Sin lugar a dudas, uno de los cantaores más relevantes de la historia del flamenco es Antonio Fernández Díaz, Fosforito. Nacido en la localidad cordobesa de Puente-Genil el 3 de agosto de 1932, desempeñó un papel fundamental en la época conocida como la Revaloración del Cante en las décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo. Un asunto que vamos a tratar en este artículo. Antes, conozcamos mejor, muy brevemente, a este irrepetible artista: su infancia, antecedentes cantaores y primeros escarceos con el cante.
Sus comienzos
Fosforito nació el 3 de agosto de 1932 en el seno de una familia extremadamente pobre constituida por sus padres y ocho hijos, criándose en una casa grande con más de cuarenta vecinos. Como tantos niños y niñas de aquella época, sufrió una infancia durísima en plena posguerra, viéndose obligado desde muy pequeño a contribuir a la economía de su hogar ayudando a su padre, que era pintor de brocha gorda, recibiendo una muy escasa formación académica. Precisamente, su primer contacto con el cante es a través de su padre, cantaor de corte aficionado al que llamaban Fosforito por su parecido con el cantaor gaditano Francisco Lema Ullet (1869-1940, alias Fosforito el Viejo, y algunos primos que tocaban la guitarra. Lo cierto es que, desde muy pequeño, en el seno familiar, se aficiona al cante, inquietud que comienza a cultivar en Puente-Genil y que lo lleva a cantar en tabernas, colmaos y ferias de ganado de la comarca a cambio de “unas monedillas de cobre” [1]. Asimismo, Fosforito se aprovechó del gran ambiente flamenco de su pueblo, aprendiendo de cantaores locales como José Bedmar El Seco, Juan Hierro, Malospelos y de otros que frecuentaban esta bella localidad cordobesa como Niño de la Rosa, Fina de Casares y el gran Cayetano Muriel Niño de Cabra.
Por lo tanto, estamos hablando de un cantaor autodidacta forjado en los años más difíciles de la dictadura franquista. Una época dominada por la Ópera Flamenca, etapa de la historia del flamenco que comienza en la segunda década del siglo XX y termina a mediados del mismo, en la que el cante, en general, es interpretado en grandes recintos –teatros y plazas de toros– con un repertorio musical en el que se deja de interpretar los cantes más jondos –tonás, seguiriyas o soleares– a favor de cantes más ligeros –cantes de ida y vuelta, fandangos y de creación propia–, imponiéndose una estética dominada por registros melódicos agudos, técnica de falsete, melodías recargadas de melismas y orquestación. Es en este contexto donde Fosforito, en teatros y colmaos de la geografía andaluza –muy especialmente en las provincias de Córdoba, Málaga y Cádiz–, se asienta como cantaor, no dejándose influenciar por esta estética cantaora [2], conservando una forma más sobria y austera que es con la que triunfa en el I Concurso Nacional de Cante Jondo de Córdoba celebrado en el año 1956, comenzando así una nueva etapa del flamenco.
«La etapa de la Revaloración del Cante fue un paradigma que se centró en la recuperación del repertorio de formas musicales abandonadas durante la Ópera Flamenca, la búsqueda de una teoría del flamenco y una concepción del mismo como una música de larga tradición»

La Revaloración del Cante
A partir de la década de los cincuenta, comienzan a producirse una combinación de factores en España (reforma económica, turismo y emigración) que posibilitan una abertura política, económica y social del régimen franquista. No hay que olvidar que veníamos de una etapa –Ópera flamenca– en la que, coincidiendo con la época más dura del franquismo, este había utilizado el flamenco como un medio propagandístico del régimen, apropiándose de él y presentándolo como un producto netamente español. Para ello, de acuerdo con algunos expertos, se eliminó su elemento gitano en cuanto a su procedencia y se produjo un cambió en el repertorio musical a favor de otro fundamentado en los cantes señalados más arriba, unos cantes menos jondos y trágicos y, por lo tanto, aptos para un público más amplio [3].
