flamenco, y me siento como principiante aprendiendo a contar hasta doce. “A ver, a ver”, dice el amigo imaginario que alquila cuartito en mi cabeza, “no puede ser para tanto”, y me lanza una sonrisa irónica de las suyas. Supongo que a estas alturas me tengo que aguantar con el flamenco asimilado por las primeras vías naturales a las que tuve acceso: en cante, la sabia Elena Marbella, discípula de Antonio Chaqueta, además de la riqueza de la antología Hispavox, sin obviar a mi maestro de guitarra, Mario Escudero. Luego, aquellas reuniones de amigos, las bodas celebradas en tiempos flacos con banquete de papas fritas y altramuces, las fiestas en ca Pepe de Morón con un reparto que solía incluir Anzonini, Miguel Funi o la divina Fernanda, y con suerte, alguna guitarra gastoreña, la del mismo Diego, u otra.
“¡Basta ya!”, dice la voz interior. Es inútil aquella nostalgia fabricada por neuronas desgastadas por tinto peleón. Pero yo tengo mi flamenco, y los demás, cada individuo, tiene el suyo. Cuando escribo estas palabras, está en preparación la temporada estival de los grandes festivales de flamenco que empezaron a difundirse en la década de los cincuenta. Y mira qué feliz idea: este año el homenajeado del Gazpacho Andaluz de Morón, estrenado en 1963, será el Potaje Gitano de Utrera (1957). El hermano chico rinde honores a su hermano mayor, una manera de celebrar el nacimiento de un formato inspirado en el legendario Newport Jazz Festival que, según el periodista flamencólogo Alfonso Eduardo Pérez Orozco, captó la atención del maestro Antonio Mairena, que dispuso el montaje de algo similar en el flamenco.
«Aquella voz interior vuelve a incordiar: ¿qué quiere la gente entonces, aplaudir o hacer palmas? Es decir, el flamenco de espectáculo o el participativo que nos sigue decorando el alma de energía, vitalidad y la verdad de la condición humana»
Los primeros humildes festivales, con relativamente pocos artistas y escaso público, lograron inspirar el interés en cada vez más programación de este tipo, y las largas calurosas noches del verano andaluz se llenaban del mejor cante, baile y guitarra, a la vez que proporcionaban una nueva fuente de ingresos más generosos de lo que había sido la norma hasta entonces en las fiestas de cuartito, pequeños salones de pueblo o ventas de carretera. La Reunión de Cante Jondo de La Puebla de Cazalla, la Caracolá Lebrijana, el Festival de Cante Grande de Ronda, el Festival de Casabermeja, el Festival de Cante Jondo Antonio Mairena, el Festival de Cante Grande Fosforito o la Fiesta de la Bulería, entre tantísimos otros, nos desviaron de la oleada fandanguera, como fue la voluntad del gran Mairena, y cultivaron el interés popular en el repertorio gaditano sevillano basado principalmente en soleá, siguiriya, tonás o bulerías.
En el auge de aquellos festivales de la primera ola, no siempre había “jornadas” ni tantas conferencias ni exposiciones en los días anteriores a un evento de una sola representación. Y no es por criticar. Pienso que los festivales de un solo día pueden seguir siendo un formato alternativo viable para gente de fuera que no puede hacer la noche, o simplemente quieren conocer el flamenco sin meterse en berenjenales intelectuales.
Aquella voz interior vuelve a incordiar: “¿qué quiere la gente entonces, aplaudir o hacer palmas?”. Es decir, el flamenco de espectáculo o el participativo que nos sigue decorando el alma de energía, vitalidad y la verdad de la condición humana.
¡Feliz verano!








































































