La riqueza del flamenco está en la variedad del repertorio, en los múltiples estilos que abarcan toda clase de afectos, sensaciones, sentimientos y estados de ánimo, en las muchas variantes que se desprenden de cada uno de esos estilos, del medio centenar largo de soleares, del centenar de fandangos de Huelva, las decenas de seguiriyas, la preciosa diversidad en el cante por malagueñas, las mil y una formas de recrear un fandango natural, el hermoso racimo de las cantiñas, la riquísima variedad de tangos. Y ese tesoro de cultura popular no acaba ahí. De cada variante, como digo, se desprenden a su vez las versiones que los intérpretes realizan. Imaginemos que, por ejemplo, la malagueña del Mellizo fuese la misma más allá de quien la interpretase, de quien recreara su melodía clásica. Lo más grande de este género musical que llamamos flamenco es precisamente la disparidad que existe entre la versión concreta de un determinado estilo respecto de otra. Ahí está el gusto, en esa bendita variedad.
Recuerdo lo mal que me sentaba cuando un graciosillo muy mediático, le voy a ahorrar el ridículo evitando nombrarlo, hacía mofa y befa del cante jondo echándose las manos a la barriga mientras emitía un ayeo haciendo humor del peor gusto comparando el cante con un retortijón de vientre. El muy impresentable. Y se lo escuché varias veces presentando un festival que se hacía en Madrid en los noventa. ¡Qué poquita gracia me hacía el nota aquel! Yo, como seguidor acérrimo que soy de Selu Cossío y Les Luthiers, solo acepto la gracia exenta de borderíos y de expresiones más o menos soeces. Detesto esa manera de ningunear el cante con chistes facilones y del peor gusto. La gran belleza del flamenco llevada al ridículo. Estamos hartos de ver cosas por el estilo en los medios de comunicación, como la moda de llamar flamenkito a la mejor música que ha regalado España al mundo, desde su Andalucia natal hasta los confines de nuestro planeta. ¿Como es posible tamaña desvergüenza? Ya me quejaba el mes pasado en esta misma tribuna que me brinda gentilmente expoflamenco de vivir en el país donde menos gusta el flamenco. Comprobado. Le he dado seis vueltas al mundo y lo he vivido, no me lo han contado.
«Ya me quejaba recientemente en esta misma tribuna que me brinda gentilmente expoflamenco de vivir en el país donde menos gusta el flamenco. Comprobado. Le he dado seis vueltas al mundo y lo he vivido, no me lo han contado»
A lo que vamos. El cante, también el toque y el baile, al ser de transmisión oral, al aprenderse escuchando y mirando, tiene una libertad innata a la hora de reinterpretar una melodía, un patrón rítmico, un acorde pisado en el diapasón de la guitarra, un conjunto de pasos en el baile. Es la base de su razón de ser, la libertad de recreación. Lo dice ya la palabra, no es crear sino recrear, crear de nuevo, forjar en el momento una manera personal de entonar una melodía, condición sin la cual el fenómeno de lo flamenco no tendría sentido. Lo sublime de este género artístico y popular estriba en la libertad de expresar lo aprehendido desde las entrañas, soltándolo con naturalidad, sin aspavientos, ceñido al corazón, con la actitud sencilla del artesano, el arte que sana, la pureza del cante verdad. Ésa es la clave, la llave que abre los corazones de quien lo escucha al no estar sujeto a unas reglas concretas, solo aquellas que impone la estética jonda que sabe diferenciar perfectamente lo que es auténtico de lo que es dar coba, que de eso algunos van sobraos. Porque la línea que separa lo sentido de lo impostado a veces es demasiado fina y no resulta difícil dar gato por liebre. El paso inexorable del tiempo, el gran juez que acaba poniendo a cada uno en su sitio, ya se encargará de separar el grano de la paja. Siempre ha habido y habrá encantadores de serpientes pretendiendo vender una moto averiada, tuneando el arte sin despeinarse, sin escrúpulos, menos mal que ya se sabe lo que le pasa a la mona cuando se viste de seda.
Muchos creen que la llamada música clásica, al estar escrita, no da pie a interpretaciones. Nada más lejos de la realidad. Qué aburrido sería escuchar siempre igual la marcha turca del gran Mozart. La grandeza de la música está en la variedad de interpretaciones de una misma obra. Y eso en el flamenco se multiplica debido a su naturaleza, forjada en la libertad. El otro día en Vigo, el gran Jorge Pardo, antes de iniciar un concierto memorable acompañado por Melón Jiménez y Bandolero, dijo unas palabras agradeciendo al público su compromiso con la música en vivo. El Soplador Mayor del Reino quiso poner en valor el milagro natural de la música que solo se manifiesta en un concierto en directo. Cuando la inteligencia artificial llegue a ser tan lista como Dios solo nos quedará la música y el baile en vivo. Y ese es además el medio propicio para el arte. Las versiones más auténticas de los cantes, toques y bailes se producen en un escenario, en una fiesta, en un cuartito. La inmediatez del hecho musical, sin trampa ni cartón, el trapecio sin red, cada vez que un artista canta, toca o baila está dando un saltó al vacío y que sea lo que Dios quiera. La inspiración bien trabajada, la concentración y el respeto por el arte y por el público, dar rienda suelta al conocimiento cabal de cómo se trabajan los mimbres para ofrecer un cante, un toque o un baile que sale, como decía Caracol, de pronto, sin pensarlo, sintiendo, con la cabeza y desde el corazón.
«La inmediatez del hecho musical, sin trampa ni cartón, el trapecio sin red, cada vez que un artista canta, toca o baila está dando un saltó al vacío y que sea lo que Dios quiera. La inspiración bien trabajada, la concentración y el respeto por el arte y por el público»
Y así se forjan las infinitas posibilidades que tiene la variante concreta de un estilo concreto, las infinitas posibilidades de ser reinterpretado una y mil veces, hasta el punto de que un mismo artista nunca recrea de igual manera su versión (visión) personal de un estilo, consciente de estar modelando como un orfebre su obra, construyéndola cada vez que la recrea, perfeccionando su estilo, comprometido con su arte, dando lo mejor, siempre en guardia.
Por eso hay quien muere con Mairena y otros lo detestan, igual que hay quien se pirra por Marchena y quien lo desprecia, no aguantan a Morente o beben los vientos por su arte, adoran a Vicente Amigo o despotrican sobre su forma de crear (que los hay así de retorcidos), tocan el cielo con El Pele o lo ignoran. Y es que, como todo en la vida, para gustos, “las versiones”, y cuando hablamos de flamenco tenemos que santiguarnos, como quien entra en un templo sagrado que preserva un tesoro de incalculable valor. En cantidad y en calidad. Seamos conscientes, vale ya de hacerse el tontaina a costa del arte.






































































