A mi amigo Sergio Avecilla y a su chico
Hoy he visto llegar a la Esperanza de Triana a Sevilla, cruzando un puente de barcas imaginario, sobre un río de cabezas mirando el azul purísima de la mañana a través de los encajes del palio que se bordó, con redes marineras de oro, en el Taller de Caro.
La Virgen ha ido flamenqueando por la frontera que divide lo real de lo imaginado, la verdad de lo soñado. La he visto y sentido con un libro bajo el brazo, con el Sevilla. Biografía de la ciudad dorada, de Eva Díaz Pérez. Un libro que recoge en sus casi quinientas páginas la esencia de esta ciudad que canta y exalta las dualidades de la vida: Triana y Sevilla, José y Juan, Sevilla y Betis, “Macarena de Triana” en la voz de Silvio, los tres pasitos y los palios de cajón, el palillo y el tambor destemplado, las seguiriyas gitanas y un cante por sevillanas… Un libro que busca, casi ná, el alma de la ciudad. Y lo mejor de todo es que lo consigue.
Así, me he ido tras los pasos del pasopalio, mirando y escuchando, sintiendo… y leyendo. Buscando esa esencia que me cuentan sus páginas. Partimos muy cerca de la calle Castilla y allí nos tuvimos que acordar de la fiesta flamenca que nos contó Estébanez Calderón en sus Escenas andaluzas, con El Planeta y El Fillo mano a mano. Así, nos hemos arrimado a la Cárcel del Pópulo, con la marcha Soleá dame la mano, que por los imaginarios barrotes del presidio aún asoman las manos de los galeotes pidiéndole salud y libertad a la que todo lo puede.
Hemos pasado junto al busto de Antonio Mairena, con la mano levantada al cielo de la voz flamenca del maestro, donde se encontraba el Café sin Techo y la Nevería, que Silverio Franconetti –“rey de los cantadores”– se traía el Café del Burrero a la orilla del río, buscando la mareíta de Sanlúcar, los meses de verano. Aquí fue donde Lorenzo le metió dos palmos de acero en las entrañas al Canario, por cosas de amores con su hija, La Rubia Colomer.
La música no ha parado ni un momento. En el entre tanto, los ramos de cera se iban gastando al compás del pasito a pasito. Y nos hemos acordado de El Pali en la puerta del Baratillo, junto a su Morena, que Caridad la llaman en la ciudad. Que allí fue donde le cantó a la Piedad su primera saeta cuando era un niño, aupado sobre una silla de enea.
—¿Y qué, Paco, cómo te salió aquella saeta?
—¿Que cómo me salió? Lo que yo no sé es cómo no se bajó el Cristo y me pegó dos bofetás allí en medio…
«Ha sido una mañana de recuerdos y memorias, buscando a la Esperanza desde el flamenco perdido que Díaz Pérez recoge en su flamante libro, el que nos hubiera gustado escribir a todos»
Hemos hecho una parada en la “imperial calle Adriano” (Antonio Burgos dixit) para tomarnos una copita de aguardiente de Cazalla, y quitarnos la carraspera de la garganta, por si se tercia hacer un cante por soleá a la Virgen morena de los gitanos del arrabal, que nos han susurrado al oído los espíritus de los cantaores viejos, que por allí andaban Juraco, Lorente, Perea y Sartorio.
La Plaza de la Campana, donde estaba el Salón de Recreo, la hemos dejado a nuestra siniestra. Igual que al Kursaal de la calle Velázquez, donde derrochaba flamencuras egipcias La Macarrona. Y el bronce “de cintura para arriba” de Pastora Imperio, que sigue bailando y recordando el misterio de Rafael Gómez Ortega, El Gallo. Y el humo del tabaco del Café de los Lombardos de la calle Tetuán.
Ha sido una mañana flamenca con las palabras de Eva Díaz, que siguen buscando esa esencia, ese porqué de esta ciudad bendita. Por allí andaban los recuerdos de los descoloridos tablaos flamencos. Manuel Torre, con un puñado de poetas a su lado, para ver si le venía la inspiración y le cantaba una saeta a la de Triana, para que le sacaran pañuelos de lunares al viento tras hacerse el “silencio, pueblo cristiano”.
Hasta aquí hemos llegado. La Virgen ha entrado bajo un repique imposible de campanas en la torre que llaman Giralda, mientras nosotros nos hemos tomado un mosto en lo que fue Taberna del Tiñoso, frente a la Catedral.
Ha sido una mañana de recuerdos y memorias, buscando a la Esperanza desde el flamenco perdido que Díaz Pérez recoge en su flamante libro, el que nos hubiera gustado escribir a todos.








































































