En la clásica película de Edgar Neville del 1952, Duende y misterio del flamenco, hacia el final vemos una fiesta en la cubierta de una pequeña embarcación que navega tranquilamente por el Guadalquivir. Un hombre mayor, delgado, comete payasadas a compás acompañado por las palmas de los presentes, incluyendo a un joven Chano Lobato. Han pasado 74 años desde entonces, pero esa forma de bailar se repite a diario en un sinfín de reuniones, donde haya aficionados, dentro y fuera de España.
El flamenco a nivel particular ha conservado su brillo y espontaneidad, especialmente por bulerías, y la gente disfruta con aquellas formas que chorrean gracia. A todo esto, en el teatro de la calle de en frente, jóvenes bailaores están ensayando impresionantes combinaciones de taconeo, saltos y demás novedades en busca del punto flamenco.
Treinta años lleva el Festival de Jerez buscando el hilo que ha dado lugar a magníficos aciertos y casi ninguna decepción. Como anécdota os cuento la primera vez que Rocío Molina, desconocida entonces, bailó en el festival. Fue en la Sala Compañía, y yo iba acompañada por un amigo guitarrista que pasó toda la función con la boca abierta. Tal impresión le causó el baile de la malagueña que al final dijo con mucha seriedad y los ojos como platillos: “No sé lo que acabo de ver, pero sé que es muyyy importante”.
«Hemos visto la paulatina e inexplicable desaparición de los accesorios del baile tradicional. Los bellísimos mantones de Manila, o accesorios tan inocentes como pendientes de bisutería y flores en el pelo de las mujeres, pañuelos por el cuello, pericones, el ta riápitá de los palillos tocados por maestros… Y lo más triste: las bailaoras dejaban de lucir la bata de cola»
La gran Eva Yerbabuena se ganó al público con su baile por soleá y un programa lleno de elementos novedosos. Su paisano Manuel Liñán escandalizó de buena manera con su exitazo Viva! María Pagés, Sara Baras, Marco Flores, y tantos más, máximas figuras todas, además de los mejores guitarristas y cantaores que más brillaban… Después de todo, ¡estamos en Jerez!
En pleno festival del 2014, nuestro adorado príncipe de la guitarra, el que nos había sacudido y nos despertó del largo sueño, la inesperada desaparición de aquel Paco me pilló llorando en el brazo de Gamboa, y aquel final con guitarras en alto y luz celestial nos transportó a otro nivel.
Durante unos años, coincidiendo con las primeras ediciones del Festival de Jerez del nuevo milenio, hemos visto la paulatina e inexplicable desaparición de los accesorios del baile tradicional. Los bellísimos mantones de Manila, o accesorios tan inocentes como pendientes de bisutería y flores en el pelo de las mujeres, pañuelos por el cuello, pericones, el ta riápitá de los palillos tocados por maestros como habían sido Lucero Tena, José de Udaeta o cualquier bailaor/a o bailarín/a como parte de su preparación. Y lo más triste: las bailaoras dejaban de lucir la bata de cola. Recuerdo un debate acerca de este tema que tuvo lugar en un Festival de Jerez. “¡Demasiado cutres los accesorios!”, protestaban los jóvenes. Pero destacaba la veterana maestra Merche Esmeralda que “la juventud quiere las cosas sencillas”. Afortunadamente, después de unos años, volvió poquito a poco el empleo de los accesorios, y los palillos volvieron a pregonar “¡España!”.
Andando el tiempo se impuso de moda la austeridad del vestuario negro, las obras poco iluminadas y los guiones melodramáticos, un flamenco lorquiano. Pero lo bueno de los grandes festivales como el de Jerez es que se ofrece un amplio surtido de espectáculos y recitales para todos los gustos, de lo más clásico a lo más vanguardista, perspectivas que existen paralelamente bajo el gran manto protector del arte jondo.




































































































