Arrancamos 2026 con acontecimientos significativos que ningún cabal puede soslayar por proximidad andaluza, como el Festival de Jerez, los festivales de verano o la Bienal de Sevilla, entre muchos otros, pero también efemérides que nos permiten explorar personajes que protagonizaron hechos que, a la postre, cambiarían el rumbo del flamenco.
De los numerosos, me adelanto a los fastos que este año debemos al gran Manuel Vallejo (Sevilla, 1891 – 1960), referente ineludible dado que el 5 de octubre de 1926 recibió en Madrid la II Llave de Oro del Cante, galardón que algunos, de forma tan interesada como laxa, pretendieron restar méritos acogiéndose a que fue en desagravio por la concesión de la II Copa Pavón a Manuel Centeno, para que así no repitiera como premiado Vallejo, que ya la había ganado en 1925.
El argumento es tan baladí que se desploma con sólo sobrevolar por la obra del sevillano de la antigua barreduela de Padilla. Pero sin entrar en boberías, el objeto de este artículo es, insisto, recordar que en 2026 celebramos el año del centenario de tan importante reconocimiento a uno de los cantaores más completos de la historia, y, por el contrario, de los más desconocidos por la afición y menos ponderado por los analistas.
Semejante contradicción acaso sea debida a que, salvados los honores que le rindió Antonio Mairena en 1982 y el homenaje que le brindó Manuel Centeno Fernández en el centenario de su nacimiento, allá por 1991 en la sevillana Peña Flamenca Torres Macarena, sus partidarios bastardos se escondieron tras los fantasmas y lanzaron una cruel batalla contra supuestos enemigos, en lugar de estudiar y difundir su obra.
Y así lo explicamos en Sevilla junto al coleccionista de registros sonoros Antonio Hita Maldonado en la I Jornada Flamenco y Universidad (2006), y a la que añado la dedicatoria que la Federación Provincial de Sevilla de Entidades Flamencas le hizo en el VI Circuito Entre Naranjos y Olivos (2010), colectivo que en 2012 publicó un pack de 13 cedés con los 213 cantes que alberga su obra completa, conformada por 106 discos de pizarra, más uno compartido con El Cojo de Málaga, y registrados entre 1923 y 1950.
«En 2026 celebramos el año del centenario de la Llave de Oro del Cante a uno de los cantaores más completos de la historia, y, por el contrario, de los más desconocidos por la afición y menos ponderado por los analistas»
Es el aval de una obra conmovedora y fuente inagotable de inspiración debida a Manuel Vallejo, llamado así por el segundo apellido del padre, ya que era hijo del jornalero Manuel Jiménez Vallejo y de Manuela Martínez de Pinillo y Varas, cuando, en sentido contrario, dejó traslucir, a temprana edad, su timidez e inocencia, desde que correteaba por los alrededores de la Plaza de la Encarnación, en cuyo mercado de abastos la familia regentaba un puesto de pescado.
Pese a ello, rompe la cortedad cuando apareció con el apodo de Vallejillo a los 15 años de edad (1906), en el Kiosko de Pinto, o cuando debutó ya en serio en 1910 en el Puesto del Agua, también en la Alameda de Hércules, con el seudónimo de El Colorao II.
Esta presentación, auspiciada por el Niño de las Marianas, le abrió las puertas de los colmaos de la Alameda de Hércules y las ventas de las afueras, así como la del Salón Variedades, donde figuró el año 1919 en el homenaje tributado a Antonio el Portugués, a más de otros cafés cantantes sevillanos, logrando por tanto la mejor de las credenciales para dar el salto hasta Madrid y debutar en el Eden Concert, de la calle Aduana.
En esta primera cita madrileña, la climatología hizo que Vallejo fracasara por mor de una afonía que lo tuvo cuatro años sin cantar. No obstante, reapareció el 22 de septiembre de 1922 en el Café Ideal Concert, de Sevilla, y días después, el 5 de octubre, en el Teatro Lara de Málaga, donde actuó durante diez días a razón de 100 pesetas diarias.
