-Mamá, tengo fiebre
-Hijo, eso es que vas a dar un estirón
Seguro que a muchos de vosotros os lo han dicho durante la infancia. Ya con el cartón asomando en la azotea no nos pasa esto. Y me viene al recuerdo la anécdota para hablaros de este festival porque desde luego supone un crecimiento, ese estirón que esperábamos de chiquetitos cuando llegaban las calenturas. Lo es porque se conforma como algo distinto y que hacía falta. Da un paso más, ensancha la concepción de los festivales encuadrándose en otra dimensión. A juzgar por el éxito de público y el ambientazo que allí se vivió, es esperado, oportuno y cubre las necesidades de esos otros aficionaos además de las de los mismos de siempre. Es a todas luces un festivalazo que transita entre la ortodoxia y el flamenco canalla.
La fiebre se va en unos días, requiere reposo. Por eso he huido de la inmediatez periodística para deleitarme en el sosiego con las fotos, revivir los momentos, las conversaciones y el zamarreón de realidad flamenca que me abofeteó la cara conviviendo con los amigos durante La Fiebre del Cante y hago ahora la publicación. Confieso que he sentido tristeza al contemplar que no lo ha cubierto la prensa especializada, con lo que no encontrarán un reportaje en el resto de sitios web o revistas de flamenco más que aquí, sobre estas líneas. Y me da rabia que por razones mal justificadas que saben los que lo tienen que saber, expoflamenco no haya estado presente en las ediciones anteriores, a pesar de haber sido invitados cordialmente y de manera personal por Pedro Lópeh, que es, junto a Moisés de Morón, uno de los culpables de La Fiebre. Os recomiendo con ímpetu su pódcast El Café de Silverio, que tiene ya más de cien interesantísimos programas emitidos
Este Benicàssim del flamenco es privado, autogestionado y muy particular. No recibe subvenciones y se sufraga con el trabajo de muchos y el importe de las entradas. Suena idílico. Lo es. En el mundo del trinque, presupuestos inflados, cachés desorbitados, intermediarios sin escrúpulos y chuflas parásitos de lo jondo, surge de aficionaos de corazón esta hermosa idea que lleva ya cuatro ediciones haciéndose realidad. Los de la Peña Flamenca La Bambera (Sevilla) también son en parte responsables de la locura. Marinaleda les ha abierto los brazos y su pabellón deportivo para que la gente pudiera dormir en colchones las pocas horas que los recitales, las copas, el resto de la programación y las juergas improvisadas les permitían. Otros durmieron en casas alquiladas, habitaciones de hoteles u hostales de los alrededores. También en autocaravanas y furgonetas camperizadas. Más de 350 personas cambiaron sus planes de acudir al camping de Villaviciosa donde se iba a celebrar –que dejó tirada a la organización dos semanas antes del festival– y pusieron ruta a Marinaleda sin demasiadas objeciones atraídas por la fiebre.
«A juzgar por el éxito de público y el ambientazo que allí se vivió, es esperado, oportuno y cubre las necesidades de esos otros aficionaos además de las de los mismos de siempre. Es a todas luces un festivalazo que transita entre la ortodoxia y el flamenco canalla»
En lo artístico solo se programó cante. Nada de baile ni toques solistas de guitarra. Toda una reivindicación convertida en seña de identidad, acorde con el título del certamen. Se dio en la Casa de la Cultura y la Sala Palo Palo, que albergó durante las madrugadas las sesiones más experimentales o vanguardistas, hermanando así este festival a dos instituciones que habitualmente diseñan sus actividades en paralelo sin demasiado diálogo. Dos noches con sus días en los que La Fiebre exaltó a Marinaleda convulsionando a aficionaos y curiosos. A los que ya estaban inscritos y a los que se acercaron al calor. Una chapa de recuerdo distinguía la solapa de los que participaron pagando su entrada. Mientras, el alcalde y el teniente de alcalde del pueblo estaban sirviendo tras la barra del ambigú de la Casa de la Cultura a beneficio del pueblo saharaui. León hizo de magnífico anfitrión en la Palo Palo, en cuyas inmediaciones se instaló el mercadillo, en su terraza se dieron fiestas espontáneas y en la sala actuaciones canallas y presentaciones de libros.
