A veces la fatalidad se ceba con una familia de un modo particularmente cruel. Hace solo una semana lamentábamos la desaparición de un cantaor sobresaliente y hombre cabal como fue Ramón el Portugués, y hoy toca hacerlo, con dolor redoblado, con su hijo Sabú Suárez Escobar, uno de los grandes percusionistas de nuestro tiempo y un temprano impulsor del cajón flamenco, el instrumento que dominaba como sus hermanos Ramón e Israel El Piraña.
Natural del madrileño barrio de San Blas, Sabu Porrina creció, como sus hermanos, teniendo el cajón como su juguete preferido. Aquel artefacto que apenas unos años antes habían traído Paco de Lucía y Rubem Dantas de Perú fue acogido de inmediato por una generación de jóvenes flamencos que enloquecieron con las posibilidades que ofrecía. Nombres como Antonio Carmona, Chaboli, Bandolero o Lucky Losada no tardaron en asimilarlo para el flamenco como si llevaran toda la vida tocándolo. Entre ellos estaban también, y con qué virtuosismo, los hermanos Suárez.
Sabu se recordaba a sí mismo tocando con solo ocho años tocando para el culto, en las bodas y las celebraciones familiares. Ramón y Lucky fueron sus más tempranos maestros, debutó con su padre en un recital en el Suristán, pero fue el siempre avispado Antonio Canales quien, viéndolo tocar en una de aquellas juergas privadas, pronunció las palabras mágicas: “El niño se viene con nosotros”. También evocaba Sabu entre risas que, con trece años, al ir a sacarse el pasaporte para irse a trabajar a Japón, descubrió que su nombre no constaba en el libro de familia, pues a sus padres se les había olvidado inscribirle. El bueno de Ramón El Portugués fue corriendo a Pradillo, le dio diez mil pesetas a un funcionario y Sabu quedó inscrito al momento, pero acabó viajando con el pasaporte de su hermano Juan José Paquete, que andando el tiempo sería un espléndido guitarrista.
«El mismo Sabu que no era capaz de distinguir la música de la vida, pues para él y su familia siempre fueron una misma cosa. Esa vida se ha interrumpido demasiado pronto, tiñendo de luto la gran casa de los Porrina y la casa común del flamenco»
Su carrera, como la de sus hermanos, estuvo jalonada de colaboraciones con artistas de primerísima fila: Paco de Lucía, Tomatito, Ketama, Diego El Cigala, Joaquín Cortés o el propio Canales, entre otros, requirieron sus maravillosas cualidades como percusionista, siempre creativo, flamenco por los cuatro costados y al mismo tiempo impregnado de las mejores influencias del jazz y de la música latina, que le encantaba. Changuito y Tata Güines, con los que tocó muchas veces, además de Giovanni Hidalgo o Angá, fueron algunos de los gigantes de la percusión que lo inspiraron junto a los flamencos entre los que se crio. “Para mí era un honor llevarle la maleta a Tata”, decía sonriendo con toda modestia.
Habitual del madrileño Café Berlín, que consideraba su segunda casa, y antes de eso del Candela y Casa Patas, se distinguió invariablemente por su sencillez, su buen humor y su camaradería con todos los compañeros con los que compartió escenario, local de ensayo o estudio de grabación.
“Cuando tocas de cabeza no fallas, eres como un ProTools. Pero cuando tocas de corazón te puedes equivocar, porque quieres dejarte llevar. Pero hay que ser humano, no una máquina: si no eres humano, no puedes transmitir”. Era una de las filosofías vitales de un músico que quería dar lo mejor de su arte con verdad y honestidad, en una permanente búsqueda de la magia.
El mismo Sabu que no era capaz de distinguir la música de la vida, pues para él y su familia siempre fueron una misma cosa. Esa vida se ha interrumpido demasiado pronto, tiñendo de luto la gran casa de los Porrina y la casa común del flamenco, que llora sin consuelo un adiós demasiado cruel, inconsolable.







































































