Desde que en 1987 apareció el disco Siroco de Paco de Lucía, ese monumental homenaje a la guitarra flamenca, las alegrías de ese clásico LP, homenaje a la playa chiclanera de La Barrosa, inician con un zapateo que desde entonces es historia del flamenco contemporáneo. Recuerdo, nada más escucharlo por primera vez, mirar rápido los créditos donde se podía leer el nombre de Juan Ramírez. Sorprendente la precisión de aquellos pies, la flamencura del compás airoso de la soleá que arropa el baile, cante y toque por alegrías en aquella grabación impresionaba, a nadie dejaba indiferente el soniquetazo con el que zapateada aquel bailaor.
Hoy nos ha dejado este gran artista nacido en Mérida, criado en Sevilla, y que eligió Alicante para vivir, cuya aerofobia impidió que su carrera junto al Gran Jefe Paco despegase internacionalmente como merecía. Le sustituiría otro que tal, Manolito Soler. Aunque inició, siendo un niño, su camino como cantaor, con el cambio de voz acudió a la llamada del baile, donde encontró su verdadera vocación jonda. Bailó con los mejores y los mejores permitieron que toda la afición saboreara su arte. En el ’86 obtuvo en Córdoba el Premio Pastora Imperio, máxima distinción del baile. Nos queda el recuerdo de su baile y su disco de 1999 con el descriptivo título Más flamenco que el tacón. Descanse en paz el gran maestro y que el eco de sus formidables pies resuene por siempre en todos los corazones de quienes aman de verdad el flamenco.






































































