Ya ha pasado muchas veces antes, demasiadas, y sabemos que no. Llevamos doscientos años de vida, más juntos que una lágrima, como decía Félix Grande, y hemos aprendido bien la lección: flamenco y torpe son dos categorías incompatibles. Por eso ahora no nos vamos a rasgar las vestiduras ni llorar como endecheras. Todo lo contrario, lo afrontaremos con la serenidad de quien sabe que cuando un gran maestro del cante muere, el cante no se acaba –ya se dijo esto muchas veces antes y se ve que no–, sino que sigue adelante, enriquecido y renovado, con más ramas hacia arriba porque las raíces buscan la calor que está en lo más jondo. Pasó con Silverio y Juan Breva. Y con el Mellizo y dos de sus discípulos, Chacón y Manuel Torre. Ocurrió con Tomás Pavón, su hermana Pastora la de los Peines y Manuel Vallejo, seguidores de los anteriores. Sí, y pasó con Caracol y la Perla, y con Marchena y Mairena, que bebían en los de atrás. Igualito que hicieron Camarón, la Paquera y Valderrama. Y también sucedió cuando se fueron Fernanda y Chocolate, Morente y el Lebrijano. Igual que ahora, cuando hemos despedido a Fosforito.
De todos es bien conocido, Antonio Fernández Díaz nació en una de las épocas más difíciles de la historia de España, en 1932. Hambre y fatigas a espuertas. Guerra y posguerra, y un niño listo como el hambre con hambre de pan, pero más de nuevos horizontes. Esos los encontró en algo absolutamente etéreo, sin sustancia aparente, puro aire que se expulsa por la boca modulado a golpe de corazón: el cante flamenco. Fue la pasión que ha atravesado su vida, desde los ocho años con que empezó a cantar por unas monedillas en las tabernas de su pueblo, hasta los 93 años con que su corazón se ha parado, reconocido ya con los más altos galardones que pudiera imaginar el hijo de una humildísima familia de Puente Genil. Ajusten la cuenta: 85 años dedicados al noble oficio de cantaor de flamenco.
Habría que imaginar a ese niño –que hoy llamaríamos hiperactivo–, de un lado para otro, aprendiendo letras y melodías de cantes de viva voz, como hacían los juglares en la Edad Media, para guardarlos en su prodigiosa memoria –de la que hablamos aquí con motivo de su 90º cumpleaños– y reinterpretarlos de una manera distinta. Y tendríamos que verlo también cuando, con solo 23 años, se alzó en mayo de 1956 con todos los premios del I Concurso Nacional de Córdoba, con la voz hecha cisco por una reciente enfermedad y las paredes del estómago con telarañas. Y triunfar luego, y recorrer el mundo con las únicas herramientas de su voz y su memoria. Y grabar decenas de discos, y recorrer varias veces la distancia que va de la Tierra a la Luna en coche para ir a festivales, peñas y teatros, y encontrar una compañera de viaje excepcional, Maribel, y formar una familia, y luchar como un titán para sacarla adelante. Y cantarle las cuarenta a cuanto tonto se le acercara. Y no achantarse por los que, prejuiciosos, le escamoteaban méritos por no haber nacido en las provincias de Cádiz y Sevilla –sin duda, epicentros primeros de lo jondo– ni gitano, con lo importante –¡imprescindibles!– que han sido los calés en el flamenco. Antonio aprendió de todos, de donde fueran, de gitanos y gachés, como debe ser. Flamenco y torpe no se puede ser a la vez.
«Y no achantarse por los que, prejuiciosos, le escamoteaban méritos por no haber nacido en las provincias de Cádiz y Sevilla, ni gitano, con lo importante –¡imprescindibles!– que han sido los calés en el flamenco. Antonio aprendió de todos, de donde fueran, de gitanos y gachés, como debe ser. Flamenco y torpe no se puede ser a la vez»
Son muchas las lecciones que ha dejado a artistas flamencos –ya sean del cante, baile o guitarra– y a aficionados. Una es que el cante está siempre por encima del cantaor. Esto tiene un peluseo y da para un tratado de estética de hondo –jondo– calado. Lo inmaterial por encima de lo material; lo inmanente sobre lo coyuntural. En la práctica se sustancia en no imitar, o sea, en no caer en “parecidismos”, sino hacer que lo que salga de la garganta sea como nacido de nuevo. Si el cante es verdad, la verdad de cada uno ha de ser única. El cante debe trascender al cantaor y a su voz.
Otra es que la palabra dada es ley, sin necesidad de papeles por medio. Antonio era refractario al chalaneo, la coba y la ojana, a decir que sí y luego, a la media hora, decir que ya no. A cuanto acto se comprometiera allí que acudía, ya cobrara o ya fuera de balde, aunque cayera el Diluvio Universal (¿te acuerdas, querido Pepe Vargas, el 5 de diciembre de 1989 en Algeciras, en el homenaje a Tío Mollino?).
