Antes de nada, quiero felicitar de corazón a los compañeros y seguidores de ExpoFlamenco un muy feliz año 2026, deseando a todos mucha salud y libertad. Con este artículo cumplo veinte relatos breves sobre «las cozas» que me han pasado en mi ya larga vida con la música y el flamenco. Hoy me quiero acordar de aquel año que pasé en Cuba, 1990/91, cuando la isla se encontraba bajo el «periodo especial, primera fase». El título del artículo, en cheli habanero, equivale a nuestro ¿qué pasa, tronco?
En 1989, después de ocho años en Viena, obtuve la licenciatura en musicología con una tesina titulada El leitmotiv en el Trittico de Puccini, tema muy alejado del flamenco, género al que he dedicado los últimos treinta y cinco años. Con mi diploma bajo el brazo, muy campanudo regresé a Madrid, mi ciudad desde la infancia, al piso que mi familia tenía alquilado en la calle ancha de San Bernardo. Por entonces ya me rondaba la cabeza el tema de la influencia de América y lo americano en la música europea. Al poco de regresar participé en el Congreso de Musicología Ibérica que aquel año se celebraba en Lisboa, con una comunicación libre titulada Cádiz y La Habana como puertos de transculturación, el germen de lo que tres décadas después ha sido mi libro América en el Flamenco. Mis colegas musicólogos me recibieron con simpatía, hasta que un paisano mío se levantó en el turno de preguntas tras mi apasionada charla y me puso de vuelta y media. Lo achaco a los celos hacia un treintañero recién llegado de Viena con un tema rompedor. Quiso el cielo que en aquellos días se encontrara en Lisboa mi profesor, y autoridad máxima en música africana, Gerhard Kubik, quien me animó a seguir mis estudios y no acomodarme en casa. Me até los machos y me fui a La Habana con una mano delante y otra detrás, y una carta de recomendación de mi profesor austriaco, muy respetado en el mundo académico.
Cuba 1990. Ruina. Allí estuve viviendo como un cubano. Me hice todas las colas del mundo: la del pan, la del pío pío, las juguerías y la de la escuálida pizza que vendían toda la noche en un ventanuco/taquilla del Teatro García Lorca en el Paseo del Prado. Me iba andando a las tres de la mañana, muerto de hambre, desde el Vedado, donde tenía una habitación, hasta La Habana Vieja para comerme aquel trozo de pan con queso y tomate que me sabía a gloria. Así estuve cerca de un año. Mientras investigaba en el CIDMUC (Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana), ofrecí algunas clases en el ISA (Instituto Superior de Artes), pero, sobre todo, pude aprender mucho junto a Danilo Orozco, musicólogo doctorado en Berlín (suma cum laude en la Humboldt), que vivía en Santiago, en el Oriente de Cuba, donde germinó la semilla del son.
En mi último año de Viena había hecho amistad con la Orquesta de Música Moderna, agrupación cubana de solera, durante los meses que tocaron en el Stadthalle acompañando un espectáculo de baile. Llenaban todas las noches y algunos de ellos, después de la función, venían a escucharme a los locales nocturnos donde actuaba. Hice amistad con Fofi, un diestro saxofonista. Un ángel del cielo al que he perdido la pista. Estando en Cuba lo contacté a través de una amiga del ISA y quedamos en vernos. Él sabía de mi gusto por la charanga Ritmo Oriental y resultó que tocaban en un escenario instalado en el Malecón, frente al Hotel Nacional. La Ritmo eran mis ídolos, ahí cantaba el gran Tony Calá antes de irse a NG (La Banda que manda y los metales del terror), el orquestón del Tosco José Luis Cortés, un genial flautista, ex de Irakere, que falleció en 2022. Aquel día la policía se llevó a Fofi por el simple hecho de estar conmigo. Lo malo de ser extranjero en Cuba en aquellos años era que los cubanos, y lo que es peor, la mayoría de las cubanas, no se acercaban a uno por miedo a ser consideradas «jineteras» por sus conciudadanos.