En este contexto, destacamos una serie de acontecimientos que provocarán un nuevo paradigma histórico y conceptual del flamenco, dando comienzo a la conocida como etapa de la Revaloración del Cante. Un paradigma que se centra en la recuperación del repertorio de formas musicales abandonadas durante la Ópera Flamenca, la búsqueda de una teoría del flamenco y una concepción del mismo como una música de larga tradición. Con el fin de lograr estos objetivos, resultaron muy relevantes los siguientes acontecimientos: grabación de la primera antología discográfica de flamenco, aparición de los primeros tablaos, peñas flamencas y festivales de verano, publicación del libro Flamencología, celebración del I Concurso de Córdoba y aparición del mairenismo. De todos, destacamos los dos últimos.
En 1956, se celebró el I Concurso de Cante Jondo de Córdoba. Diseñado por el poeta y flamencólogo pontanés Ricardo Molina y Anselmo González Climent, su objetivo fundamental fue el mismo que el del Concurso del 22 de Granada, a saber: “Recuperar el repertorio más tradicional del cante que por aquel entonces se encontraba diluido en canciones y cantes adobados con espectaculares melismas debido al notable aumento de público que viviera el género con el paso de los cafés cantantes a lo teatros de la ópera flamenca”[4]. Este concurso supuso la confirmación absoluta como artista de Fosforito, al alzarse con todos los primeros premios.
Y a caballo entre las décadas de los cincuenta y sesenta surge, de una manera imponente, la corriente del mairenismo. Certificada por sus autores Ricardo Molina y el cantaor Antonio Mairena en la obra Mundo y formas del cante flamenco (1963), su intención fue la de poner en valor el elemento gitano a través de una supuesta tradición secular, fundamentada en una serie de cantes básicos que atribuyó a un conjunto de viejos cantaores y cantaoras gitanos de la baja Andalucía.
Es en este contexto de los años cincuenta y sesenta, con el renacer del interés intelectual y artístico hacia un flamenco más tradicional y jondo, pero adobado de una enorme dosis de gitanismo, es donde hay que situar la importancia de la figura de Fosforito. Un cantaor que, si bien poseía la estética musical que tanto se buscaba, no era gitano ni pertenecía al famoso triángulo.
Ese triunfo absoluto de Fosforito supuso el gran punto de inflexión de su carrera artística. A partir del mismo se convirtió en una figura de primera línea, actuando en teatros y escenarios de todo el mundo, comenzado una serie de grabaciones discográficas que hoy son referentes para artistas, aficionados e investigadores. Además, le sirvió para, en la década de los sesenta en adelante, compartir cabeza de cartel en los grandes festivales flamencos veraniegos, compitiendo de tú a tú con las otras dos grandes figuras, en este caso de etnia gitana, de aquel momento, Camarón de la Isla y Antonio Mairena, con los que mantuvo una magnífica relación de cordialidad y respeto. Una circunstancia que, en nuestra opinión, constituyó toda una proeza en unos años dominados por la corriente gitanista impuesta por el mairenismo. Que en esta primera edición del concurso de Córdoba resultase ganador un cantaor de la calidad de Fosforito y con una estética en la órbita de la considerada como gitana [6] –voz áspera, austeridad melismática, expresividad y sentido del compás–, pero que no era gitano ni pertenecía al famoso triángulo, sirvió para que se comprendiese que el flamenco, como arte musical, va más allá de razas y geografías. Como destreza es algo que, sobre la base de un talento natural, se adquiere con trabajo y dedicación, favorecido por el ambiente musical. Así lo demostraron en aquel momento los muchísimos aficionados y cantaores que siguieron la escuela del maestro. En este sentido, Ricardo Molina reconoció tras su triunfo: “España está hoy fosforizada, mucho más que los propios jurados que consagramos al cantaor de Puente-Genil” [7].
Después del concurso
Tras el concurso, Fosforito inició una meteórica carrera artística que lo llevó a conseguir grandísimos reconocimientos, por señalar solo algunos: Profesor Honorario del Claustro de Profesores de la Universidad de Alcalá de Henares, Premio Ondas, Medalla de Oro de Andalucía, Medalla de Oro de las Bellas Artes, V Llave de Oro de Cante y Académico de Número de Honor de la Real Academia de Córdoba. Una carrera en la que recorrió los escenarios de todo el mundo de la mano de los mejores guitarristas de cada momento, destacando Paco de Lucía, Vargas Araceli, Juan Serrano, Alberto Vélez, Juan Maya Marote, Juan Habichuela, Manolo Cano, Enrique de Melchor, Paco Cepero o Pepe Habichuela.