A partir de ahí, se le localiza en Barcelona, donde graba sus primeros discos e impone su ley hasta primeros de 1925, año que queda marcado por su vuelta a Madrid, bautizándolo la afición de la Capital del Reino como «primera figura del cante flamenco» por su grandes éxitos, siendo el más notorio de ellos el alcanzado el 24 de agosto de 1925, la I Copa Pavón en el Teatro Pavón, de la calle Embajadores, compitiendo con Manuel Escacena, Angelillo, Pepe Marchena, El Cojo de Málaga y El Mochuelo, entre otros.
El trofeo lo recibió Vallejo de manos de don Antonio Chacón, que presidió el jurado, quien quince días después le diría en una fiesta celebrada en Villa Rosa con motivo del galardón: «Te he dao la copa porque la mereces, pero la Vieja –por Marchena– ganará más dinero que tú».
Pese a este presagio, Vallejo sienta de nuevo cátedra en Madrid, donde el 29 de agosto cantó en el Teatro Olimpia en un homenaje a La Coquinera, así como dos meses más tarde en el Romea, junto a Manuel Centeno, pero también en Barcelona, donde se mantuvo hasta septiembre de 1926 en que regresó a la capital para participar de nuevo en el concurso Copa Pavón, triunfando en esta segunda edición su paisano Manuel Centeno, merced tanto a una soberbia saeta cuanto a los intereses empresariales.
«Manuel Vallejo se caracterizó no por rizar el rizo del belcantismo, sino por una voz destinada a crear belleza, por su forma de modular, su sorprendente compás y capacidad de jugar con los tiempos musicales, y por la capacidad para transmitir y emocionar»
Tal sería el debate provocado que aquella polémica decisión, quedó revocada el 5 de octubre de 1926, cuando Vallejo, por acuerdo unánime de todos sus compañeros artistas, recibió de manos de Manuel Torre la Llave de Oro del Cante, galardón que entonces carecía de toda significación, pero con el que el maestro sevillano continuó dejando muestras de su destreza cantaora en troupes, hasta conformar propia compañía, con la que recorrió todo el territorio español y Marruecos.
Vallejo se erige, pues, en símbolo de toda una época, la Ópera Flamenca, y sobresale en toda la geografía tanto por su cante como por su baile por bulerías, tónica que mantuvo hasta después de la guerra civil.
Estamos, no obstante, ante un cantaor histórico con un manejo extraordinario de la respiración y con unas condiciones vocales impresionantes, pues sobresalió por una voz espaciosa en potencia, de tesitura generosa y con una flexibilidad muy especial, además de una media voz dispuesta a cualquier altura y un hermoso color expresivo que no sufría merma en los extremos del registro, lo que explica que conciliara como pocos la ternura llevada a la máxima expresión con la regularidad en la concentración.
Al tiempo de celebrar este año el centenario de la Llave de Oro del Cante a Manuel Vallejo, reivindicamos, por tanto, a uno de los cantaores más completos de todos los tiempos que se caracterizó no por rizar el rizo del belcantismo, sino por una voz destinada a crear belleza, por su forma de modular, su sorprendente compás y capacidad de jugar con los tiempos musicales, y por la capacidad para transmitir y emocionar, de ahí que para quienes no logran llenarse de júbilo con los cantaores de este tiempo, la mejor combinación aconsejable sea la de salir de un concierto y escuchar a Manuel Vallejo.
Escuchen y disfruten, pero enciendan las velas de 2026 a fin de soplarlas el 5 de octubre. Tenemos, pues, diez meses por delante para describir los pasajes sonoros del gran Manuel Vallejo, que, a día de hoy, siguen siendo historia; examinarlos, mismamente, explicarlos en profundidad y revelar sus consecuencias, que pasan, sin duda alguna, por narrar momentos claves en la historia del mejor cante de todos los tiempos y, por tanto, vinculados a la cultura identitaria de España. ♦





































