Se abrió la jaula al grito con el cante de La Divi tras un emotivo discurso de presentación de Pedro Lópeh. Con la guitarra acompasá, cuajá de alzapúas y bordoneos de José Luis Medina y las palmas de Edu Gómez y Tate Núñez, cocinó un repertorio clásico y bien ejecutao en el que demostró su dominio de los bajos y la amplitud de registros tonales que guarda en su garganta, quizás algo floreada, restándole rotundidad al cante a pesar del empaque con el que lo abordó. Salió por marianas de La Puebla de Menese y Moreno Galván. Reivindicó a Pastora en la bambera, por malagueña se acordó de La Peñaranda y la coronó con abandolaos. Quiso sorprender con la soleá perchelera de El Chino, hilvaná con guiños a los romances de Camarón. Prosiguió con una ristra de cantiñas, pero lo mejor de su actuación fueron los tangos que tributó en las hechuras a Juana la del Revuelo. Se despidió por fandangos.
Compartiendo los palmeros, Ezequiel Benítez triunfó en su recital por la transmisión, rebuscándose en los centros las ducas que arañan. Lo acompañó con aires ceperianos a la guitarra su inseparable Paco León, que hace hablar al ciprés sobre el que vibran los seis ríos de plata de una bajañí sensible y bien tocá. Con letras propias gustó por soleá, descollando en La Andonda, su interpretación de la de El Chozas o en el fandango que endosó en los doce tiempos. Espurreó sal recortando los tercios por alegrías. Dijo el cante –te lo canta y te lo cuenta–. No teatralizó con embustes, cantó como es, pellizcando y divirtiendo con su age. Se templó por trilla, hirió con la malagueña que dedica a su padre, rajó el lamento seguiriyero enjundioso en la de Tío José de Paula y el macho por cabales de Los Puertos, sentenció por fandangos y abrochó la faena por bulerías con pataíta incluida levantando del sitio al respetable, que agradeció con aplausos la proeza del jerezano.
La noche acabó en la Palo Palo con el flamenco-trap de Marenkarma y Da Mopa con una propuesta valiente que puede servir como punto de partida a la experimentación, ya que si abstraemos el cante del producto, no dejaba de ser la intervención de una cantaora mediana –muy artista– que adobó con éxito guajiras, La leyenda del tiempo, bamberas, alegrías, tangos, la caña o el pregón de la moras, entre otros, con introducciones o finales electrónicos y letras reivindicativas –también usó las de Lorca– que agradaron al público del festival. Se le transparentaba el gusto por los grandes del flamenco a la vez que por las nuevas generaciones que pisan en la tangente, como Rosalía o Ángeles Toledano. Alternaba las embestidas con los susurros, el activismo con la literatura, el flamenco con el trap… Pedro también participó con el órgano y pinchando. Todo fue cuanto menos divertido y sugerente, distinto, claro.
La segunda jornada despertó con una visita fuera del programa inicial a la Finca El Humoso para conocer su proyecto cooperativista, guiada por el economista Óscar García Jurado. A pesar del madrugón necesario, asistieron más de 80 personas. Luego en la entrada de la Palo Palo el mercadillo y dentro una nutritiva charla con Nando Cruz: Música en vivo: usurpaciones y estrategias de autodefensa. Nando nos habló del trasfondo económico y el funcionamiento de los macrofestivales y otros tipos de actividades culturales de éxito, casi siempre desde la autogestión y la conciencia social. Álvaro Seisdedos, diseñador de los carteles de La Fiebre, presentó de la mano de Pedro Lópeh su libro Fui piedra y perdí mi centro. Flamencografías, una recopilación de doce años de trayectoria como ilustrador flamenco, una apasionada faceta artística que le obsesionó al observar el desnivel entre la calidad de lo jondo y su proyección visual, especialmente la gráfica. De ahí que se implicara para estar a la altura. Señaló que pretendía jugar con los tópicos para retorcerlos hasta hacerlos chocar con otros universos y géneros en una clara intención rupturista con la iconografía tradicional del flamenco, huyendo de ello –también de Carmen y Lorca– pero sin perderlo de vista, «porque la imagen en sí misma es una forma de pensar y muchas veces llegamos al flamenco por primera vez a través de la imagen».
«Ezequiel Benítez triunfó en su recital por la transmisión, rebuscándose en los centros las ducas que arañan. Lo acompañó con aires ceperianos a la guitarra su inseparable Paco León, que hace hablar al ciprés sobre el que vibran los seis ríos de plata de una bajañí sensible y bien tocá»
Por la tarde se proyectó en la Casa de la Cultura el documental Morente y Barcelona, con la disertación de Luis Cabrera. Se alargó un poco y se solapó con el taller de baile de Marimar La María, del que no pude disfrutar. Luis, fundador del Taller de Music de Barcelona e impulsor de la cinta, destacó el papel de Morente y su cante como herramienta de lucha social. El audiovisual recoge la estrecha relación del cantaor con el círculo de aficionaos de Barcelona que a través del flamenco hicieron política de izquierdas contra la dictadura. Apoyado en entrevistas e imágenes de archivo se mostró la sensibilidad del granaíno con los oprimidos y el sentimiento de libertad que encontraba en la capital catalana. Se retrató la personalidad de un flamenco adelantado a los tiempos para cuyas propuestas el mundo aún no estaba preparado. Este admirador de Leonard Cohen, osado, impetuosamente creativo, heterodoxo, buscador inconformista, humilde… «tenía que ser rockero, pero fui cantaor porque no tenía más cojones» y pedía perdón por equivocarse en los ensayos. «Junto a Federico, lo más grande que ha tenido Granada».
