Ryszard Kapuściński aseguraba que «una mala persona nunca es buen periodista». Lo refrendaba posteriormente el neurocientífico Howard Gardner: “Una mala persona no llega nunca a ser buen profesional”. Comparto esa opinión, y la traslado al flamenco. Una mala persona nunca es un buen artista. Pueden ponerle mi firma si quieren tras la aseveración, aunque seguro que muchos de ustedes asienten con la cabeza mientras recuerdan encima de los mejores tablaos a muchos y muchas que no lo merecen. Es que lo hacen bien, lo ejecutan bien, pero ser artista es otra cosa.
Ostalinda –que en romanó significa la más elevada, lo que alude directamente a la Virgen María– es ambas cosas. Por eso se agarra a su flauta travesera y se come el escenario. Lo ha demostrado hace bien poco, en el Festival Internacional de Cante de las Minas, de La Unión, Murcia, donde ha obtenido el segundo puesto en el premio al mejor instrumentista. El Filón de Oro recayó en el pianista José Carlos Esteban-Hanza Fernández, de Almería.
Nacida en Zafra (Badajoz) en 1980, esta gitana de familia de músicos y artistas está decidida a repetir suerte el próximo año en Murcia, mientras se prepara para otra cita importante con la suerte, el duende y el jurado. Y eso que nunca antes se había presentado a ningún certamen en su larga trayectoria. Y me refiero a la vital, que es la misma que la profesional. Hablamos con ella de sus alegrías, sinsabores, de presente y futuro. De Extremadura, de anhelos y, cómo no, de flamenco. Ese extraño alimento que nunca sacia a quien un día lo probó.
– ¿Cuántas veces su padre, el director de orquesta Paco Suárez, ha dicho en casa que tenía un filón de oro con usted?
– (Se ríe) Bueno, yo creo que el verdadero filón de oro en mi casa han sido mis padres, y hablo también de mi madre, Antonia Montaño. Desde que éramos unos niños tanto mi hermano Pakito Suárez ‘El Aspirina’ como yo le hemos acompañado por innumerables giras por Europa: recuerdo siempre con mucho cariño Italia. Con el grupo Matipén hice mis primeras giras por ese país, también con la European Romani Sinphonic Orchestra, por ejemplo. Luego muchos otros espectáculos que no puedo olvidar, como a mi madre cantando el Gelem Gelem ante los reyes de España. Himno, por cierto, que mis padres trajeron a España tras un congreso internacional en Estrasburgo. Allí lo escucharon, y a su vuelta a España hicieron la versión que hoy conocemos.
– Y del premio, ¿qué me dice?
– Que el Filón de Oro es toda una experiencia y que felicito desde aquí al ganador de este año. Me vuelvo emocionada y encantada de esta experiencia. Llegué con toda la ilusión del mundo y regreso a mi tierra agradecida de este segundo premio que otorga uno de los festivales flamencos más exigentes del mundo. Volveré en 2026, porque estoy segura de la actuación que hice y, sobre todo, por poner mi tierra en el lugar que siempre merece. Extremadura ha mostrado en este festival tener voz propia con tres premiados a lo largo de su historia: las lámparas mineras de Miguel de Tena, Celia Romero, Esther Merino (cante) y el bordón minero de Javier Conde (guitarra). El desplante (baile) y el filón de oro (instrumentista) serían, por tanto, los únicos premios sin sabor extremeño, por ahora.
«Una de mis metas es conseguir que mis hijos tengan su carrera de música, porque creo que la música, y el flamenco, sobre todo, dan muchísimas satisfacciones. La música es de las mejores formas para podernos expresar. Como madre, música y flamenca, me gustaría que mis hijos fueran músicos de profesión y flamencos de corazón»
– ¿De qué se siente más orgullosa? ¿De ser la primera mujer concertista instrumentista flamenca de Europa o de haber abierto las puertas a las siguientes?
– De ambas cosas. Llegar hasta donde estoy no ha sido fácil. No es solo la flauta. Es una familia que también es una responsabilidad, como mi trabajo como directora en la Escuela Municipal de Música en Zafra. Se puede hacer todo, y se saca, pero a veces el precio emocional y físico es altísimo. Ahora bien, lo feliz que soy cada vez que cojo la flauta y la toco… eso no lo sabe nadie.
– Al flamenco, ¿le cabe todo?
– Por supuesto. El flamenco es una música riquísima con la que te pones a investigar, a hacer cosas, y siempre responde. Eso sí, necesitas conocer ese código flamenco para poder crear, pero enriquece a cualquier instrumento y a esas fusiones que se hacen con respeto.
– ¿Qué tiene la flauta travesera que no tuvo el piano, por ejemplo, que también estudió?
– Es verdad que comencé estudiando piano, pero cogí la flauta travesera al hacer mi padre una banda de música. Y desde el primer momento que soplé, sonó. En ese momento supe que la flauta iba a ser mi vida. ¿Qué tiene? El conectar con el instrumento. Es verdad que no todo el mundo puede tocar todos los instrumentos, puedes estudiarlos, pero si no conectas, si no transmites y no le pones ilusión y alma, no estás haciendo nada. Cuando conectas con el instrumento y él contigo surge algo maravilloso, y es que empieza a salir arte, y el músico lo utiliza como forma de expresión.

