Es muy conocido el principio que defiende la llamada Navaja de Occam. Al menos en el mundo de la filosofía y de la ciencia lo es. En resumen, y dicho muy por encima, lo que dice este principio es lo siguiente: si dos teorías enfrentadas llegan a la misma conclusión es probable que sea más certera la teoría más simple, la menos compleja, la que necesita menos pasos para llegar a una conclusión, a una meta.
Quienes nos hemos fajado durante años en el estudio de la Ciencia Lógica entendemos estas cosas. Pongamos un ejemplo real, más allá de otras abstracciones. Se dice de algo en el lenguaje corriente: “Esto es ir a Roma por Santiago”. Esta sabiduría popular nos ayuda. Efectivamente, si alguien llega a Roma pasando por Santiago habrá concluido con éxito lo que deseaba hacer, llegar a Roma, pero de una forma tortuosa, haciendo muchos más kilómetros de los necesarios. Otra persona, en cambio, habrá ido a Roma viajando más directamente por otras vías. Los dos habrán llegado a Roma, pero el segundo lo ha hecho de la forma más simple y directa, es decir, de la forma más correcta.
Todo esto es aplicable a lo que aquí nos interesa, el flamenco, y más concretamente al nombre de estas formas musicales que se agrupan bajo el nombre común de flamenco. Flamenco es una palabra, en principio, misteriosa. No ignoro que hay varias teorías fecundas e interesantes, y, desde luego, dignas de ser tomadas en cuenta. Quizás la más considerada o leída, dada su indagación en la lengua árabe, que durante tanto tiempo se habló en buena parte de España, sea la del padre del nacionalismo andaluz, Blas Infante, que propuso para el origen de la palabra flamenco este sustantivo compuesto árabe falah mengus, que significa campesino errante, pero que también puede traducirse por “el que huye”.
Bien atendida esta teoría de Blas Infante podríamos considerarla cierta, y como yo no pretendo presentar aquí una tesis, sino una mera opinión o especulación, diré que tal vez lo sea, no lo sé, no quiero mantener aquí afirmaciones imperativas o temerarias. Es cierto, además, que tras su expulsión de la Península Ibérica en el siglo XVII, algunos moriscos se resistieron a dejar su tierra española y, o bien fingieron convertirse al cristianismo o bien se escondieron y, a veces, se refugiaron en tribus gitanas o entre gentes del camino, personas al margen de la Ley o de vida diferente, poco apegada a lo oficial o a lo socialmente respetado, como bien ha visto en sus ensayos de antropología flamenca la profesora Cristina Cruces. Pero eso sería tanto como decir que los flamencos serían los moriscos, y no los gitanos u otros sociales agitanados o achulados, algo tan frecuente en la sociedad española en el cruce entre los siglos XVIII y XIX, para gran disgusto de los afrancesados o de algunos ilustrados, como Cadalso o Jovellanos.
Otra teoría hoy rechazada por muchos y casi olvidada (aunque fue mantenida por estudiosos) asegura que la palabra flamenco viene de aquellos Tercios de Flandes cuando los actuales Países Bajos eran cosa española. Por allí hay flamencos, claro, pero en sentido cultural, lingüístico y étnico.
«El pájaro llamado flamenco eleva una de sus patas mientras clava la otra en el agua y en la tierra, al tiempo que levanta sus alas. Y eso es lo que hace un bailaor, eso es lo que hacían los hombres en los Bailes de Candil del siglo XIX, taconear, pisar el suelo, la tierra madre, levantar sus brazos o una pierna, mientras que la mujer bailaba el Vito sobre una mesa imitando lances taurinos»
Pero quizás la teoría considerada más disparatada, jocosa e hilarante de todas es la que yo voy a defender aquí. Aunque, por cierto, a pesar de que hoy esté completamente olvidada fue también defendida por algún insigne estudioso. Me refiero a esa teoría que dice que la palabra flamenco referida al arte jondo procede del ave del mismo nombre, el flamenco. Pues sí, eso es lo que pienso yo, que viene de ahí. ¿Por qué? Porque, de nuevo evocando a Occam, es la teoría más simple, más sencilla, más inmediata en su apariencia formal y más de sentido común. Ya imagino a muchos sonriendo irónicamente ante mis palabras. Lo entiendo y lo acepto. Ya digo que acepto toda crítica o contradicción, no cuento con documentos infalibles para mantener mi teoría, o mi simple opinión. Tal vez alguien se permita ponerme la cara colorá.
