Hace más de diez años titulé así una entrada de mi blog, refiriéndome a un palabro de Unamuno, la intrahistoria, es decir, todo aquello que sirve de «decorado» a la historia más visible, esto es, los hechos que ocurrían pero no eran publicados por ejemplo en los periódicos. Siguiendo esa senda cité a R. G. Collinwood, quien dijo: «El pasado solo puede conocerse como algo que se conserva de modo residual en el presente. El pasado es inaprensible». Y Miguel-Anxo Murado afirma: «La historia es como la ceniza de un incendio. No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego, sino tan solo un vestigio de los efectos el incendio. El viento sopla constantemente, dispersándola».
En los blogs más flamencos se vienen publicando dos tipos principales de fuentes, documentos hallados en los archivos, bastante fiables, así la pionera Gazapera de Manolo Bohórquez o las precisas y preciosas pesquisas de Alberto R. Peñafuerte, y aquellas que proceden principalmente de la prensa y la historiografía. Blogs como Flamenco de Papel del citado Alberto, Papeles Flamencos de David P. Merinero, el Callejón del Duende de Antonio Barberán, Los Fardos de Pericón de Javier Osuna, mi Afinador de Noticias, o los Aventureros del Flamenco de Rafael Chavez Arcos, por citar los mas visitados, que se centran sobre todo en el vaciado de las hemerotecas proporcionando material para el estudio cabal del flamenco, aportando verdaderas joyas de la Flamencología contemporánea. Conscientes de que la intrahistoria quedó flotando en el éter, sólo podemos intentar reconstruir lo que en verdad ocurrió con los datos a nuestro alcance, aunque nunca lleguemos a revelar tal y como fue. La historia no es ciencia exacta, no es matemática.
No así la música, que tiene mucho de matemática. Reconstruir el pasado desde la música apoyándose en la historia nos ayuda a ver un poco más clara la intrahistoria, aunque sea solo una mijita. Hay que andar con pies de plomo pero sin titubear ante lo inesperado. Y es que la historia que se ha escrito sobre flamenco poco se parece a la que revela el análisis musical.
El flamenco se hace, como todos los géneros de música, con melodía, metro, ritmo, armonía, forma, dinámica, articulación…, parámetros que juntos conforman una estética única, configurando un género peculiar. El resultado es una suerte de artificio, un arte musical modelado al gusto del respetable durante siglos. Cuando comienzan a cristalizar las formas flamencas, allá por 1820, éstas se definen por unos rasgos distintivos, aquí un compás característico de doce tiempos, allá un modelo armónico hecho a medida que llamamos frigio, cadencia andaluza, modo flamenco, hasta frigio mayorizado, entre otras lindezas, ambos al servicio de una melodía singular que es la que define el género, a lo gitano, inconfundible por su artístico aroma oriental, impostado, no heredado, artesanía pura y dura del siglo XIX.
Ahora bien, ¿cómo cantaría aquel Silverio? Lorca nos dijo que, según los viejos, con el eco de su voz “se erizaban los cabellos y se abría el azogue de los espejos”. Me pregunto si se parecería más a Mairena o a Caracol. Me inclino por el Ortega de Cádiz nacido en Sevilla que tenía la masa de la sangre hecha con los mil quejíos de júbilo y dolor de la historia de su bendita tierra. ¿Y como sería la voz de Antonio Monje El Planeta? Aunque de él poco podemos aventurar, muchos dirán que se asemejaría a la de Manuel Torres. ¿Y Curro Dulce? Que con ese sobrenombre ya me dirán ustedes. ¿Y El Nitri? ¿Cómo sería el timbre de voz de Enrique Mellizo, Mercé La Serneta o La Trini?
«¡A ver cuándo los payos inventan por fin la máquina del tiempo! Yo me pido ir a Cádiz entre septiembre de 1826 y agosto de 1828 para escuchar al Planeta en el Teatro del Balón»
La flamencología nos habla de la voz afillá, deduciendo de los escritos de El Solitario y de una copla referida al hijo del Fillo con la Andonda, haciéndola corresponder la voz del cantaor con un gallo ronco. El Fillo, a quien en 1874 llamaron el Rubini del cante flamenco. También hay quien escucha ese rajo, esa voz rozá, ese color, en Manuel Torres. Y se suele dar por hecho que María Borrico o Frasco El Colorao cantaban así. Si eran callos reales no podían cantar de otra forma. Aunque Frasco parece tener más bien poco de callo.
La generación post-1956 puso en valor el flamenco doméstico y encumbró voces que herían por su timbre, por el color. Llegando a decir de Tomás o Sernita, por nombrar dos ases, que cantaban mu gachó. Esta escuela, mal nominada neoclásica, siendo totalmente “contemporánea” (1956-?), pone en valor el timbre, el color de la voz, sobre el resto de cualidades del sonido (altura, duración e intensidad, por decir las otras tres). Cuanto más rancio más puro, palabra por la que muchos sienten devoción, así la película: Triana pura y pura. La música pasa a ser algo secundario, lo importante es el timbre, ronco, atávico, visceral, crudo. En mi opinión, pura novela.
¿Pero quién sabe a ciencia cierta cómo cantaban El Planeta o el Fillo? Los cuatro polos que hemos localizado del maestro gaditano no dicen nada al respecto, solo que se subió a las tablas de los teatros de la Tacita para interpretarlos. Después el baile en Triana y la Asamblea. Y que era grueso y las referencias “al monótono arrullo de sus trinos y cadencias […] y gorjeos”.
Mairena dijo que lo que él y sus primos cantan es antiguo, puro y gitano, y se montó el guirigay actual donde la apisonadora racial dejó en la cuneta a muchísimos artistas, será por nuevos, impuros y jambos. Medio siglo largo después se siguen defendiendo purezas imaginadas, racismo de novela, y ancestros de dibujos animados. La música apunta en otra dirección. La métrica muy afroamericana, la rítmica resultante un milagro de alquimia, como el sistema armónico. ¿Y la melodía? A pesar del ejercicio de atavismo flamenco llevado a cabo por la flamencología más ortodoxa, me temo que las tonadas jondas, como ya he dicho, no fueron heredadas sino recreadas, puro artificio a medida, a la carta, melodía gitanesca, agitanada, maleable, confección de sastre. En música nada logra ser puro, racial o antiguo, sino normalmente es impuro, mestizo y reciente. De ahí su riqueza.
¡A ver cuándo los payos inventan por fin la máquina del tiempo! Yo me pido ir a Cádiz entre septiembre de 1826 y agosto de 1828 para escuchar al Planeta en el Teatro del Balón.








































































