Ha muerto Rafael de Paula, el torero gitano de Jerez, a los 85 años. Este portal no ahonda en el entramado taurino, no es por tanto este un artículo dedicado a ello. Pero sí quiero recordar algunas anécdotas que guardo en lo más profundo a la habitación de las vivencias en las que Rafael Soto Moreno fue el mayor protagonista. El torero que dibujó paisajes soñados con su capote nació en 1940 en la calle Cantarería y esa convivencia gitana lo marcó de por vida en sus pases, quiebros, concepto artístico, bohemia… Sus formas espontáneas e imprevisibles causaron siempre revuelo, nunca se sabía qué iba a pasar cuando Rafael de Paula toreaba o simplemente hablaba públicamente. Murió el pasado domingo en Jerez y las muestras de admiración de nombres de relevancia en el flamenco han sido numerosas. Desde La Macanita, quien cantaba con cuatro años eso de saluda con la montera, lo mismo que un soberano, vestido de verde y oro, más torero y más gitano…, a Vicente Soto Sordera, Jesús Méndez, Fernando Soto, Pepe de Joaquina, otro gran intérprete de letras dedicadas al maestro, o políticos a nivel nacional, y por supuesto aficionados taurinos y toreros.
En las siguientes líneas, como habitualmente hago en #DesdeDentro, nuestra sección semanal, me gustaría recordar dos momentos concretos en los que Rafael deslumbró solo con su presencia, con su mirada desafiante y su singular pronto. Nada que sucediera estando él presente era fruto de la casualidad, más bien las “cosas de las cosas” pasaban porque el arte se anteponía a lo tangible. Desde que tengo uso de razón, los gitanos de Jerez han profesado verdadera admiración y pasión por el torero. Elegancia, pellizco, duende, silencio… “Solo verlo hacer el paseíllo merecía la pena”, siempre dicen. Cogían autobuses para ir a Madrid, organizaban excursiones para seguir sus esperadas tardes en las que nunca se sabía si saldría por la puerta grande o sufriría alguna pitada. Pero “cuando hacía el paseíllo…”, o con dos muletazos, o media verónica con su capote sombrío.
«Él se subió también como pudo al escenario más tarde y pronunció –en el micro que yo le sujetaba, casi temblando– eso de “dijo Leonardo que el arte está por encima de los hombres”. Y hasta aquí, porque después de esto poco más que añadir y da igual si eso lo dijo Leonardo o no, lo dijo Rafael»

La primera de las veces que pude tenerlo más cerca, ya con un poco más de conciencia de lo que suponía su presencia, sucedió a mitad de diciembre de 2008, en un casco de bodega de Domecq donde la Peña Los Juncales celebraba anualmente su Pregón de la Navidad, acto en el que se imponía la Insignia de Oro a algún artista no necesariamente del toreo. Ese año estuvo dedicado a Manuela Carrasco, una bailaora muy querida en Jerez desde sus orígenes y donde encontraba a grandes admiradores. Vino como lo diva que es y allí había un público muy especial porque los miembros de Los Juncales eran en muchos casos artistas, como Moraíto, La Chati y Rafael Agarrado, Chicharito, Rafa Junquera, Curro y Pepe de Joaquina… Fue Rafael de Paula a quien se invitó para que le impusiera tal insignia. Por un momento, en el apartado de declaraciones, noté a Rafael algo disperso con frases como “yo nunca había visto bailar a Manuela”, a lo que seguía ante el temor del respetable un “pero desde que la vi es la que me gusta”. Luego, Manuela dijo lo propio: “Yo nunca había visto a Rafael torear, pero desde que lo vi me apasioné por su estilo”. Todo acabó genial, con Jesús Méndez cantando los Campanilleros con un buen grupo de voces jerezanas. Jerez entonces era mucho más Jerez.
La más reciente, sin contar la vez que asistió al Lope de Vega de Sevilla en la Bienal aquella noche del “mano a mano” de Jesús Méndez y Antonio Reyes, ocurrió en la Bodega Estévez, en la segunda casa de la Peña Tío José de Paula donde se celebró el acto de entrega de Insignia de Oro a Manuel Morao, en octubre de 2021. Tuve el honor de presentarlo junto a Pepe Marín, quien pidió que lo acompañara en estas labores. Él realizó una semblanza de Manuel Morao, el público nos miraba mientras, y me tocó a mí rematar para dar paso a la junta directiva y al homenajeado. Pero ocurrió lo que algunos ya advertían: “Rafael de Paula va a venir”.
Lo cierto es que lo estuvimos esperando un rato, pero debimos empezar para que no se hiciera el almuerzo tarde. Justo antes de dar paso a Joaquín El Zambo, presidente de la entidad, vi cómo se abría la puerta del fondo, por donde entró en silla de ruedas Rafael. Nadie lo vio antes que yo, sencillamente porque el público estaba de espalda y quise romantizar el momento hablando del arte hasta llegar al… “el arte es Rafael, que está aquí con nosotros”, señalándolo. Fue tremenda la reacción de todos, sobre todo de Manuel Morao, que se abrazó a él, con lágrimas incluso al igual que tantos otros. Se consumaba la gitanería de un barrio y de una época. De un concepto. Él se subió también como pudo al escenario más tarde y pronunció (en el micro que yo le sujetaba, casi temblando) eso de “dijo Leonardo que el arte está por encima de los hombres”. Y hasta aquí, porque después de esto poco más que añadir y da igual si eso lo dijo Leonardo o no, lo dijo Rafael.








































































