La diócesis sevillana lleva un exceso de salidas extraordinarias de procesiones y actos religiosos que, sin importar el calor sofocante que se nos ha venido encima, y desde el máximo respeto, creo que trasciende a la desmesura. Estos cultos externos han aumentado desde la llegada del arzobispo José Ángel Saiz Meneses en 2021, al que nada tengo que reprochar, pero sí que en ellos hago de menos el cante tradicional religioso, es decir, la saeta, que, además de narrar la Pasión y Muerte de Cristo, también en sus moldes flamencos se pueden labrar pasajes eucarísticos y marianos.
Saco esto a colación porque los recuerdos me remontan al maestro y amigo Antonio Mairena cuando abordaba el Padrenuestro, y cómo Manuel Fernández, Manolo el Clavero, lo institucionalizó en la Hermandad del Nazareno de San Juan, de Écija, teniendo tanto alcance que hasta el admirado periodista Antonio Burgos lo recogió en sus famosos recuadros como saetas de agosto.
Pero no todo es calor, alegría y color en la época estival. También la calidez de los recuerdos emerge cada 16 de julio con La Niña de la Alfalfa, apodo por la que se conoce a raíz de una entrevista que le hicieron en Radio Nacional de España. Se cuenta que la madre trabajaba en casa de don Francisco Vázquez Armero, en el sevillano barrio de La Alfalfa, e invitó a la niña para que cantara en Semana Santa. Una vez que terminó, le preguntó Galerín: “¿Tú cómo te llamas?”. Y le contesto: “Rocío Vega”. A lo que le replicó el periodista: “No. Tú te llamas La Niña de la Alfalfa”.
A Rocio Vega Farfán, que así es su nombre de pila, no la podemos considerar como una cantaora propiamente flamenca, pero el hecho de ostentar el cetro de la saeta popular bien merece que la recordemos al cumplirse el cincuenta aniversario de su fallecimiento, acaecido en Sevilla a causa de un tumor maligno.
Nació el 24 de marzo de 1895 en Santiponce, trasladándose de pequeña con su familia a la calle Boteros del sevillano barrio de La Alfalfa, de donde adoptaría el nombre artístico.
A temprana edad despertó en ella unas excepcionales condiciones líricas, pero una doble afección de garganta a los 16 años de edad a punto estuvo de frenar la fulgurante carrera de esta niña prodigio. Las atenciones del gaditano doctor Portela y las súplicas a Nuestra Señora de la Estrella hicieron recuperarla definitivamente. Esto explica que mantuviera durante cuarenta años su promesa de cantarle a la Virgen de la Estrella, cada Domingo de Ramos, en el balcón frente a la trianera iglesia de San Jacinto:
Madre mía de la Estrella,
ampárame con tu llanto.
Que mientras yo tenga vía,
he de mandarte en mi canto
mi saeta más sentía.
Cantante de ópera y zarzuela, La Niña de la Alfalfa destacó como soprano, tomando clases de canto del maestro Torres, de la catedral de Sevilla. Igualmente, estuvo estudiando con el maestro Luis Álvarez Daudet, y se perfeccionó con el tenor Anselmi, debutando junto a Hipólito Lázaro el año 1923, en el sevillano Teatro Llorens.
Dicen las crónicas que los infantes don Carlos y doña Luisa, viendo las cualidades de la sevillana, promovieron un beneficio a fin de ampliar sus estudios y debutar como profesional en Madrid. Sea como fuere, lo cierto es que el Rey Alfonso XIII llegó a nombrarla Reina de las saetas en 1916, tras escucharla en la caseta ferial del Círculo de Labradores. Colaboró en el estreno de Malvaloca, la obra de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, quienes ante el éxito obtenido le obsequiaron con una saeta que escribieron en su abanico:
Es tu saeta canción
que hasta el cielo se levanta,
grito de tu corazón,
que al pasar por tu garganta
se convierte en oración.
«A Rocio Vega Farfán, que así es su nombre de pila, no la podemos considerar como una cantaora propiamente flamenca, pero el hecho de ostentar el cetro de la saeta popular bien merece que la recordemos al cumplirse el cincuenta aniversario de su fallecimiento»
Sería el Jueves Santo de 1932, un año después de que se proclamara la Segunda República Española, cuando la Hermandad de la Estrella fue la única cofradía que hizo estación de penitencia, de ahí que se ganara el apelativo de La Valiente, quedando para la historia esta saeta de La Niña de la Alfalfa:
Dicen en el banco azul
que España ya no es cristiana,
y aunque sea republicana,
aquí quien manda eres Tú
Estrella de la mañana.
Además de saetas grabadas en la Plaza de La Campana (Gramófono, 1928), llegaría a plasmar en el sello Regal en 1929 y 1930 sevillanas, peteneras, media granaína y fandangos, todos con la guitarra de Niño Ricardo. Mas andando el tiempo, se apartaría de los escenarios al contraer matrimonio con Jose Guzmán Montes, por entonces funcionario del Ayuntamiento hispalense.
Empero, siempre fue fiel a su cita con la Semana Santa tanto a la Estrella como a los Negritos. La saeta para ella fue una impresionante autoconfesión, y las desarrolló influida simultáneamente por la música popular y por sus prodigiosas facultades, preocupándose siempre de buscar una mayor libertad tonal. Así, según ella misma confesara a la Reina Victoria Eugenia acerca del origen de su saeta, aparte de los ecos de seguiriyas y martinetes, se había basado para su construcción en el Pregón de la Sentencia que se cantaba en su pueblo.
El gran talento de La Niña de la Alfalfa está en sus modulaciones, a las que supo extraer todas sus posibilidades tímbricas y expresivas, a fin de hacerlas más asequibles y espectaculares. Su fuerza tonal aparece como sinónima de felicidad y de dominio, con composiciones muy controladas, mostrando en su trasfondo seguiriyero una bondad del espíritu muy relacionada con aquella verdad íntima que todo lo traduce en belleza.
La saeta popular sevillana ha tenido, por tanto, en La Niña de la Alfalfa a su más alto representante. Sus composiciones, de carácter expresionista, abrieron el camino a obras posteriores que deliberadamente quisieron seguirlo. Además, su amplitud de registros era tal que no en vano su discografía sigue interesando a multitud de cantaores como objeto de interpretación.
El barrio que le vio crecer fue testigo del mosaico que el Ayuntamiento de Sevilla le descubrió el 15 de diciembre de1974 en la casa donde vivió, perpetuándose así a quien supo plasmar sus creencias y sus sentimientos en los sinuosos tercios de una copla, donde se identificaba plenamente la intención con el resultado.
Conmemoramos el medio siglo de la despedida de La Niña de la Alfalfa, y recuerdo, por último, que hace cinco lustros, tal como el próximo miércoles, 16 de julio, acudí al número 41 de la calle San Jacinto, en la Capilla de la Hermandad de la Virgen de la Estrella, de la que fue su hermana de honor, a rezar una oración por el alma de quien llenó de luz y de vida el ambiente festivo y ritual de una Sevilla que solo la perpetúa llegada la Semana de Pasión.








































