Asimismo, grabó una impresionante e imprescindible discografía que, si la tuviéramos que definir con un solo término, sería, sin duda, con el de enciclopedismo. Muy pocos son los cantaores de la historia del flamenco con un conocimiento tan exhaustivo y completo de los cantes como el de Fosforito. En su amplia discografía plasmó la casi totalidad de palos del flamenco, profundizando en algunos de ellos a través de sus variantes. Con sus malagueñas, granaínas, cañas, polos, bulerías, cantes de Levante, seguiriyas, soleares, tonás, tangos, fandangos, cantiñas, peteneras, abandolaos, bamberas, villancicos, saetas, serranas, livianas, farruca, etc., nos encontramos ante un repertorio estilístico de obligada escucha y estudio para todo aquel que desee introducirse y profundizar en el cante flamenco.
José Manuel Gamboa lo tiene muy claro: “Si la Antología de Hispavox fue clave para la formación de aficionados que ya destacaban y de los mismos profesionales, los discos de Fosforito lo fueron para una gran mayoría. Es incalculable el enorme sector humano que se adentró en los secretos de la jondura, en el interminable muestrario de aires flamencos, a través de Fosforito” [8].
«Con relación a su faceta de intérprete, cabe destacar su extraordinaria capacidad canora con una afinación milimétrica, amplio rango vocal, increíble memoria musical para retener innumerables y complejas líneas melódicas, impresionante sentido del compás y exhaustivo conocimiento de la guitarra y, por tanto, de la armonización de los cantes»

Su estilo cantaor
En nuestra opinión, con Fosforito nos encontramos sobre todo ante un músico genial. Un músico que, además de dominar la interpretación, destaca en la creación.
Con relación a su faceta de intérprete, cabe destacar su extraordinaria capacidad canora con una afinación milimétrica, amplio rango vocal, increíble memoria musical para retener innumerables y complejas líneas melódicas, impresionante sentido del compás y exhaustivo conocimiento de la guitarra y, por tanto, de la armonización de los cantes. Asimismo, muestra un gran equilibrio entre calidad musical y expresividad al combinar un correcto dominio de los parámetros musicales del cante –afinación, ritmo y dicción– con una gran capacidad de transmisión traducida en una inigualable gestualidad corporal.
También conviene destacar su personalidad cantaora y creatividad, cualidades que le han llevado a engrandecer el repertorio de los cantes. Gracias a su peculiar concepto melódico/rítmico de la interpretación musical, observamos un punto de inflexión en numerosos cantes. En opinión de la estudiosa norteamericana Estela Zatania, “las aportaciones de Fosforito se pueden resumir en una constante renovación rítmica de los cantes tradicionales, el compás ajustado, el fraseo con acentos rítmicos. La grabación que realizó con la bailaora Manuela Vargas fijó las normas para el cante para el baile, particularmente por peteneras, taranto, cantiñas, caña o tientos, que siguen vigentes hoy en día. Puso algunos cantes a Camarón, y gracias a ello podemos disfrutar la soleá apolá que llegó a grabar el de la Isla. La versión de Fosforito de la seguiriya de Juanichi el Manijero incorpora una misteriosa modulación al tono mayor que muchos cantaores actuales han adoptado” [9].
Por otro lado, gracias a su formación intelectual de tipo autodidáctica, Fosforito, además de ser todo un estudioso del flamenco, ha destacado por ser un gran creador de letras, tanto de sus cantes como de los grabados por otros cantaores, como por ejemplo Camarón de la Isla. Él mismo lo reconoció en una entrevista: “Soy un hombre muy inquieto, soy un autodidacta. Yo he sido siempre un inquieto. Desde chiquitillo yo he escrito muchísimo. Hay mucha gente que me ha cantado, desde Juan Valderrama, Chiquetete, y Juan Linares. Hasta Camarón me grabó. Bueno, pero no intelectual. Cuando yo tenía diez años, en mi casa no había luz eléctrica. Con un pedazo de vela, Doña Conchita, una vecina que tenía enfrente, me dejaba libros. Y yo con diez años leía a Thomas Mann con una vela que me quedaba sin vista y pegado al balconcillo. He tenido siempre muchas inquietudes, pero me he hecho absolutamente solo” [10].
