Hace 20 años, veinte. Un monumento. Miles de personas, no sé cuántas, muchas. Artistas como Enrique Morente, Paco del Gastor, Pepa de Utrera, Fosforito, Gracia Montes, Estrella Morente, Marifé de Triana, Pepa de Benito, María Jiménez, Juana y Martín Revuelo, Miguel Funi, la Duquesa de Alba… Dos hermanas, Fernanda y Bernarda, unidas para siempre en bronce en la Plaza Ximénez Sandoval de Utrera. ¡Quién no se ahogaba de emoción aquella tarde cuando el aire se espesó con el sonido de la inconfundible voz lastimera de Fernanda Jiménez la de Utrera que llenaba la plaza!
Había habido homenajes y otros actos benéficos para financiar el monumento a los dos monumentos vivientes, un proyecto organizado por el veterano maestro Curro de Utrera. Tantísimo dolor expresado mediante la voz humana, y tan humana, un lamento casi insoportable. Bernarda fue presente aquel día, profunda y visiblemente emocionada, pero Fernanda, una de las cantaoras más veneradas y encumbradas de la historia del cante, no estaba en condiciones para presenciar la inauguración del monumento. Fallecería catorce meses más tarde en agosto de 2006 dejando a la afición huérfana de soleá.
¿Qué tendría Fernanda que tanto embrujo despedía con la inconfundible tesitura de su voz? Se habla del misterio de la insuficiencia de su decir, el querer y apenas poder, una original personalidad cantaora, brutalmente auténtica siempre.
Durante unos años yo solía visitar a Encarnación la Sallago en Sanlúcar, otra gran cantaora. Adoraba a Fernanda y cantaba cosas suyas, pero siempre destacaba que lo que cantaba por soleá no eran cantes de Joaniquí ni de Serneta ni de nadie, sino soleá de Fernanda de Utrera.
«Las recuerdo por las calles de Utrera hablando con la gente de cosas cotidianas. Voces únicas y absolutamente personales tenían las hermanas de Utrera, no se parecían entre ellas siquiera. Amas de casa sin glamur. Hijas Predilectas de Utrera y de la provincia de Sevilla»

Bernarda fue grande de otro color. “Festera”, dice la gente, pero poco jolgorio había en su cante: La alegría en mi paró, yo no tengo ya alegría, muerto está mi corazón (No joy in my life, no happiness at all fue un verso habitual en Bernarda que ella solía cantar por bulerías haciendo más daño que muchos por siguiriya).
“Las niñas de Utrera”, etiqueta frívola para dos damas portadoras de la luz que ilumina aquello que otros sólo ven como oscuridad. Huían de lo histriónico porque les servía mejor la serenidad, el dolor apenas dominado. Si Fernanda poseía la soleá, su hermana nos entregaba sus bulerías, tanto cortas como acancionadas, sus tangos o los cantes del abuelo Pinini. Un catálogo de los cantes nobles manejados por estas dos mensajeras del arte jondo que localizaban la belleza en el dolor.
Las recuerdo por las calles de Utrera hablando con la gente de cosas cotidianas. Voces únicas y absolutamente personales tenían las hermanas de Utrera, no se parecían entre ellas siquiera. Amas de casa sin glamur. Hijas Predilectas de Utrera y de la provincia de Sevilla, Medalla de Plata de Andalucía en 1994, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, entre otros innumerables reconocimientos.
Fernanda y Bernarda de Utrera no solo cantaron flamenco, lo encarnaron. Voces profundas y unidas que dejaron un eco eterno en la memoria del cante jondo. El cante como herencia familiar, bitácora de la vida en la campiña flamenca del bajo Guadalquivir.







































