Para Antonio cualquier tiempo pasado solo fue pasado, por eso instaba a mirar siempre al futuro. Esa es otra de las enseñanzas que nos ha dejado una de las personas más vitalistas que ha conocido uno en su vida. Como también es la de ayudar a quien empieza, ya fuera aficionado o artista. Todos los que hemos aterrizado en el flamenco lo hemos hecho con la sensación de llegar tarde, por mor de los relatos que escuchamos a los mayores, que llevan el marchamo de lo mítico, como debe ser. Pero Fosforito, de alguna manera, inculcaba que uno tenía que ser hijo de su tiempo y que debía apreciar lo que se tiene alrededor, aquí y ahora. ¡Fuera nostalgias!

Su legado discográfico está al alcance de todos para que se escuche y se disfrute, para que se aprenda de él y se desaprenda, que es la mejor manera de aprender. Los cantes registrados con Paco de Lucía –después de Camarón es el cantaor con quien más grabó el genio de Algeciras: cien cantes–, Marote, Habichuela, Enrique de Melchor y otros muchos, son clásicos que conviene revisitar para comprobar la huella que ha dejado en tarantos, peteneras, soleares, seguiriyas, verdiales, farrucas villancicos, alegrías y cantiñas, tientos y tangos y otros muchos estilos más que impresionó, la mayoría de las veces, con letras suyas.
Podríamos seguir y seguir, pero toca hacer una crónica luctuosa, que es lo que corresponde ahora, pues su figura se ha glosado y se seguirá glosando siempre, como corresponde a los clásicos. Antonio se operó hace un mes de un problema de arterias. La intervención salió bien pero en el hospital contrajo una infección que lo obligó a permanecer ingresado una semana. Cuando le dieron el alta se fue a casa con un tratamiento de antibióticos que siguió al punto, como solía hacer con todo. El día 24 de octubre lo visité y lo noté magníficamente, algo débil aún pero muy entero. Me convidó a una deliciosa compota de batatas que acababa de hacer (bromeé con que mi madre la solía acompañar con manzanas y membrillos, el fruto estrella de Puente Genil) y hablamos largo y tendido de las cosas que tenía proyectadas, algunas en común, y del optimismo con que arrostraba la convalecencia. Muchos jóvenes de veinte años no tienen esas ganas de hacer cosas que tenía Antonio. Fue la última vez que lo vi.
«Es noche cerrada y fuera se oye llover. El agua cae lentamente, con talento, con ganas de empapar bien la tierra, para que siga el ciclo de la vida. Maestro, has tenido talento hasta para irte. Que Dios te guarde»
Ayer, 13 de noviembre, me llegó a las 10 de la mañana la terrible noticia. El resto es bien sabido: el Ayuntamiento de Málaga decretó dos días de luto oficial y habilitó la capilla ardiente en su sitio principal, el Salón de los Espejos, para que familiares y amigos pudieran darle el último adiós. El féretro estaba colocado, curiosamente, debajo de un retrato de Serafín Estébanez Calderón “El Solitario”, uno de los primeros que empezaron a escribir de flamenco –antes de que se usara tal nombre–, y que Fosforito citaba con frecuencia.
En el sepelio Antonio, su hijo mayor, me dio algunos detalles: el miércoles 12 le rebrotó de nuevo la fiebre –amainada antes por los antibióticos– y marcharon para el hospital. “En esta sí que me muero”, fueron las palabras a su primogénito. Sintió que esta vez la corná iba por derecho. A las 7:30 de la mañana del día 13 falleció. El consuelo es que ha sido rápido. Y que ha tenido una vida longeva y plena.
En la capilla ardiente me comentaba el cantaor malagueño Antonio Calderón, de 89 años y ferviente admirador del maestro, que el lunes había estado jugando al dominó con él de compañero en calle Malasaña, en un local que tienen unos amigos. Gonzalo Rojo –que lo ha conocido como pocos y que estaba visiblemente afectado– me dijo que había quedado citado el miércoles para comer con él y con Luis Adame, el dueño del Tablao El Cordobés, de Barcelona, gran amigo de Antonio. Estas cosas, que parecen anecdóticas, no lo son, sino que dan idea de que Antonio Fernández Díaz era un joven de 25 años encerrado en un cuerpo de 93. Así lo hemos sentido siempre quienes lo hemos conocido.
Todos los que han convivido con él tienen anécdotas compartidas con el maestro, y ahora una congoja. Un reducido grupo de amigos tenemos, además, una pena añadida. Luis Soler, mi querido tío, empezó a dirigir y coordinar un trabajo de investigación junto a Fernando Sanjuán, Paco Cabrera y Paco Roji, que recoge la vida de Antonio y en el que se analiza su obra grabada. La enfermedad –¡ay!– de mi tío hizo que tuviera que abandonar y que me uniera al grupo para terminar lo que se empezó años atrás. Corrigiendo galeradas del libro nos ha pillado el toro y de manera mortal. Aun así hay espacio para el consuelo pues los ratos que hemos pasado todos con Antonio han sido momentos que no están pagados con nada del mundo. Hemos sido perfectamente conscientes de que estábamos ante el último gran maestro del Cante Jondo, como a él le gustaba llamar.
Es noche cerrada y fuera se oye llover. El agua cae lentamente, con talento, con ganas de empapar bien la tierra, para que siga el ciclo de la vida. Maestro, has tenido talento hasta para irte. Que Dios te guarde. ♦






































