En definitiva, que nos encontramos ante un artista esencial en la historia del flamenco. Un cantaor que, además de crear nuevos cantes y dominar ampliamente el repertorio, ofreció una personalísima estética cantaora muy influyente en la época de la Revaloración del Cante. Además, dignificó la profesión de cantaor con una ética del trabajo en la que el esfuerzo, la seriedad, estética, honestidad y responsabilidad fueron sus señas de identidad. A pesar de proceder de las capas más bajas de la sociedad y criarse en unos años en los que el artista flamenco pasaba por muchas “fatiguitas” [11], su trayectoria profesional simboliza todo un testimonio a seguir para sus compañeros y compañeras de profesión. ♦
[1] “-Y tanto, con ocho años ya cantaba por las tabernas de Puente Genil, que ya es precocidad.
-Sí, a cambio de unas monedillas de cobre (sonríe con cierta tristeza). Y cantaba en las ferias de ganado al calor de aquellos apretones de mano y la copa que confirmaban el trato. Allí estaba yo, que me encontraba en el camino con cantaores que como yo se buscaban la vida”. Luque, Rosa (entrevista), Fosforito Esencia del Cante, Córdoba: Diario Córdoba SA., 2016. Pág. 22.
[2] “En una entrevista que le hizo el estudioso Francisco Vallecillo leemos acerca de los cantaores que más le influyeron: José El Seco, Cayetano de Cabra, Aurelio de Cádiz, Ezpeleta, Antonio el Herrero, Tomás Pavón. Juan Mojama, Antonio Mairena…”. Núñez, Faustino, Fosforito Esencia del Cante, Córdoba: Diario Córdoba SA., 2016. Pág. 22.
[3] “Habíamos pasado una tragedia tan grande que la gente no quería tragedias y entonces había un tipo de gente con una voz preciosista, con unos cantes más intrascendentes, más livianos, y la gente se enganchó a ellos”. …”. Núñez, Faustino, Fosforito Esencia del Cante, Córdoba: Diario Córdoba SA., 2016. Pág. 36.
[4] Núñez, Faustino, Fosforito Esencia del Cante, Córdoba: Diario Córdoba SA., 2016. Pág.36.
[5] Grabación de su intervención en el Festival de Mairena en el año 1970. Interpreta peteneras con la guitarra de Paco de Lucía. A destacar, aparte de la extraordinaria interpretación del maestro, la reacción tan favorable del público.
[6] Lo señaló el mismísimo Ricardo Molina: “Aunque Fosforito no es gitano, su cante está dentro de la órbita estilística gitana. Esto es, responde a lo que esencialmente debe ser el cante jondo”. Álvarez Caballero, Ángel, Arte Flamenco, Volumen IV, Madrid: Ediciones Orbis, S.A., 1994. Pág. 143.
[7] Del Cid, Paco, Fosforito Esencia del Cante, Córdoba: Diario Córdoba SA., 2016. Pág. 70.
[8] Gamboa, José Manuel, Una historia del flamenco, Madrid: Espasa Calpe, S.A., 2005. Pág. 146.
[9] Núñez, Faustino, Fosforito Esencia del Cante, Córdoba: Diario Córdoba SA., 2016. Pág. 66.
[10] https://cordopolis.eldiario.es/n-b/fosforito-viejo-cantaor_1_6994983.html
[11] “Y claro, como yo nací en 1932, como usted sabe, me chupé toda la guerra. Por mi pueblo pasaron todos los colores: azules, rojos… todos los colores. Y bueno, esta guerra y la posguerra, de fatiguitas las pasé todas. Desde muy joven tuve que empezar a buscarme la vida”. Ibíd.








































































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