«Antonio Gades se enfadaba mucho conmigo cuando, con toda la guasa, le decía: ¿quieres que te enseñe La Habana? ¿Te llevo a Cayo Hueso, a Jesusmaría, a Belén? ¿Damos una vuelta por Marianao o La Víbora, así conoces Cuba? Si las miradas matasen…»
No volví a ver a Fofi hasta que me enteré que había estado tres días detenido ¡por ser amigo mío! Pa llorar. Así que no me vengan los enteraos a hablar de Revolución. Aquel año era el «31 y p’alante» (31 años del triunfo de Los Barbudos, hoy van por el 67). El hecho es que el director de la OMM me había escuchado en Viena y me propuso hacer una «actividad» en un popular programa de televisión, donde me iban a entrevistar, y de paso «te tocas y cantas alguna de las canciones que hacías en Viena», las rumbitas de moda: Chichos, Chunguitos, Peret y los Gipsy Kings, que en los ochenta habían reventado el mercado rumbero en todo el mundo. Me propuso cantar aquel mix entre el Caballo Viejo de Simón Díaz y el Bamboleo de Carmen Miranda. Me citaron en los estudios de la ICRT. La entrevistadora, sorprendida, lo primero que me preguntó: ¿Qué hace un gallego musicólogo en Cuba? Un gallego de Galicia, le respondí. Y así estuve un buen rato relatando mi incipiente teoría sobre la presencia de América, y en particular de Cuba, en la música española, y en particular de la andaluza.
Acabada la entrevista me invitaron a dirigirme a un escenario que había en el enorme plató. En el centro, tras una cortina de lentejuelas, habían puesto una banqueta alta y una guitarra. Sin cortarme, como es habitual en mí, comencé a cantar por los Gipsy Kings, cuando, a mi espalda, se abrió la cortina apareciendo «completica» la Orquesta de Música Moderna tocando unos arreglos bestiales (los cubanos son los mejores adaptando lo que sea a su particular heavy salsa, que así llaman los yankis a la variante que se practica en la isla, que acabó llamándose timba, el renovado estilo del Tosco). La verdad que, sin haber ensayado nada, como decía Morente, salimos ilesos. Mi padre me contó tiempo después que un amigo suyo que viajaba con frecuencia a Cuba le había dicho: ¡He visto a tu hijo cantando en la tele!
Acabó mi participación en aquel magacín de fin de semana que, al parecer, veía toda Cuba, y, de repente, era famoso. Iba por la calle y la gente me paraba: ¡gallego!, ¡ayer te escuché en la televisión!, mientras hacían gestos tocando palmas y taconeando. Aquello fue un bastinazo. En los archivos del ICRT deben estar la entrevista y la actuación. Daría lo que fuera por verlo. Jamás he tenido acceso a aquellas imágenes. Solo sé que no debió de quedar muy malamente, habida cuenta de la reacción de los cubanos, tan exquisitos ellos en cuestiones de música y baile.
Seguí con mis estudios sobre América en el Flamenco, hasta que tres décadas después, en 2021, en diciembre hará cuatro años, pude escribir, maquetar, editar, distribuir y vender mi libro. Aquel año cubano marcó mi vida para siempre. Después volví a Cuba con Gades, pero aquello era otro nivel. Antonio se enfadaba mucho conmigo cuando, con toda la guasa, le decía: ¿quieres que te enseñe La Habana? ¿Te llevo a Cayo Hueso, a Jesusmaría, a Belén? ¿Damos una vuelta por Marianao o La Víbora, así conoces Cuba? Si las miradas matasen…
A pesar de los pesares, guardo muy gratos recuerdos de aquellos meses cubanos que me ayudaron a compensar los años vieneses. En Viena me había vuelto un tanto cuadriculado, y la extraordinaria experiencia cubana me ayudó a volver a mi estado natural: un gallego de Galicia «normal, natural, pero un poquito acelerao». Las Cozas.






































































