Me ocurrió con Miguel lo que solo me ha ocurrido con unos pocos artistas. Vas a disfrutar de un espectáculo y de momento te llama la atención una voz, un giro, una manera de echar el cante por la boca. Fue en el Teatro Lope de Vega de Sevilla, en la Bienal de 2012, cuando al baile de Olga Pericet lo sostenía un inconfundible eco jerezano que desde entonces me cautivó y forma parte de mi mochila de flamencos imprescindibles.
Los largos caminos del cante flamenco están llenos de senderos, de geografías, de maneras y formas cantaoras, de panorámicas y paisanajes. Mas hay voces, ecos, que en sí mismos traen o llevan paisajes en sus sonidos. Llegó Miguel Lavi a Huelva con la humildad artística y personal que suele hacerlo. Bendiciendo a todo aquel que se le acercaba a saludarle y sobre todo a traernos ese cofre de esencias del que es portador.
Ya lo dijo: «Vengo a poner mi corazón y lo que Dios me permita dar». Principió su actuación, sin dar tregua. Ante la atenta mirada de Paco León, que acarició las cuerdas para darle tono, el jerezano abrió la noche con el cante por romance sin más acompañamiento musical que el que le proporcionan sus cuerdas vocales, recordando a los maestros Agujetas y Mairena. Seguidamente, entró en el jardín de Venus a buscar la flor que amaba, despacito, sin ningún tipo de prisas, tal como dice la letra para aliviar su pena. La guitarra de Paco se me asemejó a ese aire necesario que llena los pulmones de fragancias antes de preguntarle a Dios por qué se ha llevado a la madre de su alma en esa malagueña grande de El Mellizo. Como si de una liturgia se tratara, el silencio de la sala enmascara la emoción de un cante que ha cortado el aire y nos ha llegado a hipnotizar.
Me recuerdo respirando la falseta de entrada a la soleá. No puedo evitarlo, cuando una guitarra suena y llama a este cante de la manera que Paco lo ha hecho, es como si parte de mí sanara oxigenándome el alma. Como la quiero tanto / me la he llevao a la carretera. / Sombrero le eché a la cara / pa´que la luna ya no la viera. El cante de Miguel te coge de la mano acompañándote a esas maneras que sólo cobija el barrio de San Miguel.
Si la soleá nos atrapó, no lo fueron menos los tientos. Cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de la profundidad de estos cantes. Cada tercio corta el aire. No se esconde el jerezano y remata con un ventalle de tangos.
«Con un solo ay me atraviesa el corazón. ¿Cuántas vidas hay que haber vivido para cantar así? Una voz que trasciende las emociones del momento, que carga siglos de historias, poesía y música. Con él lloro la belleza dolorosa que se me mete en el cuerpo. Y vibro en la furia de vivir»
Y ahora nos asomamos al paisanaje de una voz, la de Miguel Lavi. La que nos hace pasear por la Plazuela jerezana en la soleá por bulerías. Si en ningún momento tuvo prisas, mucho menos aquí. Despacito, a compás, haciéndonos degustar del ritmo y la melodía. Si el cante es seña de identidad, él ha dicho claramente cuáles son sus credenciales.
No me da tiempo a recuperarme, parece que estoy en el Louvre o en el Prado. No sale uno de emborracharse de la magia de una obra plástica cuando ya tienes otra que te agarra y te invita a quedarte. Eso mismo pasó. Si la soleá por bulerías me hizo pasear por ese Jerez imaginario, el cante por siguiriyas me atrapó y arraigó al momento. ¡Ay!, a la muerte mi cuerpecito estaba llamando / y no quiere de venir /, porque la muerte tiene, compañerita, lástima de mí. En ese instante no cabe nada que no sea auténtico. Sería redundante decir que el lamento se hizo siguiriya, o viceversa. Pero no, aún hubo más, y hasta mejor, subió los decibelios del alma y como había prometido echó el corazón por la boca. Bueno, mejor dicho, nos regaló su corazón en forma de lamento. Se estremeció, contrajo y expandió su cuerpo recordado a Juanichi: Si la encuentras / anda y dile / dile que la quiero… Eso es siguiriya, justo esto, con lo que Lavi y Paco nos han conmovido, y como le dice la gran aficionada Trini Navarro, «se me ha quitao hasta el frío».
Después… Después vino la bulería. Un recorrido jerezano y guiños a Caracol, Juanito Villar y letras populares, así como un recuerdo al Almendro y El Torta por fandangos.
El bronce fue la primera aleación de importancia obtenida por el hombre. La voz de Lavi lleva implícita esa trabazón de la que emana historia, paisaje, clasicismo y que de igual manera no está descatalogado en el tiempo que le ha tocado vivir. Bronce y miel. Y/o miel de bronce, así me parece este artista con matices de calidez y soníos negros. A su lado Paco León, un guitarrista cuyo instrumento late al compás de los Puertos, Cádiz y Jerez, entregándonos en cada falseta un trocito de esa piel flamenca que habita.
Hay quien esta misma noche me ha dicho: «Con un solo ay me atraviesa el corazón. ¿Cuántas vidas hay que haber vivido para cantar así? Una voz que trasciende las emociones del momento, que carga siglos de historias, poesía y música. Con él lloro la belleza dolorosa que se me mete en el cuerpo. Y vibro en la furia de vivir».
Quizás todo lo que he contado puede resumirse en este último párrafo y, como caparazón maternal, nos acoge a todos y todo nuestro sentir.
Ficha artística
Recital de cante de Miguel Lavi
Peña Cultural Flamenca Femenina de Huelva
21 de noviembre de 2025
Cante: Miguel Lavi
Toque: Paco León






































































