Los eventos culturales de importancia contrastada, aquellos que se programan en la temporada primavera/verano y que enriquecen, sin duda, nuestra identidad, han de estar diseñados para atraer al público y con el objetivo de la creación, la transmisión y la reinterpretación de la cultura flamenca, en nuestro caso, pero sin perder de vista el incentivo del entretenimiento para el disfrute de los asistentes.
Estos se desarrollan en un contexto social en el que participan individuos que, por lo general, comparten una serie de características culturales y/o históricas, y se realizan en un espacio público o privado, pero con un carácter simbólico por su capacidad de representación.
Fijada esta definición, en los previos al verano hemos contado con el IV Festival Senderos del Cante, de El Castillo de las Guardas (Sevilla), que ha dado el pistoletazo de salida de los festivales convencionales, y los más que consolidados Jueves Flamencos, de Cajasol, en la capital hispalense, que alcanzarán hasta el mes de noviembre, sin olvidar la IX Bienal de Málaga, que se viene desarrollando desde el pasado 27 de mayo y que fija su clausura el 2 de agosto, con la singularidad de que se desarrollará en 26 municipios de la provincia que podrán disfrutar de una programación con un total de 38 espectáculos, de los que 23 serán de asistencia gratuita.
El tiempo que se avecina es, sin embargo, el de los festivales de verano, acontecimientos que protagonizan la canícula andaluza y que, desde el arranque el 13 de junio del Festival Flamenco Juan Talega o el tradicional Potaje Gitano de Utrera, previsto para el último sábado de este mes, así como otros muchos de renombre innegable, son una ventana abierta a la pluralidad y riqueza cultural de una Andalucía que, preferentemente, desempeña el papel fundamental de promocionar la cultura y el turismo, y atrae, por consiguiente, una amplia complejidad de espectadores, que no de artistas que suelen ser repetitivos hasta la saciedad.
Trátase, con todo, de una experiencia única. Algunos con actividades paralelas o previas como exposiciones, recitales y talleres, y en su inmensa mayoría sin ningún impacto económico, por cuanto no son una fuente importante de ingresos para la localidad que lo organiza, lo que contradice el demostrado amor y pasión que por el flamenco se tiene en España y el resto del mundo.
«Bajo el cielo estrellado andaluz se da el escenario perfecto para apreciar el entusiasmo musical y cultural del flamenco, pero hay pautas de comportamiento trasnochadas que, adquiridas por el ignorante o transmitidas de generaciones anteriores, no fomentan la pluralidad y, por tanto, no transforman el esfuerzo del erario público»
Algo falla, pues. Bajo el cielo estrellado andaluz se da el escenario perfecto para apreciar, en la canícula, el entusiasmo musical y cultural del flamenco, pero hay pautas de comportamiento trasnochadas que, adquiridas por el ignorante o transmitidas de generaciones anteriores, no fomentan la pluralidad y, por tanto, no transforman el esfuerzo del erario público –Hacienda somos todos– en beneficio de la sociedad.
La cultura festivalera ha evolucionado y es bastante más que un producto de consumo de masas. Aunque el propósito de los clásicos es social y artístico, las metas a alcanzar son primordiales, de ahí que para organizar un festival sea fundamental que el organismo público, que no ha de perseguir un fin económico o lucrativo, establezca las necesidades de la población y que la eficiencia del director encargado de dirigir y supervisar el equipo de trabajo, que no el comisionista o el falso representante, se enfoque al conjunto de personas que acuden al evento.
Ese encargo es de vital importancia para el desarrollo de un festival, ya que conforma el núcleo vital de la opción más determinante, desde la idea a proyectar hasta su adelanto y ejecución, proceso en el que hay que contar con la financiación, la publicidad, etc., etc.
Un festival flamenco de verano presenta, como a nadie escapa, el arte en vivo, y aun respetando las especificidades propias que pueda tener cada evento, el objetivo es estar en constante expansión y no sobreponerse a la preservación de la cultura identitaria. Pero si se hiciera un estudio sobre la decadencia de muchos de ellos por el impacto que han ocasionado en el ámbito territorial, los responsables culturales demandarían un cambio de mentalidad en muchos organizadores.
El cartel es, por descontado, el principal motivo de asistencia, y ha de tener, por ello, repercusión en la comarca si se quiere aumentar el número de asistentes. En ellos, el cante es su factor diferenciador. Mas la ubicación y la temporalidad son, igualmente, esenciales, y lugares con patrimonio arquitectónico –Ronda o Écija, entre otras ciudades– son hoy día un reclamo, pero también un complemento cultural que suma al bien de interés de la comunidad.
«Para favorecer a un festival flamenco, éste ha de adaptarse a la época que vivimos. Presentar una planificación basada en la diversidad y un repertorio sustentado en la variedad. Y diseñarlo con nuevos formatos que acojan la cuota de género y que incorporen detalles que respalden la calidad y originalidad de la oferta»
Falta, sin embargo, tener una estabilidad con miras al futuro y pensar que un festival no es una oferta de ocio mal planificada con su barra incluida para licores de garrafa, como tampoco es una discoteca del Pum catapum chin pum que cantaba Marián Conde, sino que es un evento que contribuye a ampliar la oferta cultural existente en una ciudad y que, por tanto, ha de proyectar una mejora en su imagen.
Para convertir ese propósito en objetivo realizable hay que conocer unos códigos de conducta, unos principios éticos y la normativa básica de los espectáculos, como son determinar un horario coherente y con una duración racional y no pleistocénica; resistir las modas musicales ajenas a lo jondo, y conocer los criterios secuenciales de una puesta en escena.
Mi gozo en un pozo. Pasan los años y los nuevos tiempos siguen siendo viejos en la generalidad de aquellos que nunca, jamás, serán un referente de nada porque no aseguran ni tan siquiera el equipo técnico para la acústica del lugar, como tampoco impulsan el marketing de la publicidad, y menos aún propician una diversificación en la oferta. ¿Y saben por qué? Porque persisten en una organización que aún vive en las cavernas.
Hace cuarenta años, las instituciones públicas –primero los ayuntamientos y luego diputaciones provinciales y Junta de Andalucía– confirieron el carácter de institución a los festivales flamencos. Pues bien, esos ocho lustros han sido insuficientes para que las entidades locales, provinciales y autonómicas asuman que para favorecer a un festival flamenco éste ha de adaptarse a la época que vivimos; presentar una planificación basada en la diversidad y un repertorio sustentado en la variedad, y diseñarlo con nuevos formatos que acojan la cuota de género y que incorporen detalles que respalden la calidad y originalidad de la oferta.
Son estos atractivos los que, a la postre, van a captar la atención de nuevos públicos, esa concurrencia joven que abunda en los teatros y que buscan no sólo entretenimiento, sino proyectos que añadan valor artístico a sus demandas.
Los festivales flamencos del verano bien organizados cambian la mentalidad cultural de nuestros pueblos, porque son una fuente de información de la actualidad. Y sin cultura, como dijo Albert Camus, la sociedad es una jungla.








































































