El pueblo sevillano de Marchena es un enclave fundamental en la historia del flamenco. Asentado en plena campiña, circundado por La Puebla de Cazalla, Morón de la Frontera, Paradas y Carmona, sus calles han sido protagonistas de una historia flamenca que se ha ido cosiendo año a año, figura a figura, cante a cante, tercio a tercio. Y lo que quizás sea más importante, uniendo con oros finos dos formas tan distintas en nuestro arte como son el castellano y el gitano. Pocos territorios flamencos pueden presumir de esta amalgama flamenca, que allí se vive con total y absoluta normalidad, dejando de lado discusiones que, gracias a Dios, han pasado a mejor vida.
Pasear por Marchena es un placer. Un placer y un gusto jondo. Ver sus calles, oler sus plazas, sentir el pulso de sus callejas… Y si a eso le sumamos escuchar cosas del flamenco, de su historia, de los caldos que se arrebatan con las tapas y los toques de guitarra de los melchores, el placer sube varios escalones (de mármol del bueno). Y además, con una saeta antológica a cargo de José Manuel González, a las plantas de Nuestro Padre Jesús.
«Un lleno hasta la bandera. Pero poca asistencia para las aspiraciones que tienen los organizadores para el futuro. Y Juan Suárez con su compás marchenero en la caja. Y Melchor de Juan, tan joven, haciendo cosas de su sangre. Y Melchor regalando toque de teatro maestranza»

“El sabor de la Marchena flamenca” se llama el proyecto. Y estas iniciativas, que miran al flamenco desde otros puntos de vista, con otros formatos, hay que potenciarlas. Es importante que las administraciones apoyen estas propuestas y que el arte flamenco se confunda con la cultura del vino y con el olor de las calles, con el pueblo y con la fe de nuestros mayores.
Víctor Morán ha rebuscado en las tierras albarizas de Jerez de la Frontera para traer los mejores caldos de la bodega Sánchez Romate (palo cream Mírame cuando te hablo, Marismeño Sherry, Oloroso don José y el Pedro Ximénez Voy a perderme). Y junto a las cosas de Pepe Palanca en San Sebastián, las de Pepe Marchena en San Miguel y la de los melchores en San Juan, se sublimaron los sentimientos y las sensaciones. Magnífico también el trabajo del personal de Turismo y Cultura del Ayuntamiento y del catering Rafael Meléndez, de Las Cabezas de San Juan, maridando con quesos, papas aliñás, chicharrones y espinacas.
Por cierto, mucha asistencia. Un lleno hasta la bandera. Pero poca para las aspiraciones que tienen los organizadores para el futuro. Que muchos son los que suelen sobrar en demasiados sitios, pero allí no sobraba nadie. Y Juan Suárez con su compás marchenero en la caja. Y Melchor de Juan, tan joven, haciendo cosas de su sangre. Y Melchor —que da gusto verlo moverse por su pueblo, entre su gente— regalando toque de teatro maestranza.
Un paseo por Marchena que nos supo a gloria bendita. ¡Enhorabuena!












































