Antonio Mejías inició la segunda noche del festival. Del brazo del guitarrista Manuel Herrera apareció en el escenario con el pregón de los iguales, de su propia autoría. «Recuerda a los grandes y posee una personalidad arrolladora». A las palmas lo guiaron al compás Richard Gutiérrez y Alberto Parraguilla. En la soleá brilló con aires talegueros, dibujando Alcalá o recordando a Triana con La Andonda. Aquí, en las alegrías de Córdoba y en casi todo el recital, cantó excesivamente medido y sosegado, pensando los tercios, buscando la seguridad y el lucimiento. Incluso impostó la voz remedando a Chano en los tanguillos. La seguiriya la zanjó con el macho de Manuel Molina, crecido y con reaños. El público con calenturas y yo frío. Hizo filigranas por bulerías y sus cuplés para el disfrute de los aficionaos. Luego acabó por fandangos, terminando al aire valiente con el de Toronjo. Lo que más me gustó fue la guitarra. Porque Manolito Herrera hace de la pulcritud un mandamiento y es servidor del cante que le apasiona, flamenco por derecho, jondo en las falsetas, excelso en los bordoneos gordos, justo en el acompañamiento, delicioso en la composición y delicado en los trémolos, arpegios y tiraíllos.
Aroa de Bastián vino a derramar la originalidad de su gañote gitano, el sello del cante sin viciar, puro, salvaje e indómito. En bruto, sin pulir, con tropezones que tiran bocaos. Vino a revalidar sus dotes, a soltar un puñao de quejíos nuevos que revuelcan de frescura las tarimas por donde pasa. La sonanta de Rubén Portillo la conoce como nadie. Principió con La leyenda del tiempo, sin imitar. Hizo sonar distinta la malagueña de La Trini sellá con los abandolaos. Pa Pastora la bambera. Por tangos formó la revolución, dejó al público en pie. Y llegó al final preñá de gracia por bulerías. Los metales de Aroa escarban, duelen, te rompen, hincan las uñas. No hay más.
Rafael de Utrera al cante y Carlos Haro espléndido a la guitarra echaron el telón de la Casa de la Cultura. Rafael gustó. Como siempre. Con el mismo repertorio de siempre. Con esos registros imposibles de siempre que cuidan los bajos y llegan tan alto como a él le da la gana, meciendo los palos a su antojo y con sello propio. Por soleá apolá se fue a Triana. La taranta de Fernando el de Triana –también– y luego la de La Gabriela, cambiándole el nombre por Carmela, como se llama su mujer. Susurra La Tarara y después se la lleva arriba. Se lució por cantiñas, saliendo por los cañaverales, parando en Córdoba, Cádiz y Lebrija. Adosó la Salve a Consolación de Utrera al final de la vidalita que teje con gusto con su privilegiado tragaero. Encajó unas letrillas dedicadas a su familia. Romances o corríos. Prosiguió con la seguiriya donde truena por Tío José de Paula, hace aquello de al beato Lorenzo de los Bacán y le echa el pestillo con un macho suyo. Con el juguetillo del pan arranca sus bulerías de siempre y rinde honores a Camarón, Bernarda de Utrera y sus cuplés, se lanza al aire llenando con su voz la sala y remata como de costumbre con eso de…
To el que reza to los días
puede que haga más daño
que el que no ha rezao en su vía
La sala Palo Palo se puso después hasta la colcha con DJ Fiebre. Y por muchos rincones de Marinaleda, entre furgones, en cualquier esquina, en la terraza del bar, a la salida de la Casa de la Cultura… cante, palmas y guitarra de aficionaos, corrillos y risas, debates y abrazos, comida, bebida, amigos, contacto y convivencia de buen rollo entre los envenenaos de este arte con La Fiebre del cante, un festivalazo entre la ortodoxia y el flamenco canalla. ♦




























































































































































