La Federación Provincial de Sevilla de Entidades Flamencas ha querido celebrar el centenario del nacimiento de Francisco Moreno Galván, el morisco que fue hombre del Renacimiento desde las tierras de calma y de olivos de la campiña. Para ello ha organizado un ciclo de recitales donde, por cierto, echamos de menos que no vayan acompañados de una breve semblanza del pinto-poeta-diseñador-chamán de la Puebla de Cazalla.
El circuito recaló al mediodía, como la revista de los poetas sevillanos, en la Peña Cultural Flamenca El Gallo de Morón de la Frontera, que de fronteras iba la cosa. Por delante, la presentación del libro Ecos del Pueblo, de José Francisco López. Versos en la frontera invisible de la lírica y el jovencísimo Leo Gamero acompañando al araheño por soleá para los poemas tomaran forma flamenca. El público embobado y jaleando el último recitado, dedicado a Morón.
Y luego. Otra frontera del flamenco. Pero no la de Morón, sino la de Jerez. Con las fronteras dándose la mano pasaron los minutos y se fue estrechando el cerco de la inspiración y los duendes. Las fronteras unidas, arrebujás, de la mano, con el flamenco por bandera. Barrio de San Miguel en la voz de Luis Moneo y en el toque de su hijo Juan Manuel. Recital medido y caliente, que escuchar flamenco sin micrófonos ni cables de por medio tiene su encanto.
«Mediodía entre fronteras y entre flamencos. Que de Morón a Jerez no hay tantos kilómetros. Que el flamenco acorta las distancias, sobre todo, cuando se acuerda de personajes como Moreno Galván»
Comenzó por tientos para templarse y rematar por tangos salerosos. Las alegrías de Cádiz tuvieron el regusto de los Moneo, que “la Parzuela, en frente de la calle Sol… no es la Babilonia”. El final, una media a pies juntos de Rafael de paula, que “es torero hasta paseando”. Continuó por soleá, empezando por Alcalá, que “a castillo quise subir” hasta Triana, “que tan mal paguito a mí me dieron habiendo sido contigo cien años mi compañera”. Entre medias, el “dulce melonar” y el “eché leña en tu corral, por ver si tú me querías…”, que “tu querer y mi querer…” ya se sabe. La cosa siguió con seguiriyas, cante gitano que Luis se conoce al dedillo, que en la sangre lo lleva impreso. “Que no doblen las campanas…” y el de los Pacote con el eco de San Miguel en los labios, repartiendo ducas, penas negras y hacer saltar, en mil pedazos, el cante y el tiempo. Y fandangos… En una esquina se acordaron de los Ortega. En la otra, de la Paquera, que para eso escuchábamos cosas de Jerez. “Ni guarda ni centinela…”, “quiera tu madre o no quiera…”, “en las manos, que en la boca no quería” y “a honra lo llevo yo, de Jerez soy señores…” con ecos del Gloria.
La cosa terminó –aunque no terminó de terminar hasta que no salió la luna junto a las murallas del Castillo– por bulerías, donde Luis Moneo se mece, como pocos, con la corta de su pueblo.
Mediodía entre fronteras y entre flamencos. Que de Morón a Jerez no hay tantos kilómetros. Que el flamenco acorta las distancias, sobre todo, cuando se acuerda de personajes como Moreno Galván.







































