– ¿Qué significa para usted Acaná, su ópera prima?
– Pues, ¡imagínese! Desde los doce años que estoy tocando, con giras, maestros…, y llega el momento en el que sientes que ahora, acaná –ahora, en romaní–, es el momento. Es un espectáculo en el que puse todo de mí. Acaná es la visión que yo tengo del flamenco.
– ¿Qué tienen los Suárez para que “el flamenco los bendiga”?
– No, no, somos nosotros los que bendecimos al flamenco. Nosotros intentamos aportar con nuestro esfuerzo, conocimiento, todo lo que tenemos, siempre desde una mirada de respeto.
– ¿Qué es lo que aprendió en su niñez que se ha convertido en lo mejor en su madurez?
– Aprendí el esfuerzo y la constancia de mis padres. Todos los días nos daban clases, estábamos componiendo, yendo a conciertos. Eso me ha venido muy bien en mi madurez. Soy un claro ejemplo de todo eso. Esa importancia que siempre le han dado a seguir esforzándote, formándote, me ha venido muy bien porque he entendido que un instrumento no se llega a tocar si no tienes ese esfuerzo detrás.
«Cuando conectas con el instrumento y él contigo surge algo maravilloso y es que empieza a salir arte, y el músico lo utiliza como forma de expresión»
– ¿Cuál ha sido el mejor consejo que le han dado?
– Me han dado muchos consejos a nivel musical. Uno de los mejores, que no ha venido de mi padre, ha sido el de mi maestro de la carrera superior. En una de las clases me agobié mucho porque, mientras tocaba en una audición de Mozart, un profesor me dijo de manera despectiva que “siempre había algo que me sonaba a flamenco”. Mi maestro, que me vio llorar, me dijo: Ostalinda, toca como tú sientas, y como te salga. Ese el mejor consejo que me dieron: hacerme ver que yo tenía que ser como era yo. Que tocara como yo sintiera y que no tenía que ser como los demás flautistas.
– ¿Cuáles son sus metas, sus aspiraciones?
– Seguir estudiando, escuchando flamenco, seguir creando, emocionándome… Seguir siendo yo. Y como segunda meta, conseguir ser considerada en este mundo tras tanto esfuerzo y trabajo.
– Sus hijos también son músicos. ¿En casa de los Suárez es vocación, devoción u obligación? Háblenos de ellos.
– Tengo tres hijos. Juan y Paco Navarro Suárez tocan el chelo y el piano desde pequeños. Y la niña, Ángela, toca un poco la flauta y tiene una gran sensibilidad por el mundo del arte, pero no se está dedicando tanto como sus hermanos. ¿Vocación, devoción…? Una mezcla. Vocación, devoción y también obligación, porque tanto su padre –Juan– como yo estamos detrás de ellos para llevarlos y traerlos del conservatorio y empujándoles para que no dejen de estudiar. Y, sobre todo, alimentándoles ese amor por el flamenco. Juan y Paco son dos niños que a priori despuntan en sus instrumentos. Es verdad que hay disciplina de estudio, pero también porque les gusta y lo llevan dentro. Una de mis metas es esa: conseguir que mis hijos tengan su carrera de música, porque creo que la música, y el flamenco, sobre todo, dan muchísimas satisfacciones. La música es maravillosa y es de las mejores formas para podernos expresar. Como madre, música y flamenca, me gustaría que mis hijos fueran músicos de profesión, y flamencos de corazón.
Una vida consagrada al arte
Gitana de nacimiento y flamenca de convicción, como su nombre, que por cierto es María Antonia según el Registro Civil, siempre ha querido elevar a lo más alto a la música clásica y el flamenco. Partituras con las que ha crecido y madurado como mujer y como músico. Concertista y solista de la European Romani Sinphonic Orchestra con sede en Bulgaria, su compromiso con la música y con el pueblo gitano comenzaría mucho antes, ya que con apenas doce años Ostalinda se convierte en miembro fundador del grupo Matipén, con el que hace sus primeras giras en 1993 por distintas ciudades de Italia.
Solo era el comienzo. El comienzo de una carrera siempre ligada a la música y a su cultura, que le ha llevado hasta su ópera prima Acaná, el ‘ahora’ en la carrera de esta artista que ha sabido crecer, sin perder su sello identitario, entre la batuta internacional de su padre Paco Suárez, director de orquesta, y la percusión y arreglos musicales de su hermano Pakito Suárez ‘El Aspirina’. Unos acordes a través de la flauta travesera con los que, sin olvidar sus estudios de piano, ha conseguido comunicar, dialogar y presentar al público su propio lenguaje. ♦






































































