Como sucedió con el Premio Nacional de Música que recayó hace un par de años en Juan Manuel Cañizares, la noticia de que Antonio Serrano ha conquistado el Premio Nacional de las Músicas Actuales ha sido recibido con un silencio absoluto en los foros flamencos. Ni los portales especializados ni las redes de los comentaristas más influyentes se han hecho eco de un galardón que debería llenarnos de gozo a cuantos amamos este arte. Ignoro si muchos no lo consideran lo suficientemente jondo, o si el hecho de haber hollado otros predios musicales supone su tácita exclusión del club (esa pobre Roma que, a fuerza de no pagar a traidores, no para de empobrecerse ella misma), pero lo cierto es que el armonicista madrileño posee, entre otros méritos, el de haber ensanchado el horizonte sonoro del flamenco con aportaciones muy valiosas y disfrutables.
Confieso que descubrí a Antonio Serrano cuando ya tenía un dominio de su instrumento más que notable, cuando a finales de los 90 dejaba boquiabierto al respetable en el Café Central de Madrid (hoy en peligro de cierre inminente, ¡ay!) acompañando al pianista neoyorkino Joshua Edelman. No sabíamos entonces que Serrano ya venía de graduarse con honores desde edad muy temprana, debutando en las Naciones Unidas de la mano del maestro Larry Adler, junto a Barbara Hendricks y Plácido Domingo: lo que se dice empezar a lo grande. O que había dejado ya buenas muestras de sus saberes en un par de discos anteriores. Lo cierto es que no había que ser ningún lince para ver que allí había un virtuoso en potencia, y además uno tremendamente versátil, preparado a conciencia para jugar en campos muy distintos y golear en todos.
Para no hacer interminable el recuento de sus méritos musicales, nos centraremos en los estrictamente flamencos, y ahí brilla con luz propia la etapa junto al maestro Paco de Lucía, a quien acompañó en la formación del último sexteto. Serrano solventó la difícil misión de sustituir a una pieza tan importante como los vientos de Jorge Pardo, añadiendo sonidos y matices muy especiales al repertorio del maestro. Se cuenta que Paco se resistía a incluir en su troupe “al de la armónica”, pero no solo acabó aceptándolo, sino que también incorporó el teclado y lo convirtió en uno de sus motores melódicos. Probablemente ya no podemos oír las versiones antiguas de Zyriab o Canción de amor sin pensar en la armónica de Antonio Serrano.
«Antonio Serrano lleva toda la vida perfeccionando sus cualidades como músico, y también jugando al ajedrez, dos cosas que quizá tengan más que ver de lo que parece. Este Premio Nacional de las Músicas es la culminación de un camino, el merecido jaque mate de un maestro al que ese pueblo flamenco del que me hablaba entre rascacielos le debe, por lo menos, un brindis»
Pero escuchémoslo también en piezas tan deliciosas como La tarde es caramelo de Vicente Amigo, el Paseo de los tristes de Diego Amador, la lenceriana Te conocí en primavera de Esperanza Fernández, o los dúos con Chano Domínguez, Niño Josele o Javier Colina, para asombrarnos con la capacidad de Serrano para llenar de colores, tonalidades y detalles sorprendentes cualquier composición.
El flamenco ha sido, sí, solo una de las muchas vidas musicales de Antonio Serrano, pero no una más. Aunque con anterioridad y posterioridad a estas aventuras haya seguido moviéndose por el jazz, el tango, el folk, el pop o la música clásica, lo jondo ha quedado para siempre en su esencia como intérprete, y lo que es más importante, el flamenco ha ganado un nuevo instrumento, completamente ajeno a la tradición ibérica, pero que ya no causa extrañeza alguna en los labios de gente como Diego Villegas u otros jóvenes talentos. Yo diría que, incluso cuando hace esa desenfadada versión de la sintonía final de Barrio Sésamo que le he escuchado alguna vez, se le entreve un soniquete capaz de arrancar oles.
“El flamenco es una música en la que cuesta ser aceptado, necesitas que el flamenco te quiera para tú quererlo a él”, me confió en un hotel de Nueva York, mientras esperaba sacar su ropa de la lavadora comunitaria. “De hecho, no sé aún si amo al flamenco o a los flamencos. Me gusta el respeto a la música que tienen, el compromiso, cómo se enfrentan a los problemas de la vida con música, con alegría, con optimismo, con corazón. Es la banda sonora de un pueblo. Yo me he enamorado a través de ese pueblo”.
Antonio Serrano lleva toda la vida perfeccionando sus cualidades como músico, y también jugando al ajedrez, dos cosas que quizá tengan más que ver de lo que parece. Este Premio Nacional de las Músicas es la culminación de un camino, el merecido jaque mate de un maestro al que ese pueblo flamenco del que me hablaba entre rascacielos le debe, por lo menos, un brindis.









































































Además de felicitar a Antonio Serrano y reivindicar todo su trabajo, aprovecho para decir que en este recuento de lo hecho por Antonio Serrano en el flamenco, echo en falta su colaboración con Fernando Terremoto (hijo) en su disco póstumo «Terremoto» (Bujío, 2010 descatalogado y muy difícil de encontrar), en la versión flamenca (como no podía ser de otra manera) del tango argentino «Cambalache» con la guitarra de Alfredo Lagos. Viva esa armónica/bandoneón.