Pero veamos. Hay que decir que el flamenco, para rastrear en sus orígenes, hay que abordarlo en primer lugar desde un ámbito sociológico o antropológico, antes que el musical incluso. Claro que el flamenco, como cualquier música, puede y debe estudiarse desde la normativa musical, pero no para rastrear en sus orígenes sociológicos y menos para averiguar el origen de su nombre. Como muy bien ha visto de nuevo Cristina Cruces, hay, al menos en parte, un foco del surgimiento del cante en gentes del camino, gente apartada de la honrada sociedad, gente del vagabundeo, moviéndose junto a ladronzuelos y otras gentes de mal vivir. Gente, además echada p’alante, hombres achulados, rufianescos…
Ahora sigamos viendo. Si echamos un vistazo a la novela y literatura dieciochesca y decimonónica, vemos, paulatina o simultáneamente, que determinados personajes que aparecen en la narrativa de la época, como los guapos, unos años adelante aparecen como los chulos y, finalmente, ya en el siglo XIX, como los flamencos. ¿Qué es entre el pueblo común una persona flamenca sino un achulado y echado para adelante? “No me seas flamenco”, se dice, y el que lo dice no lo hace porque su interlocutor se haya puesto a cantar flamenco, sino porque es muy flamenco, quizás un poco chulo, tal vez algo caradura.
Y finalmente, algo de tipo estético, obvio pero revelador: el pájaro llamado flamenco eleva una de sus patas mientras clava la otra en el agua y en la tierra –¡agua y tierra, qué dos palabras más flamencas!–, al tiempo que levanta sus alas, y eso es lo que hace un bailaor, eso es lo que hacían los hombres en los Bailes de Candil del siglo XIX, taconear, pisar el suelo, la tierra madre, levantar sus brazos o una pierna, mientras que la mujer bailaba el Vito sobre una mesa imitando lances taurinos. Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos. Tiene gracia, qué bien describió parte de la sociedad española de principios de siglo XX y en particular el flamenquismo un antiflamenquista y antitaurino como Eugenio Noel. El escritor, como un siglo antes los ilustrados, criticó amargamente el “desclasamiento” del señoritismo, apegado al flamenquismo, y que imitaba en el lenguaje a los gitanos y en el vestir a “los chulos de Madrid”, como recuerda Noel en su obra citada.
He de decir que parte del ambiente taurino –los fenómenos son los toreros en la obra de Noel– siempre me ha parecido un poco de la España negra que pintó Solana. Esos seguidores medio buscones de los toreros, ‘proveedores’ a veces. En el ambiente flamenquita no se da tanto, pero a ratos también. Claro, que todo se aguanta y se tolera cuando veías un solo lance de Paula o de Curro en la Maestranza o en Jerez. Pero hablábamos del origen de la palabra flamenco. Cómo no pensar, tras la alusión que he hecho a ciertos ambientes o grupos marginales, en los guapos, los chulos, los…flamencos.
Pero dejémoslo, no toquemos más la rosa, ¿qué importa su nombre? De aquel ambiente taurino o flamenco uno, finalmente, recuerda el sueño de una media verónica de tal torero o el quejido jondo de tal cantaor o cantaora. Es lo que venía a simbolizar Umberto Eco en su El nombre de la Rosa: aunque no exista objetivamente la cosa misma, aunque ni siquiera exista la Rosa, lo importante es su esencia, el recuerdo sublime de su olor. Y acabaremos diciéndolo con Juan Ramón Jiménez: “¡No le toques ya más, que así es la rosa”. Vale.








































































