La leyenda asegura que Hermes, el mensajero de los dioses, poseía unas sandalias emplumadas que simbolizaban la velocidad y el cambio. Pero el icono de los tobillos alados es lo primero que viene a la cabeza cuando pensamos en Juan Ramírez, el bailaor gitano que acaba de fallecer tras una larga vida de escenarios, sobre los que dejó estampas de enorme fuerza y belleza, y que compartió con algunos indiscutibles genios del arte jondo. Entre otros, pasará a la Historia por haber sido el primer bailaor del sexteto de Paco de Lucía.
Hijo de un pacense y una cordobesa, nació en Mérida y creció en Sevilla. A muy temprana edad ya daba sus primeras pataítas mirándose en el espejo de grandes artistas como Manuela Carrasco, Angelita Vargas, El Mimbre, Manuela Vargas o Farruco, entre otros. Como tantos otros bailaores, también le gustaba copiar movimientos de claqué que veía en el cine de Hollywood, e incorporarlo a su faena. Se mudó con su familia a Alicante cuando tenía 12 años, y allí demostró que se le daba bien todo, el cante, el toque y el baile. Pero la voz empezaba a cambiarle, y le convencieron de que los bailaores estaban más solicitados. Así empezó a dedicarse a esta disciplina, aunque sin nunca perder de vista su pasión cantaora.
En Madrid, donde fue contratado en el tablao Las Brujas, se produjo su decisivo encuentro con Paco de Lucía, cuando Juan apenas rozaba la mayoría de edad. “Entonces Paco solo iba con Ramón, su hermano; el bajista, el catalán; y la flauta. No era todavía un sexteto”, me contó. “Estaba grabando Solo quiero caminar, me vio bailar y me dijo que le gustaría que metiera los pies en una bulería del disco. Le confesé que no sabía si estaba preparado, le tenía mucho respeto al flamenco y a Paco, que ha sido el Beethoven del flamenco aquí, en España. Y me dijo: ‘No te preocupes, yo no he visto a nadie bailar como tú’. Me echó unos piropos muy bonitos”.
«El flamenco está en España tirado por los callejones –me confesó–. Es una música muy marginada, no se la aprecia como se debería. He sembrado esos cincuenta años y no he recogido casi nada. Elegí ser un bailaor y he dado todo lo que he podido. Pero para todo eso no hay recompensa, salvo que Paco y Camarón te digan ‘eres el mejor para mí’, como me lo dijo Enrique Morente también»
El gigante de Algeciras quiso que siguiera a su lado, pero Ramírez, el de los pies alados, tenía un hándicap insuperable: detestaba volar, por lo que cubría larguísimos trayectos en carretera mientras sus compañeros acudían en avión a sus compromisos. Algo que le acabaría vedando las giras por Estados Unidos o Japón del guitarrista.
No fue ni mucho menos el único de los grandes con el que trabajó. También bailó en el álbum Potro de rabia y miel, el testamento discográfico de Camarón de la Isla, y para Enrique Morente. Entre sus noches de gloria, se recuerda su actuación en la Bienal de Sevilla del 82, su actuación con Manolete y La Macanita en la Monumental de Madrid, así como sus giras con jóvenes valores de los años 90, como Sara Baras o Antonio Canales. Ya en 2004, se sacó una vieja espinita grabando un interesante disco, Más flamenco que el tacón, con la colaboración de Remedios Amaya, Guadiana o Parrita.
De planta siempre erguida y elegante, dueño de los tiempos, perfecto en la ejecución de sus bailes incluso cuando la edad avanzaba, seguimos disfrutando de él cuando salía de ese Alicante en el que había hecho su hogar para acudir a espacios de pequeño formato, ya fuera la madrileña Casa Patas, el Cardamomo o la Peña Torres Macarena en Sevilla. Pero en la distancia corta, Juan ya mostraba señales de cansancio después de muchas décadas “pegando zapatazos”, como solía decir, y se mostraba escéptico y un poco desencantado del mundillo artístico.
“El flamenco está en España tirado por los callejones”, me confesó. “Es una música muy marginada, no se la aprecia como se debería. He sembrado esos cincuenta años y no he recogido casi nada. Elegí ser un bailaor y he dado todo lo que he podido. Pero para todo eso no hay recompensa, salvo que Paco y Camarón te digan ‘eres el mejor para mí’, como me lo dijo Enrique Morente también. Aunque esas palabras bonitas de gente importante no te llenen la nevera. En España el flamenco es duro, como ya he dicho, porque hay más compadreo que justicia”. ♦





































































